‘Apteronotus albifrons’

‘Apteronotus albifrons’

Detrás de todo hallazgo científicamente avalado hay una multiplicidad de historias que vincular.

02 de junio 2020 , 08:24 p.m.

Este espacio promueve la reflexión, en conjunto, sobre las complejas experiencias humanas en el tiempo, la comprensión crítica de nuestro presente y el fomento decidido de la imaginación histórica.

“Tomen la pluma de un pisco negro y sumérjanla en el agua. Verán como, no bien se moja, comienza a nadar. El cálamo se convertirá en cola y en una larga aleta caudal el estandarte. A pesar de que le brotarán dos pequeños abanicos cerca de las branquias, no podrá moverse como la mayoría de los peces por tener el dorso desnudo y liso, como un navío desarbolado. En consecuencia, su cuerpo consentirá la propulsión, pero frustrará todo propósito rectilíneo. El animal se obstinará en parecer una línea negra y ese esfuerzo ocasionará una pequeña corriente que traicionará sus escrúpulos frente al volumen. Para no derivar entre el agua como las hojas en un remolino, la disimulada aleta caudal ondulará imitando el movimiento sucesivo de los ciempiés o las conmociones que el movimiento transmite a las guarniciones rizadas de los vestidos galantes”.

Así, poco más o menos, imagino el soliloquio de Linneo al observar maravillado en 1766 el pez que tendría la suerte de describir por primera vez y que hoy conocemos como Apteronotus albifrons. ¿Cómo llegó a sus manos? ¿Desde qué ciudad de Sudamérica? ¿Quién se lo remitió y por qué? ¿Cómo acondicionó el espécimen para la larga travesía? ¿Tuvo el científico sueco en sus manos un animalito seco y desvaído o una criatura algo más preservada, nadando, por ejemplo, en un frasco de alcohol? Lo digo porque alguna vez leí en un archivo que el botánico francés Auguste Plée, que recolectó peces en el lago de Maracaibo en la década de 1820, despachaba sus hallazgos a París en barriles de ron. Plée también acompañaba sus encomiendas con dibujos cuidadosos, que permitían, por una parte, paliar el estropicio de algún ejemplar y, por otra, ayudar a los desfavorecidos estudiosos europeos en la difícil reconstitución del animal vivo a partir de despojos deslucidos. ¿Recibió Linneo alguna ilustración junto con su pez? ¿Se preserva en su archivo? Es de suponer que un oficio remisorio acompañaba el presente y que brindaba información relevante (ciertamente el lugar de la colecta, quizás datos interesantes sobre la distribución y los hábitos de la especie).

La diversidad de los peces neotropicales de agua dulce es incomparable: se cree que hay cerca de seis mil especies y que ellas representan el 10 % de los vertebrados vivientes (Albert y Reis, 2011). Enmarcada en este vasto panorama, la compleja serie de operaciones (pesca, embalaje, transporte, estudio, publicación) que culminó con el primer bautizo del Apteronotus es una muestra humildísima de la vasta empresa colectiva, varias veces centenaria, que sigue su curso. Para no ir muy lejos, este mismo periódico anunció el 7 de mayo el descubrimiento de una nueva especie de pez en el Chiribiquete y hace dos años la revista del Instituto Humboldt dio a conocer que en la cuenca del Carare (departamento de Santander) existe un bagre hipogeo ciego y sonrosado.

Se comprenderá que Colombia, por su posición geográfica, su riqueza hídrica y los conocimientos de sus habitantes (los niños que juegan en las riberas, los pescadores, los bogas, los navegantes, los exploradores), ha jugado un papel protagónico en esta magna tarea de descubrimiento y clasificación de la fauna neotropical de agua dulce. Detrás de todo hallazgo científicamente avalado hay, entonces, una multiplicidad de historias que conviene vincular. En cada caso, una expedición en toda regla o cuando menos tentáculos activos de extensas redes científicas que conocemos mal porque sus filamentos cubrían, por ejemplo, afluentes humildes del Orinoco o del Magdalena, y porque en ellas participaban aficionados muy activos cuya identidad ignoramos.

Camilo Uribe Posada
Foto:

Camilo Uribe Posada

En cada caso también, un proceso de descripción y publicación al que se vinculaban dibujantes, grabadores e impresores. El relato debe abarcar igualmente la historia tecnológica, puesto que el automóvil y la aviación, así como la fotografía o los mecanismos modernos de oxigenación del agua transformaron radicalmente la manera de estudiar los peces (vivos en lugar de muertos). Así mismo, la historia política y social, porque una cosa es explorar e investigar en el Nuevo Reino de Granada a comienzos del siglo XIX y otra cosa muy distinta es hacerlo en los Estados Unidos de Colombia o en un país infestado de paramilitares y guerrilleros. Además, toda historia natural es por fuerza historia moral y, por lo tanto, estudiar el descubrimiento de una especie es acercarse a las lógicas a que apelan las sociedades para clasificar y fundar jerarquías.

Que un pez sea negro, blanco o abigarrado, ciego o carroñero, que posea colmillos poderosos o carezca de dientes, que haga descargas eléctricas o se sumerja en el cieno para cazar, que críe a los alevinos en su boca durante semanas o se alimente de detritus: nada de ello es indiferente porque el hombre lee a través de sus prejuicios y de las instituciones sociales que enmarcan su vida. Por último, interesarse por seres atípicos significa también enriquecer nuestro catálogo de imágenes, nuestra capacidad metafórica y las herramientas mentales de que disponemos.

Mi nuevo proyecto es este. Un libro de diez o doce capítulos, cada uno de los cuales contará la historia de un pez neotropical de agua dulce, desde la colecta del ejemplar hasta la publicación de su descubrimiento. Tengo ya algunos nombres en mente (un cuchillo como el Apteronotus albifrons o la mayupa, la corydora, la arawana, alguna raya de agua dulce, el tetra cardenal, el pez hacha o palometa…), pero la lista variará en función de la riqueza de los archivos y del propósito que me he fijado de cubrir un espectro plurisecular, que me lleve cuando menos del siglo XVIII a los ictiólogos que recorren actualmente nuestros ríos en busca de especies desconocidas.

Daniel Gutiérrez Ardila
Docente-investigador de la Universidad Externado de Colombia.

Empodera tu conocimiento

CREA UNA CUENTA


¿Ya tienes cuenta? INGRESA

Llegaste al límite de contenidos del mes

Disfruta al máximo el contenido de EL TIEMPO DIGITAL de forma ilimitada. ¡Suscríbete ya!

Si ya eres suscriptor del impreso

actívate

* COP $900 / mes durante los dos primeros meses

Sabemos que te gusta estar siempre informado.

Crea una cuenta y podrás disfrutar de:

  • Acceso a boletines con las mejores noticias de actualidad.
  • Comentar las noticias que te interesan.
  • Guardar tus artículos favoritos.

Crea una cuenta y podrás disfrutar nuestro contenido desde cualquier dispositivo.