Interpretación y picaresca

Interpretación y picaresca

Corromper la interpretación es corromper la sal. Acéptenlo y regresen al respeto del Derecho.

12 de marzo 2020 , 07:51 p.m.

Cuando la 'Commedia dell’Arte' llegó al castellano, enriqueció las maravillas de la literatura picaresca con un nuevo arquetipo del material humano que fue su regocijado tema. Recuérdese la escena final de 'Los intereses creados':

“DOCTOR. –Mi previsión se anticipa a todo. Bastará con puntuar debidamente algún concepto... Ved aquí: donde dice... “Y resultando que si no declaró...”, basta una coma, y dice: “Y resultando que si, no declaró...”. Y aquí: “Y resultando que no, debe condenársele”, fuera la coma, y dice: “Y resultando que no debe condenársele...

CRISPÍN. –¡Oh, admirable coma! ¡Maravillosa coma! ¡Genio de la Justicia! ¡Oráculo de la Ley! ¡Monstruo de la Jurisprudencia!”.

Una trama semejante se vivió hace poco en una alta corporación judicial colombiana: tergiversando un texto legal y dirigiendo la manipulación, no a signos ortográficos sino a una materia menos dúctil, los números, el conjunto de togados resolvió que donde la ley exige dieciséis sujetos bastan quince, con solo que se enfrente el texto con una pizca de imaginación y picardía y se lo interprete con avispada fantasía.

Hasta el día anterior, el mismo cuerpo tuvo por cierto que el artículo 5.º del reglamento radica el quorum electoral en las 2/3 partes de “sus integrantes”, lo que, según el consenso universal, alude al conjunto de miembros que la norma pertinente señale como composición íntegra del colegio. Este canon inequívoco presidió las votaciones siempre, hasta el jueves 27 de marzo, cuando la mudanza súbita hizo visible que la Corte acechó la inminencia de disminución del número de magistrados que produjo la desaparición del quorum mínimo mediante el retiro de un miembro más, y, entonces, incapacitada ya para producir decisiones, se avino a adoptar aquellas que esquivó tenazmente a lo largo de año y medio.

Desempolvó para ello el recurso nefasto del año 2010, cuando, en trance electoral similar al de hoy, de la gramática parda de uno de los magistrados brotó un raptus de ingenio: esto hay que interpretarlo. Así, “por una sola vez” (promesa que abarrota las salacunas del mundo, como sabemos) la norma del reglamento fue suplantada por otra, construida ad hoc por los participantes en el disminuido conjunto bajo la sola inspiración de sus urgencias del momento. Llamaron “interpretación” a la cabriola y procedieron a violar la ley para darse el festín electoral que sus sucesores acaban de reeditar con idénticas características.

Hay desaguisados que no agotan su perversidad en sí mismos. Cambiar el ilícito de incumplimiento sistemático de las funciones por el de violación consciente y deliberada de la ley es una cosa. Pero otra, que mis lectores perdonarán que juzgue tanto o más grave que la primera porque significa una lesión trascendental a la integridad de la cultura jurídica, es cobijar la truculencia con el nombre de interpretación.

Esta es un instrumento de la ciencia jurídica cuya eficacia y regularidad son indispensables a todo ordenamiento. No puede haber Derecho sin interpretación, pues el precepto en que la ley se expresa tiene que ser entendido por sus destinatarios como requisito insoslayable de su aplicación. La operación del espíritu que llamamos interpretación cumple ese cometido: presentar a la conciencia del jurista y del ciudadano cuál es el sentido de lo que la ley ordena, prohíbe o permite.

De allí que la interpretación misma esté sometida también al Derecho, que le establece a la actividad cognoscitiva el método que debe encauzarla. El acatamiento de estas reglas exige lealtad, probidad y mente alerta, exenta de apetitos propios. Si no es así, el Derecho se torna inviable para cumplir la misión que lo justifica, regir el discurso digno de la vida social.

Corromper la interpretación es corromper la sal. Acéptenlo nuestros Crispines domésticos, y empiecen por ahí el regreso a la senda del respeto al Derecho.

Hernando Yepes Arcila

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