Nostalgia de El Maracucho

Nostalgia de El Maracucho

Hoy no veo al Maracucho dentro de los migrantes que atraviesan autopistas de nuestro país.

17 de noviembre 2020 , 09:25 p. m.

Este testimonio surge de la saudade, por lo que no será preciso en fechas y nombres, pero sí en circunstancias y recuerdos; al fin de cuentas lo que da sentido a la vida no es solo lo vivido sino lo que de ella se recuerda y puede ser reproducido como si se aplicara el método científico.

Nostalgia que se disparó al escuchar, día a día, de los medios, los políticos y los dirigentes del país, comentarios xenofóbicos y palpar en las calles el drama de los seres humanos venezolanos que en su diáspora buscan refugio en nuestro país o lo utilizan como zona de paso hacia otros lares de nuestra América. Es muy triste ver deambular, por las carreteras de Colombia, a un muchacho casi desarrapado, con tenis gastados y con un morral al hombro o una bolsa plástica, donde guarda no solo sus pertenencias sino también su sueños y un pedazo de pan; o a una familia llevando, casi a rastras, sus pequeños hijos, con la ilusión, falsa o verdadera, de poder ofrecerles un futuro mejor o, al menos, un bocado de comida o de agua; o a esa pareja de avanzada edad, sosteniéndose el uno al otro, apoyándose en el bordón que con furia apisona cada paso del camino, pero con la dignidad que su pasada vida refleja en los blancos cabellos que coronan sus cabezas y sus tristezas.

Esos seres “venecos”, como les decimos con calculado cariño, no quieren invadir los países hermanos; en lo más profundo de sus almas y deseos esperan retornar a Venezuela, su patria, lo más pronto posible; los horizontes que visualizan allende tienen un giro de 360 grados porque la meta final es, indefectiblemente, volver al hogar. Hogar que han abandonado por la fuerza de la fuerza o del rechazo o de la amenaza o del temor o la inequidad o la violencia o la desesperanza o el hambre o la muerte.

Por la década de los 70 y 80 mis padres acostumbraban a llevarnos, en vacaciones, a recorrer y conocer Colombia. La primera vez que visitamos un país diferente al nuestro fue cuando viajamos a Venezuela. Había una motivación más para ir allá: traer cosas, mercancía, “de contrabando”; eso hacía más excitante el periplo ya que por esa época los televisores, tocadiscos y demás electrodomésticos eran de difícil consecución en nuestras ciudades o a costos muy elevados. El recorrido se inició, muy de madrugada, desde Bogotá, en un todoterreno conducido por nuestro hábil padre. La ruta fue hacia el norte y los ojos se asombraron con los inigualables paisajes de Boyacá, el Vado Real, Pozo Azul en Santander, el Gallineral de San Gil, hasta coronar, en la primera fracción de la ruta, a Bucaramanga –después de habernos deslizado, casi hasta las náuseas por el portentoso cañón del Chicamocha–, ciudad amable y verde donde pernoctamos en el hotel Bucarica. De las comidas el cabrito fue la sensación y de los paisajes atraía el color rojizo de sus tierras.

Nuevamente hacia el norte atravesamos la fría y bonita Pamplona para ascender por una empinada y no bien cuidada carretera que nos llevaba hasta un alto que, hasta donde recuerdo, llamaban Damajuana o Doña Juana; se trataba de un retén aduanero que causaba temor y aventura. Nos cruzamos con muchos vehículos de placa venezolana; llamaban poderosamente nuestra atención por ser muy bonitos, de gran envergadura y nuevecitos; la gran mayoría de marcas muy reconocidas en el mundo, pero casi desconocidas en nuestro país para esas calendas.

De Cúcuta nos causó curiosidad que existiera la avenida Cero y me encantaron las tostadas venezolanas (arepas típicas de ese terruño). La fabulosa piscina del Hotel Tonchalá refrescó el insoportable calor. Al otro día empezaba la mejor parte, traspasar la frontera para arribar a un nuevo país y en San Antonio del Táchira visitar el comercio libre para adquirir, a precios irrisorios, lámparas chinas, televisor, licuadora, porcelanas, radios, grabadoras, pasacintas, whisky y juguetes.

