Galdós

Galdós

Galdós, imprescindible como novelista, lo es también como historiador.

24 de marzo 2020 , 06:58 p.m.

La columna bicentenaria ha dado un giro a Historias en público. Nuestros textos se extenderán a la reflexión conjunta sobre las complejas experiencias humanas en el tiempo, la la comprensión crítica de nuestro presente y el fomento decidido de la imaginación histórica.

Con ocasión del centenario de la muerte de Benito Pérez Galdós, se desató en España una polémica en torno a la significación de su vasta obra literaria. Participaron en la discusión algunos de los más importantes escritores del país, como Antonio Muñoz Molina o Javier Cercas. Este último considera una “hazaña” que alguien pueda pescar en ella “infinitos placeres, sutilezas y complejidades”. Le resulta, además, una “temeridad” compararla con las de Flaubert o Dickens, cuando en ella nada se aprende, en su concepto, que no digan mejor los libros de historia y aun los buenos manuales.

Yo, que he estudiado durante años el siglo XIX, he llegado exactamente a la conclusión contraria. En lugar de reiteraciones vanas y de un afán pedagógico militante, encuentro en la obra de Galdós un tesoro irremplazable, fabricado a partir de un gigantesco archivo oral, que es a la vez un inventario vivo del habla de los españoles (atento a las variaciones sociales y regionales y a sus modificaciones temporales) y un repositorio invaluable de vivencias anónimas. Esta ingente labor de reportería confiere a los acontecimientos decimonónicos tocados por su pluma una dimensión inusitada.

Sin duda, los historiadores españoles del siglo antepasado interrogaron testigos y emplearon, a su manera, fuentes orales para escribir sus libros. No obstante, tenían un propósito de reconstrucción condicionado por la perspectiva a vuelo de pájaro, así como una rígida jerarquía documental. Lo primero los llevaba a privilegiar hitos consagrados y a enfocarse en una trama pendiente de su inteligibilidad, por lo que solo discernían movimientos de gran magnitud o acciones de personajes descollantes a las que se atribuía valor explicativo. Lo segundo conducía a los historiadores a privilegiar los documentos escritos, preferentemente sacralizados por el papel sellado.

La novela histórica decimonónica, en cambio, buscaba comprender la inserción del individuo en el gran drama colectivo y la manera en que este afectaba las sensibilidades particulares. Lo dice a su manera el mismo Galdós en ‘Juan Martín el Empecinado’: “Yo quiero que aquí, como en la naturaleza, las pequeñas cosas vayan al lado de las grandes, enlazadas y confundidas, encubriendo el misterioso lazo que une la gota de agua con la montaña, y el fugaz segundo con el siglo, lleno de historia”. Para cumplir con semejante propósito no servían las observaciones ni los análisis distantes, sino los que partían de lo aparentemente nimio y anecdótico porque existía el sano convencimiento de que las claves de naturaleza entomológica (por decirlo así) eran equiparables a las paquidérmicas o a las paleontológicas.

Con el tiempo, los historiadores entendieron que un complejo de inferioridad frente a las ciencias duras los había llevado por décadas a menospreciar técnicas narrativas y de investigación imprescindibles y se dieron cuenta de que el riesgo de desvertebrar la realidad o de privarla de sentido no compensaba el costo de su empobrecimiento. Esta conciencia tardía transformó el ejercicio de la disciplina, pero no podía quebrantar el mutismo perpetuo de quienes no escribieron memorias ni declararon ante un juez. Es por eso que Galdós, imprescindible como novelista, lo es también como historiador. Quiero decir que no se trata solamente de valorar en él un anticuario o recolector compulsivo de gestos, opiniones, actitudes y sentimientos, sino también a un formulador de preguntas originales acerca de la historia y a un intérprete sagaz del pasado. Tres ejemplos permitirán precisar el punto.

1. Puesto que hay fuentes para ello, hoy puede reconstruirse con minucia el desarrollo de las Cortes de Cádiz, la transformación en hemiciclo de la iglesia de San Felipe Neri con tribunas para el público y barandales de madera, las indumentarias y los disensos de los diputados y aun detalles oscuros como el uso parlamentario de las bacinicas. Pero sería difícil para un historiador revivir los comentarios de las galerías o comprender los símiles con ayuda de los cuales los contemporáneos asimilaron la innovación radical que implicó el sistema representativo. Galdós nos da la respuesta: fue a partir de las funciones de iglesia, los toros y el teatro; el presidente de las Cortes no daba instrucciones agitando un pañuelo (como en una plaza), sino valiéndose de una campanilla; al hablar, los diputados se levantaban de sus asientos, en lugar de ocupar el púlpito o de irrumpir en el escenario tras franquear puertas y telones; sus intervenciones no eran sermones ni prédicas, sino debates.

2. Los archivos ofrecen por lo general la posibilidad de recomponer las vicisitudes de una ciudad cercada, las tentativas de los sitiadores, las estrategias defensivas, las capitulaciones y el destino de los vencidos. Testimonios de diversa índole permiten también conocer someramente los padecimientos de la población, la destrucción de las casas por las bombas enemigas, el hacinamiento de enfermos y heridos en los templos, la agravación del hambre y el consumo inevitable de animales domésticos y liminares. Pero ¿qué hacían los niños mientras sus padres combatían y sus madres acarreaban agua y víveres a las fortificaciones? En Gerona, Galdós se ocupa con detenimiento del asunto y nos los muestra jugando a la guerra con fusiles de madera o convertidos en expertos cazadores de ratas y en vendedores consumados de aquella carne valorizada por la escasez.

3. ¿Cómo juzgar a los tránsfugas en un contexto de súbitos y sucesivos cambios de régimen? El novelista canario da una lección contundente a quienes blanden con ligereza la porra de la condena moral, recordándonos en La segunda casaca que es preferible el veletismo a la intransigencia, porque esta última es la madre de todas las guerras. Resulta sorprendente que Javier Cercas, tan sensible a la historia y a los “héroes de las retiradas”, sea incapaz de reconocer a Galdós como uno de sus ascendientes.

Daniel Gutiérrez Ardila
Docente investigador de la Universidad Externado de Colombia

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