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La influencia cultural estadounidense sigue en pie

La influencia cultural estadounidense sigue en pie

Hoy la pregunta es si esta ola de influencia trae consigo la promesa de más libertad, o menos.

Por: Ian Buruma
14 de abril 2021 , 09:25 p. m.

NUEVA YORK – La notable lectura que hizo Amanda Gorman de su poema ‘La colina que subimos’ en la ceremonia de inauguración de la presidencia de Joe Biden conmovió a millones. Fue razón suficiente para que una importante editorial neerlandesa decidiera encomendar su traducción a alguna figura literaria destacada. Pero la elección de Marieke Lucas Rijneveld, Premio International Booker, novelista de raza blanca que se identifica como de género no binario, provocó la protesta inmediata de activistas negros en los Países Bajos, que exigieron que, por ser Gorman afroamericana, hiciera la traducción alguien de raza negra (incluso hubo quien expresó «dolor» por la decisión de la editorial). Finalmente, Rijneveld se retiró del proyecto.

Mientras tanto, al otro lado del mundo, en Japón, seguidores locales de QAnon (una teoría conspirativa de la ultraderecha estadounidense) han comenzado a añadir disparatadas fabulaciones propias a la creencia compartida de que a Donald Trump le robaron la presidencia. Los simpatizantes japoneses de QAnon están convencidos de que extranjeros siniestros gobiernan Japón detrás de escena, y responsabilizan a la familia imperial por un sinfín de males que van de la bomba atómica al devastador terremoto de 2011. Por si no fuera bastante extraño, algunos adherentes japoneses de QAnon idolatran al exgeneral estadounidense (ahora caído en desgracia) Michael Flynn.

Para bien o para mal, la influencia de la cultura estadounidense sigue tan fuerte como siempre. En este sentido, al menos, es muy exagerado decir que Estados Unidos está en declive. Aun con el ascenso de China, la enorme prosperidad de la Unión Europea y el vergonzoso espectáculo de la presidencia de Trump, gente de todo el mundo sigue buscando pistas culturales y políticas en Estados Unidos.

El temor a la influencia cultural de Estados Unidos fue en otros tiempos patrimonio de la derecha. El conservadurismo cultural europeo y japonés de la preguerra deploraba la vulgaridad del mercantilismo estadounidense, el desarraigo de su sociedad multirracial de inmigrantes, el liberalismo estridente de sus instituciones políticas. Se veía en el ejemplo de Estados Unidos una amenaza contra el orden social, la homogeneidad étnica y la alta cultura. Los extremos políticos, por supuesto, se tocan: la ultraizquierda deplora con igual énfasis la difusión mundial de la cultura capitalista estadounidense (la ‘cocacolonización’).

Pero en realidad, uno de los productos de exportación más exitosos de Estados Unidos (además de la Coca Cola) es la cultura de protesta. No hay que olvidar que la revolución de las colonias estadounidenses inspiró la Revolución francesa. Estudiantes de todo el mundo que en los años sesenta se manifestaban contra el «imperialismo estadounidense» y la Guerra de Vietnam estaban siguiendo el ejemplo de otros estudiantes en Berkeley y Columbia, y escuchaban canciones de protesta venidas de Estados Unidos. Y en algunos casos (como el de Andreas Papandreou en Grecia), la política antiestadounidense tomó muchas de sus ideas de las universidades estadounidenses.

El principal atractivo de Estados Unidos (pese a sus muchas falencias institucionales, su historial de racismo y sus arrebatos de histeria moral) ha sido la promesa de más libertad: económica, política, artística y sexual. Por eso en los años treinta y cuarenta, muchos refugiados de izquierda que habían huido de la Alemania nazi eligieron instalarse en Estados Unidos, mientras que los más conservadores optaban por Gran Bretaña.

Hoy la pregunta es si esta ola de influencia estadounidense trae consigo la promesa de más libertad, o menos. Algunos dirán que la «teoría crítica de la raza» y la política de género, causa de agitación en los campus de las universidades estadounidenses y en la prensa progresista, suponen una ampliación de libertades, sobre todo para las minorías sexuales y raciales. Pero muchas de estas cuestiones están enraizadas en traumas propios de la historia de los Estados Unidos, así como es posible trazar un vínculo entre la importancia que dan los estadounidenses al acto de arrepentimiento público y algunas tradiciones religiosas del país.

¿Admiten estos aspectos de la cultura estadounidense una proyección exacta a otras sociedades? ¿Puede significar lo mismo la obsesión estadounidense con la «identidad» y la «representación» en países con historias muy diferentes? ¿Qué razón hay para exigir que una persona de color neerlandesa traduzca el poema de Gorman? ¿Por qué un liceo de Francia cuyo nombre recuerda a una matemática francesa (Sophie Germain) tiene que cambiarlo por el de una activista afroamericana (Rosa Parks)?

También podríamos preguntarnos qué mayor libertad supone eliminar de las aulas libros de autores clásicos occidentales en nombre de la justicia social y la «descolonización». Esto también es sin duda otra forma de cultura de protesta. Pero el celo ideológico que hay detrás de mucho activismo estadounidense en temas de raza, género e identidad tiene aspectos que lo asemejan a movimientos populares del pasado: su puritanismo, el fervor cuasirreligioso, la intolerancia intelectual; en síntesis, lo contrario a más libertad.

El extremismo de izquierda tiene su réplica enardecida en la derecha. Así como la «cultura del despertar» (woke) se extiende a universidades y medios progresistas fuera de Estados Unidos, lo mismo ocurre con los efectos (a menudo más espeluznantes) de la locura de derecha, eso que el historiador Richard Hofstadter denominó «el estilo paranoico en la política estadounidense».

El ejemplo de Trump y su retórica iliberal, xenófoba y abiertamente racista ya inspiró a un sinfín de políticos autoritarios, surgidos de los márgenes de lo que en otros tiempos fueron sólidas democracias liberales. El crecimiento de QAnon en Japón es el ejemplo más claro de la exportación del estilo paranoico estadounidense.

Es posible, y tal vez necesario, confiar en que la histeria moral en Estados Unidos desaparecerá y se impondrá una vez más la razón. Tal vez la era Biden contrarreste al trumpismo, y cobre nuevos bríos la tolerancia que tantas veces se admiró en la vida intelectual estadounidense. Incluso puede ocurrir mientras los efectos nocivos de la influencia estadounidense todavía siguen haciendo estragos en otros países. Lo único que podemos esperar, por el bien de Estados Unidos y del mundo, es que sea pronto.

Traducción: Esteban Flamini

Ian Buruma
Autor de The Churchill Complex: The Curse of Being Special, From Winston and FDR to Trump and Brexit.
Copyright: Project Syndicate, 2021. www.project-syndicate.org

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