Desventuras de la justicia

Desventuras de la justicia

Restablecer la dignidad de la jurisdicción es compromiso político radical de nuestra supervivencia.

25 de junio 2020 , 09:25 p.m.

La andadura bicentenaria de la Corte Suprema la ha visto enfrentar sobresaltos y sacudimientos. A modo de ejemplo, rememoro la dramática convulsión que en el puro comienzo generó la separación de su presidente, don Miguel Peña, y que tantas velas tuvo en el entierro de la Gran Colombia. En otro episodio infeliz, a mediados del siglo pasado, la justicia permitió que en sus aulas egregias se instalara la rabiosa contienda que en todos los escenarios libraban los partidos históricos.

Con todo y estos y otros infortunios, el discurso existencial de la Corte retuvo siempre la gratitud y el respeto de la nación entera. Así, a lo largo de periodos estelares y de transcursos de llanura, la cabeza eminente de la justicia, secundada en la ancha geografía por el empeño cotidiano de las estructuras subalternas, construyó progresivamente el Estado de derecho.

En los últimos cuarenta años llegaron vientos aciagos. Primero fueron los bárbaros: la insania de malhechores a sueldo del crimen organizado que inmoló a los togados de singular estatura espiritual, moral y científica que integraban la Corte y el Consejo de Estado a la sazón, y profanaron brutalmente los escenarios cargados de mayor valor simbólico, desataron sobre la nación un dolor sin orillas y la conciencia de haber sufrido una pérdida irrecuperable.

Sobrevino luego la segunda catástrofe, en el orden moral esta vez, con el envilecimiento voluntario, suyo y de su función, personalizado por algunos magistrados y jueces que aceptaron traicionar su ministerio y convertirse en instrumentos de prevaricación e injusticia. El oprobio de la corrupción en la judicatura nos cayó en una descomunal medida que nos hizo pasar de ser un pueblo que experimentó con orgullo la grandeza de la justicia como patrimonio seguro a soportar la humillación de tener a la cabeza de ella la Corte del desdoro.

Al lado de servidores cuyas vidas y ejercicio reproducen los rasgos de los viejos modelos, vimos aposentarse un grupo de réprobos. La deshonra de que la Corte albergara la agencia de un ‘cartel’ de mercaderes de objetos sagrados es una ignominia que ninguna otra estructura similar del mundo contempló jamás, siquiera como posibilidad.

Ninguna sociedad puede desplegar su destino histórico sin el soporte de una justicia honorable y de ejemplaridad sin sombras ni eclipses. Por eso, no hay duda de que remontar nuestra tragedia y restablecer la dignidad de la jurisdicción es el compromiso político radical de nuestra supervivencia.

Hay que saber, sí, que la grandiosa aspiración no se consigue mediante trenos fúnebres o transportes retóricos de condena y que solo es obtenible como fruto de una ingente movilización de energías de toda la sociedad que, proponiéndosela como la más prioritaria de todas las urgencias, la proyecte en todo el universo de lo judicial y sature de ella el complejo de sus ámbitos institucional, normativo, vivencial y humano.

Esa restauración ciertamente tiene una dimensión normativa en el orden de las estructuras judiciales, pero lo esencial no está allí: la base de todo es la empresa de superar la expresión esencial del deterioro, que se centra en la descomposición del concepto mismo de juez. Restaurar su figura, restituirle su prestancia natural devolviéndole los atributos que le son inherentes y esenciales en todo tiempo y lugar constituye el eje irremplazable de una verdadera reforma.

Convengamos en que lo corrupto no es la justicia, sino algunos instrumentos suyos, pero también en que la justicia buena fluye naturalmente de jueces buenos que sean además buenos jueces. La gigantesca pérdida que lamentamos, la desintegración y el desmoronamiento del centro vital de la justicia, que radica en la persona que la encarna e imparte, no se recupera solo con normas. Exige, sobre todo, la rehabilitación de la pedagogía que la hace posible.

Se trata, en realidad, de construir una paideía restauradora que nos devuelva al juez.

Hernando Yepes Arcila

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