De confinamientos, tareas del hogar y violencias: género e historia

De confinamientos, tareas del hogar y violencias: género e historia

La cuarentena ha revelado las fisuras profundas, sutiles unas, brutales la mayoría, de género.

09 de junio 2020 , 09:25 p.m.

Este espacio promueve la reflexión, en conjunto, sobre las complejas experiencias humanas en el tiempo, la comprensión crítica de nuestro presente y el fomento decidido de la imaginación histórica.

Hace varios años, Carlos Castilla del Pino iluminaba las encrucijadas de la igualdad de género. El neurólogo y psiquiatra señalaba las modalidades —veladas, latentes o explícitas— a través de las cuales se actualizan las ideas de la inferioridad femenina, incluso en contextos en los cuales parece celebrarse su centralidad. Una de estas modalidades supone la condición ‘natural’ de la inferioridad de la mujer. Se es distinto en tanto inferior y, en esta línea, si la mujer “no ha dado nada que por asomo sea comparable a los rendimientos que el hombre aportó a lo largo de la historia, es por no otra razón que por el hecho de que su condición es distinta a la del hombre”.

Otra posición, condescendiente, paternalista y extraordinariamente difundida, es la de la mitificación femenina que celebra la centralidad de la mujer precisamente en aquellos rasgos en los que se ha sustentado su discriminación. En palabras de Castilla del Pino: “La mujer no es inferior, se dice. Sus rendimientos, en orden a lo que se llama progreso, han sido ciertamente inferiores, casi nulos. Pero —eso sí— la maternidad, el cuidado del hogar, son dedicaciones excelsas. Por eso, la mujer debe quedar y centrar su esfuerzo en el cultivo de las cualidades que encarnan lo que, sin mayores esfuerzos, se denomina su femineidad. La mujer es superior, se concluye, precisamente en eso que se ha estimado su inferioridad”.

Este juego entre imágenes de superioridad moral y discriminación efectiva parece sacado de los manuales de madres propios de los primeros ejercicios de construcción republicana. En efecto, para principios del siglo XIX, el orden político emergente implicó la redefinición de nuevos modelos morales, entre los cuales resaltó la madre-esposa-mujer y su labor de cuidado de los hijos, fortín moral y administradora del hogar. Lejos, muy lejos de este siglo XXI, tan ‘líquido’, tan hiperconectado, tan nuevo, parecen estar los reclamos que hacía un panfleto de 1826 a las mujeres “insensibles y desnaturalizadas” que no habían centrado sus esfuerzos en el hogar. Lejos también de un manual de 1836 que de forma taxativa señalaba que la mujer y madre debía ser “suave y modesta, esmerándose más pronto en hacer brillar el talento de los demás que el suyo”; o de otro de 1832 que respondía a la pregunta por los “deberes particulares de una esposa” señalando la importancia de “desempeñar los trabajos menos penosos y propios de su sexo, dirijir el gobierno interior de la casa (…) manifestar á su marido ternura y afecto (y) mostrarle la deferencia que es debida á la superioridad de sus fuerzas y luces”. Cabe decir que estos manuales estaban pensados para un segmento restringido de población y dejaban de lado la extraordinaria cantidad de mujeres, un tanto menos sumisas y mucho más activas, que las representadas en las líneas de estos textos. Manuales, por ejemplo, que dejaban de lado casos como el de Josefa Cienfuegos, que para el alcalde de Ibagué en 1825 faltaba a “la obediencia, a la educación y a la crianza” y era “orgullosa y altanera”.

El carácter explícito y taxativo del manual de madres del XIX desapareció gradualmente en el XX para superponerse y luego dar paso a las radionovelas y telenovelas del XX y a las redes sociales del XXI. Desapareció el formato, no así la jerarquía de géneros que este implicaba. Hoy la escena se repite sin cesar, como una consecuencia natural, como una extensión de la ‘femineidad’ del XIX. Un buen espacio de reproducción de estas diferencias, privilegiado de hecho, es la publicidad de productos domésticos: el genio de la limpieza —vigoroso, sonriente y buenmozo— visita al ama de casa en necesidad. El piso queda reluciente, la loza se revela sin rastro de grasa, los niños juegan, el marido llega al hogar, la esposa sonríe, el genio desaparece con el guiño coqueto del ama de casa agradecida. En algunas iteraciones hasta puede verse a los hombres-hombres de estas escenas, de sonrisa afable y masculina autoridad, ‘colaborando’, ‘ayudando’ con un gesto orgulloso de proclamación del equilibro de los géneros. Los productos publicitados cambian, el argumento de fondo no: quitamos el limpiador de pisos para agregar el caldo de cocina, la gaseosa familiar, el nuevo producto para eliminar de una vez por todas la “mugre”, aquel eterno rival de las amas de casa colombianas. “Suave y modesta” ha de ser la mujer-madre, nos dicen los manuales del XIX. Suave, complaciente y modesta parece ser la mujer de estos hogares resplandecientes, fragantes y antisépticos del XXI.

El confinamiento generado por la pandemia ha revelado las fisuras y tensiones profundas —sutiles unas, brutales la mayoría— de género: no solo los casos de violencia doméstica y de género (no son lo mismo, dejemos por favor de fundir hogar, género y mujer de una vez por todas) han aumentado de forma exponencial en los últimos meses; también la brecha de género se ha ampliado por la emergencia sanitaria e incluso diferentes académicas han señalado el impacto de la pandemia en la productividad científica femenina. Las capas superpuestas de hogar, trabajo, responsabilidad doméstica, intelectual, laboral, sexual, física, entre otras, que componen la ‘carga’ de lo femenino hoy se han fundido en un solo espacio durante el confinamiento.

No en vano las historias de género en Colombia siguen siendo escasas. Ni siquiera abundan, aunque son la mayoría, las historias de ‘mujeres’ que, antes que problematizar estas historias, terminan por romantizar un proceso desigual, violento y nunca homogéneo. Por fortuna han comenzado a aparecer nuevas historias de la producción de las diferencias de género. Y, por fortuna también, las mujeres han abierto espacios crecientes de acción en diferentes esferas, que si bien no son suficientes, sí han sido significativos en los últimos años. Pero necesitamos más. No solo más publicaciones, observatorios y centros, sino también más espacios que permitan tener conversaciones incómodas y necesarias sobre las jerarquías implícitas y explícitas de género hoy. Animemos a los publicistas a renunciar al argumento fácil de “vender lo que la gente quiere” para que empiecen a poblar los comerciales de caldos de cocina, limpiadores y detergentes con hombres menos sonrientes con su autoridad, menos machos y más naturalmente integrados a las tareas del hogar; con mujeres menos complacientes y con familias que expresen la tensión y la dispersión de las familias hoy. Necesitamos más historias en clave de género que iluminen la producción histórica de tales jerarquías. Que visibilicen más el problema, hablen sobre él, lo reconozcan y, sobre todo, lo dejen de escudar en la letanía del “así somos” y del “no exagere” que tiende a mediar nuestras reacciones frente a los temas complejos de las profundas desigualdades de esta Colombia del XXI.

Franz Hensel
Profesor de la Universidad del Rosario.

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