Hablemos de bicicletas

Hablemos de bicicletas

Vivimos días dorados del ciclismo aficionado y, como casi todo, nos llegaron sin preverlos.

06 de enero 2021 , 07:25 p. m.

Hay mañanas de domingo en las que pienso que alguien debería colgar en la subida a Patios un letrero que diga: ‘Cupo completo, se cierra porque no cabe nadie más’. Vivimos días dorados del ciclismo aficionado y, como casi todo, nos llegaron sin que pudiéramos preverlos, sin preparación alguna y llenos de pendientes inmensos en asuntos de la bicicleta.

Lo hemos visto quienes intentamos llegar al querido puerto de montaña en la vía Bogotá-La Calera. Es lo mismo que los accesos al estadio en una final de fútbol (sin pandemia) o la fila para hacer un trámite en el Cade (en pandemia). La muchedumbre sudorosa y decidida avanza loma arriba con el tapabocas en el mentón.

También lo comprobamos quienes, de camino en carro o bus al alto de Letras, a paso de tractomula lenta, los vemos pasar. Algunos solos, otros en grupos pequeños, ciclistas agazapados en el manillar, en el dulce martirio de los 80 kilómetros cuesta arriba, van rumbo al puerto más alto del mundo, según lo califican.

Allí el letrero sería por los abismos, camiones y la vía angosta. Con todo, es un gran tema de conversación con las tías en el carro. Cómo es que alguien toma la decisión de sufrir de esa manera: salir de los calientes 495 metros de altitud de Mariquita y luego ir 7 y 8 horas, cordillera Central arriba, desandando el camino de los personajes de Guayacanal, la novela de William Ospina, para llegar a los 3.677 del cerro, donde en días despejados brilla el hielo color pata intenso del nevado del Ruiz.

Hace años que a millones en todo el país el plan de los domingos en bici o la necesidad de ir al trabajo mejor en bicicleta para evitar trancones les quedó pequeño porque se les convirtió en una obsesión pura por el pedaleo. Ese es el boom inesperado del que hablo. Pasamos del amor profundo a los escarabajos en los 80; de las vías y ciudades que le abrieron un poco el paso a la bicicleta como un medio de transporte, a mitad de los 90, y llegamos a caer en la cuenta de que no hay más remedio que movilizarnos distinto, en la segunda década del 2000.

Y ahora estamos en otro momento. En el del amor masivo, profundo y sobre todo imprevisto. Ocurre y en algún momento debemos discutirlo; hay que hablar de los muertos en la subida entre Bogotá y Choachí, atropellados por carros que, como ocurre en Patios, cada domingo tratan de avanzar con peligroso desespero por entre los grupos de deportistas. El año pasado hubo más de 50 ciclistas muertos en accidentes y más de 800 heridos, según la Agencia de Seguridad Vial.

O hay que buscar cómo parar los robos, donde Bogotá manda en cifras que dan miedo. Más de 9.800 casos, a noviembre del año pasado, según el propio Distrito. Y hablemos más claro del alto de Letras y de otras vías nacionales. Preguntémosles a nuestros gobernantes para cuándo un proyecto vial serio en esa región entre Tolima y Caldas que no solo garantice la seguridad de los ciclistas que avanzan al borde del abismo y el accidente, sino que les dé espacio a los camiones —con frecuencia volcados, atravesados como ballenas varadas, provocando trancones de hasta 10 horas, como ocurrió en año nuevo.

O de las ciclorrutas que hacen falta arreglar en Bogotá. Las que deben construir, quizá de manera distinta a la que hicieron en la calle 13, donde arreglaron un problema, pero armaron otro. En el carril de la 26, por ejemplo, reparcharon y dejaron tantas estrías que se baja uno con beriberi cuando llega al destino.

Y también hablar de los ciclistas, claro. ¿Es normal querer subir dos veces en un mismo día Letras? ¿Las EPS deben incluir esa enfermedad en el POS? Hablemos de los que avanzan por las ciclorrutas, que seguro son de centro porque de allí no se mueven ni deciden; los que han de ser de izquierda, si se les reclama algo, insultan con vehemencia y sin oír razones; y otros más que con seguridad son de derecha porque ya, sin mucho, van emberracados.

Jairo Patiño

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