Postal de Granada

Postal de Granada

Si no fuera por esa herencia árabe, no serían tantos los visitantes que llegan desde todo el mundo.

05 de agosto 2018 , 11:40 p.m.

Si es por la opinión de los taxistas de Granada, casi ninguno recomienda un restaurante árabe en la ciudad. Ningún comedero marroquí, libanés, africano, digo. Te llevan adonde tú quieras, pero si preguntas por la gastronomía mora te dirán que saben poco de ella, que no gustan del olor ni el sabor de sus especies, que la suya es mediterránea, tú sabes, jamón, patatas bravas, pescado frito, gaz-pacho...

Los taxistas de Granada son conscientes de que cuatro millones de turistas los visitan al año y que vienen con el propósito de conocer y admirar La Alhambra y, con ella, la arquitectura, el arte y la cultura de ocho siglos de dominio y construcción andalusí en tierras españolas. De hecho, si no fuera por esa maravillosa herencia árabe, no serían tantos los visitantes que llegan desde todo el mundo a Granada.

El hotel en que me hospedo, muy moderno pero adornado también por cierta estética morisca, propone una valoración distinta de la ciudad donde nacieron o crecieron y crearon artistas como Federico García Lorca, Washington Irving y Manuel de Falla.

Encontramos versos de sus poemas, fragmentos de sus cuentos, recuerdos de su música, en recintos y paredes enteras de esos mismos hoteles, plazas y restaurantes, repletos de curiosos comensales.

La historia cuenta que los árabes sometieron la Hispania romana y visigoda por casi 800 años, hasta que los reyes de Castilla y Aragón recuperaron Granada, al final de una sangrienta cruzada antimorisca que culminó con la expulsión de todos los musulmanes.

Así que mientras Cristóbal Colón creía descubrir la India en tierra ignota, Granada y sus alrededores se llenaban de cuarteles y conventos, todos soldados del rey o de María Santísima.

Muchas mezquitas fueron convertidas en iglesias católicas, pero en general el ejército español respetó la belleza estética e insuperable de los moros e, impulsado por su propia conciencia, terminó protegiendo el legado arquitectónico y cultural de su enemigo.

Los papeles cambiaron. “Amigo –diría alguna vez el poeta libanés Najib Abu Mulham–, yo soy aquel huésped que se ha convertido en anfitrión, aquel visitante que se ha vuelto residente, aquel extraño que ya es un familiar más...”.

Con embrujo andalusí, los árabes cultivaron frutas y hortalizas ignoradas por sus antecesores; revolucionaron su agricultura, alteraron su gastronomía. Aportaron el arroz, el azúcar, las naranjas, los limones y las frutas secas; el sabor y el color de la alcachofa, el espárrago y la berenjena, el plátano y el coco; lo mismo el azafrán, el jengibre, el anís y, para destacar, el ritual de entradas, platos fuertes y postres. Desde el cuscús, el falafel y el shawarma, hasta el universal pero siempre musulmán arroz con leche. Antes de los árabes, los residentes del territorio servían todos los alimentos al mismo tiempo.

Hoy, el tiempo parece no haber pasado en Granada, pero el taxista que nos lleva sobre tres vías de piedras mantiene su desdén por la comida árabe y sus olores, un malestar que admite heredado de sus ancestros, así prefiera culpar a Antonia, su mujer, por el apetito que les despierta a los dos el arroz al curry. “Es ella la que me ha apartado de mis fundamentos”, se lamenta él.

“Todo empezó con las especies, a las que opuse gran resistencia. Después, las hojas de parra, el tabuleh, pero lo que me doblegó de veras y, por favor no lo cuente, fue el bendito hammam. Ahí dije bueno, a regañadientes, pero ahora voy con ella, por lo menos cada dos semanas, a zambullirme en esos baños públicos con masaje incluido”.

Lo dijo con algo de pena, antes de entregarme la tarjeta que llevaba el nombre y la dirección del mejor hammam de Andalucía.

HERIBERTO FIORILLO

Columnistas

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