¿Por qué fracasan las reformas?

¿Por qué fracasan las reformas?

La reforma que contemplamos somete una Rama del Poder a la intervención soberana de las otras.

10 de agosto 2020 , 12:47 a. m.

La tozuda experiencia es contundente en constatar la ineptitud del acto legislativo como mecanismo de reforma constitucional para llevar a cabo la de la justicia. Ella muestra que, salvo una, todas las que se intentaron en los últimos veinte años zozobraron. Y que lo ocurrido con la única exitosa hace ver que el fracaso de todas ellas fue, a la postre, el mejor resultado para el pueblo colombiano y para la Constitución.

Hechos al canto: cuando el ministro Esguerra logró coronar la segunda tentativa de reforma propuesta por la administración Santos, el aporte del Congreso al proyecto original en deformaciones y añadidos espurios condujo a que la enmienda fuera considerada calamitosa. Probablemente los anales universales del despropósito y el esperpento no registran un episodio tal, en el que el Gobierno que promueve una constitución, a la mañana siguiente de ser aceptada empeñe toda su energía para impedirle la entrada en vigencia y conseguir su demolición. Siendo este disparate un imposible jurídico, para alcanzarlo fue imperativo recurrir a truculencias también inéditas, desde luego vedadas, cuyo curso y desenlace completaron un episodio infeliz de nuestra historia de burlas a la Constitución.

Si se abstraen los detalles grotescos, un episodio como este resulta ser no un accidente soslayable, sino una posibilidad implícita en el sistema. Es que los propósitos de reforma de la justicia que se discuten en las cámaras congregan ciertamente la participación de los órganos superiores de las ramas del poder con sus elevadas miras, pero asediadas por los apetitos, intereses particulares y secretas ambiciones de este o aquel partícipe en el trámite. Entonces, la discusión pública de lo plausible encubre el nivel subterráneo de los trapicheos tras bambalinas entre parlamentarios particularmente interesados y magistrados particularmente intrigantes y desenvueltos. Al final, las propuestas iniciales terminan consagradas en versión deforme y acompañadas de suplementos perversos.

El sorprendente espectáculo consuena con el hecho de que el tipo de reforma que contemplamos somete una rama del poder a la intervención soberana de las otras. En el plano doctrinario, esa modalidad de cambio constitucional por acto legislativo, es decir, por la voluntad del Congreso aunada a la del Gobierno, resulta ser un despropósito. Las tres ramas son iguales en jerarquía y en su fuente. A todas las crea la Constitución, y es ella quien dota a cada una de su patrimonio competencial, así como de su conformación y estructura, en régimen de autonomía e independencia recíprocas. Nótese que en ese esquema, admitir que los poderes políticamente activos dispongan a su albedrío del ser orgánico y funcional del poder políticamente inerte implica dejar huérfano de protección a este frente a la potencia de aquellos, lo que es tanto como decir que la función de garantizar el cumplimiento del sistema jurídico que es connatural al poder judicial deviene endeble y, además, superable por los otros dos poderes que tendrían la capacidad de reconfigurarlo.

La inconveniencia se agrava cuando se observa que el esquema formal no es el que se desarrolla en los hechos, pues los órganos superiores de la justicia, extraños jurídicamente a la producción del acto legislativo, asumen de todos modos un papel extraoficial en la sombra, resultado de que tanto parlamentarios como miembros del Ejecutivo, en cuanto individuos, finalmente son sujetos eventuales de la jurisdicción, lo que se traduce para ellos en la invitación a asumir con simpatía las exigencias de la magistratura. La realidad, entonces, modifica el esquema formal para empeorarlo, al convertir el proceso de producción de normas constitucionales en mercado de negociados que se cumplen sigilosamente en la opacidad.

He ahí por qué fracasa el escenario del acto legislativo en el plano de los buenos resultados muchas veces, y otras, en el de los resultados simplemente.

HERNANDO YEPES ARCILA

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