¿Por qué fracasan las reformas?

¿Por qué fracasan las reformas?

Ninguna reforma es válida si se construye al margen del objetivo supremo de encarar la corrupción.

03 de junio 2020 , 09:25 p.m.

Como todos los empeños humanos, el de reformar las instituciones exige la presencia en él de un propósito que imprima unidad al proyecto, garantizándole la pertinencia y coherencia de cada uno de los elementos que lo componen, pues de ese criterio dinamizador es de donde derivan su aptitud para pertenecer al conjunto.

En términos aristotélicos hablamos de la causa final, y en román paladino, del “para qué” de la empresa. Quiero decir que la eventual ausencia de ese criterio capaz de identificar el espíritu de esta en el orden axiológico y técnico le mutila un elemento esencial de su legitimidad, su viabilidad y su eficacia.

Tanto monta la carencia en absoluto de propósito como la suposición postiza de uno irreal, inadecuado o falso, porque tan impostor es quien habla a pesar de saber que no sabe de qué es de lo que habla, como el ignorante de su ignorancia que pontifica sobre lo que sabe que es equivocado.

Los proyectos del pasado reciente lo muestran: sus sostenedores, para acreditar la necesidad de la propuesta, cada vez que presentan una, enfatizan que es indispensable para “acercar la justicia al pueblo” porque el mal que es imperativo superar radica en la inaccesibilidad del aparato judicial para el ciudadano común.

Al decirlo, no reparan en que este problema no es en sí mismo materia directa del régimen constitucional de la justicia, cuyo objeto son la estructura y la axiología del sistema, al paso que la funcionalidad del aparato es preocupación del nivel legislativo, es decir, de los códigos procesales. Hasta allí la falacia.

Ahora bien, los mismos enfáticos predicadores de una justificación que el cliché proclama, pero que no encuentra reflejo en el contenido normativo, cuando se les requiere para que despejen la problemática relación entre la tutela y la congestión de la jurisdicción común, reivindican como sagrado e intocable el régimen de la acción constitucional porque, según otro estereotipo, a la benemérita institución se debe que el pueblo haya logrado la saciedad de su hambre y sed de justicia.

Sin que implique rehusamiento a la tutela de ninguno de sus agigantados méritos reales, hay que precisar que las dos apreciaciones no son válidas al mismo tiempo y que la contradicción, consciente o inadvertida, para el caso da lo mismo, hace ver que el fin que se proclama es inidóneo para su tarea de tal por inconsonancia con otros rasgos de la misma concepción.

De esa guisa es el desbrujulado proyecto que irá a las sesiones ordinarias de julio. Su tesitura lo descubre como una acumulación de naderías avecinadas a fórmulas de algún mérito, sin que entre unas y otras medie hilo conductor que autorice su presencia simultánea en un mismo cuerpo normativo.

El conjunto postula mudanzas arrumadas sin ton ni son, o cuyo ton y son solo es dable conjeturar apelando a la suspicacia o la perspicacia, no lo sé, de quien, ante la evidencia de desconexión entre la propuesta de mutilar el poder electoral de las cortes con las de alargamiento del periodo o la resurrección de la cooptación, barrunta que estas últimas se incluyeron a modo de lisonja indemnizatoria a los actuales magistrados por la privación que se les impone con la primera.

En todo caso, los que el proyecto contempla no son nuestros apuros actuales. Y nos va la vida en que no nos equivoquemos al respecto. Para Colombia es vital asumir que ninguna reforma es válida o provechosa si se construye al margen del objetivo supremo de encarar el problema característico y original de nuestro presente, la corrupción en la justicia.

El desarraigo de esa triste desgracia, que un sino oprobioso nos reservó como heredad a las generaciones vivas, si bien no es la única razón de reforma, sí es la mayor, la preeminente e impostergable. El escamoteo de pretender la reforma sin inspirarla en este designio de salubridad nacional es, sin más vueltas, complicidad con un estado de cosas insoportable.

Hernando Yepes Arcila

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