Palabras hechas

Con tanto aislamiento y cuarentena le pusimos un nombre a la esperanza de volver: reaperturar.

18 de febrero 2021 , 09:25 p. m.

Busquemos al primero que dijo aperturar. Tratamos de averiguar —acuciosos de la irrelevancia y los datos inútiles– cuándo y por qué lo dijo; para qué aperturó así el lenguaje y las nuevas formas

Cuando pase la pandemia y el miedo habrá que recomponer, volver a empezar y caer en la cuenta de que fueron tiempos en los que reinó esa palabreja de sonoridad tan rara y rebuscada que reemplazó a una limpia y libre como abrir.

Y lo curioso es que la palabra se reforzó (se reinventó, para decirlo en otro término detestable) porque con tanto cierre y aislamiento y cuarentena le pusimos un nombre a la esperanza de volver: reaperturar.

El otro día, en el noticiero del mediodía, una médica a la que entrevistaban explicaba la manera correcta en la que debemos, decía ella, “reaperturar colegios”. Yo, mientras la oía, pensaba que esa batalla de léxico está perdida —así como de tanto en tanto triunfa ‘colocar’—.

Aunque cada cual habla como puede y quiere. Por eso, en algunas universidades aman decir “empero”. En los bancos avisan que “ya validamos”. Y en los comercios siempre recibiremos un “no manejamos” en cambio de un escueto y seco “no hay”.

El caso es que presiento que el primero que dijo aperturar lo hizo ante micrófonos de periodistas. “Aperturando investigación”, seguro lanzó ese día el funcionario —con gerundio para aún más elegancia—, en cambio de “se inicia una causa judicial”. Ya en 2006, la Fundación del Español Urgente (Fundéu) se preguntaba con extrañeza por expresiones como “aperturar una cuenta bancaria”.

Pero cada cual, decía, nombra el mundo y las cosas como le sale. Lo que llama la atención es que los periodistas, trabajadores por naturaleza con las palabras, seamos los primeros en caer en esa cadena de lugares comunes y palabras hechas.

Que a los reporteros también se nos peguen las palabras gastadas quizá sea inevitable. Pero que no paremos ni reflexionemos ni hagamos nada para evitarlo es lo que debería preocuparnos. No evitamos rumbos raros del lenguaje y no hacemos un solo aporte. Pensamos quizás en ‘qué’ decir, pero no en ‘cómo’ decirlo.

Me pasó un día en una redacción que un colega y amigo, para contarme una noticia, me dijo que había ocurrido un “nueve cero uno, en medio de un nueve cero cinco”. El hombre de tanto hablar con oficiales y patrulleros se había convertido en uno más de los que hablan en claves numéricas de radio en vez de decir “homicidio y robo”.

Y nos pasa a todos que muchas de las noticias que oímos y leemos vienen con expresiones como “biciusuario” o “persona en situación de calle”. Una vez alguno dijo al aire “la femenina” para referirse a la mujer víctima y otro más “objeto fijo” en vez de poste. Debemos estar cerca de un “individuo inanimado en situación estacionaria”, para querer decir árbol, si no es que ya alguien lo nombró.

Cuando nos ocurre eso somos periodistas que hablamos como los power point de oficinas oficiales y como los comunicados de prensa. Que parecemos recitar sin filtro alguno lo que nos dicen tarde y mañana las fuentes que cubrimos.

Preocupa eso. Lo deja a uno como “individuo en estado de apaciguamiento del ánimo”. Porque detrás de las palabras rocambolescas y manidas está el hecho de que allá, en las oficinas del poder, lo que buscan es eludir nombrarlo. Y ocurre que ciertas realidades solo existen si se nombran.

Jairo Patiño

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