Pasando por Aguas Calientes nos impactó ver automóviles de grandes marcas y lujo (Volvo, BMW, Mercedes Benz…) de taxis. Lo otro fueron las mujeres venezolanas, todas lindas y con nombres “diferentes” (Ruthy, Mayra, Venmexi, Orlimar, Giwalia, Liwidis, Janelis…), con acento costeño, entre dulce y recio, que enamora sin demora. Sin embargo, quien se llevó las palmas en estos descubrimientos fue un personaje que llamaban El Maracucho.

Dueño de un grande e iluminado almacén en San Antonio, con variadas mercancías, desde navajas suizas hasta gigantes bafles de Taiwán, pasando por juegos de cubiertos de plata argentina, porcelanas italianas y miles de juguetes Made in China. Le llamaban así, según escuché, por ser de Maracay, una ciudad cerca del lago de Maracaibo. El Maracucho era de tez trigueña, nariz chata, pelo negro ensortijado, ojos cafés claro, labios gruesos, alto, corpulento, con una cadena de oro guindando del cuello de la cual pendía una cruz, del mismo material, con un Cristo muy bien tallado. Reía a carcajadas. De hablar rápido y dicharachero, una que otra grosería se le escapaba de vez en cuando.

Su puño derecho lo adornaba un lustroso Omega, tan grande como una caja de vaselina, y el izquierdo una aurífera pulsera con un ancla. En la mano derecha portaba, apretándolo con fuerza, un fajo de bolívares, pesos colombianos y dólares de diferente denominación. Con la izquierda recibía el dinero de los pagos, el cual automáticamente introducía en el bolsillo trasero del pantalón acumulando un bulto que hacía sobresalir mucho más sus nalgas de beisbolista de grandes ligas.

Frente al negocio tenía parqueada una camioneta, de enormes llantas, parecía un tractor; sus colores rojo y blanco eran rematados por bocelería niquelada y una de las cuatro puertas siempre la mantenía abierta para escuchar la música que a pleno volumen escapaba del radio esparciendo temas de Los Melódicos, la Billos Caracas Boys y la música llanera de Reynaldo Armas y Simón Díaz. Era indudable que la vida el Maracucho la gozaba. Se le veía sonriente, próspero y feliz, muy feliz. Todo estaba a la venta en el almacén, menos su felicidad.

Miraba con suficiencia a los compradores colombianos y siempre comentaba, con desdén, que el peso nada de poder adquisitivo tenía frente al bolívar, concluyendo que los recibía para evitarles a los colombianitos tener que ir a las casas de cambio porque allí sí que los depreciarían más. Por ratos me parecía antipático, pero al conocer un secreto a voces: que su esposa era colombiana, concluí que era un fantoche y que su superioridad tan solo era producto del petróleo que las sagradas tierras venezolanas ofertaban al mundo a precio de diamantes.

Comparé al Maracucho con un diamante, pero en bruto. Miraba de soslayo a las mujeres, en especial a las colombianas y a las que veía solas les desparramaba una verborrea de piropos haciéndose el conquistador. Este pantagruélico personaje me pareció único e irrepetible, apreciación que cambió cuando seguimos recorriendo los demás almacenes comerciales y las calles de San Antonio del Táchira donde, en cada esquina, y en cada vehículo último modelo que pasaba rugiendo motores y con la música a todo taco, me topaba con otros similares, fieles copias, totales reproducciones; eso estaba plagado de Maracuchos.

Hoy no veo al Maracucho dentro de los migrantes que atraviesan las calles, avenidas y autopistas de nuestro país, pero sea lo que sea y como sea, preferiría ver al Maracucho de antes, con su gusto excéntrico, su pose de superioridad, su fantochada, su hablar maluco, su pinta de parafernalia, su barrigota, su música estridente, su mamadera de gallo, su prosperidad, pero, en especial, con su felicidad. Esa felicidad que El Maracucho no vendería ni por todos los diamantes del mundo, excepto para comprar, hoy, su misma felicidad.

Jairo Hernán Ortega Ortega, M. D.

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