Por un trasero mejor

Por un trasero mejor

Desear un trasero ideal no es moda. La cola y sus redondeces siempre han sido objetos pasionales.

09 de junio 2019 , 11:24 p.m.

El ser humano explica la realidad fragmentándola. Desde este punto de vista, una persona, o una cosa, no es más que la sumatoria de sus partes.

Un hombre o una mujer podrían describirse, en consecuencia, como cerebro más corazón, un par de brazos y piernas, unos pechos, una nariz, dos ojos, dos orejas, una espalda, un cuerpo, un alma, unas nalgas…

Enumera y creerás entender. Fragmenta y empezarás a explicar. El trasero, por ejemplo. Cada vez hay mayor demanda de cirugías que aumentan el volumen de los glúteos en mujeres y hombres.

En mi infancia, nada me impresionó tanto como el gran trasero rojo, encendido, de un babuino hembra que, tras las rejas del zoológico, nos daba la espalda. A partir de esa experiencia, las luces rojizas de antros y clubes nocturnos del mundo me han recordado siempre el trasero de esa babuino.

La retaguardia ideal ha sido siempre redonda, dura y prominente. Su nombre, no su verbo, se ha hecho carne y llamado grupa, culo, nalgas, posaderas, parte posterior, sieso, orto, esfínter, cara de atrás, salva sea la parte, allí donde la espalda pierde su nombre, asentaderas, mapamundi, papaya, hendidura o raja.

He leído que desear un trasero ideal, en uno mismo o en su posible pareja, está muy de moda pero, qué va, la cola y sus redondeces han sido objetos pasionales toda la vida.

En principio fue un paso gigante de la evolución: ciertos primates alcanzaron una postura erecta y adaptaron sus cuerpos para correr sobre las extremidades inferiores, fortaleciendo los músculos de sus glúteos. El ‘derrière’ humano habría tenido así su origen en la erupción del cerebro y los mejor dotados habrían sido ungidos para perpetuar la especie.

La semiótica señala que la cola apenas posee un accesorio impensable, el epíteto que la matiza, la esculpe, la poetisa. Lo leí en ‘Breve historia del culo’, del francés Jean-Luc Hennig. En ese libro esclarecedor, el investigador menciona como pionero un género literario y muy popular a mediados del siglo XVI: el blasón erótico, que desmenuzaba con deleite todas las partes del cuerpo femenino.

Cada detalle atraía y fijaba el deseo del hombre. Se blasonó a la mujer desde la raíz de sus cabellos hasta la punta del último dedo del pie. Un muslo, un suspiro, una lágrima, una rodilla. La hembra parcelada, definida por pedazos, meticulosamente inventariada.

Muchas mujeres creen que no levantan novio porque carecen de curvas y sueñan con implantarse unas artificiales que cubrirían sin duda su gran déficit de felicidad. La historia nos recuerda que existieron en Mauritania, al noroeste de África, casas de engorde dedicadas a engrosar y engrasar el trasero de las mujeres en plan de buscar marido.

Al comienzo de la Tercera República Francesa surgió una retaguardia de mentiras, un nalgatorio falso para las mujeres, metálico, llamado miriñaque. Con el auge de la publicidad, las redes sociales y una sociedad cada vez más liberal, el culo pareció adquirir personalidad e irrumpió en público, se convirtió en objeto de culto fundamental, y fue admirado y moldeado por el ejercicio, los masajes, las fajas, las medias e innumerables rellenos que buscaban su silueta ideal, su identidad, hasta mediados de la década de los 60 del siglo pasado, cuando llegó la cirugía plástica y se quedó a dar seguridad a los pacientes, fortalecer su autoestima y hacerlos sentir aceptados, social y sexualmente.

De ese modo, a punta de bisturí, el trasero blasonado de la Edad Media se desprendió del cuerpo, se objetivizó y empezó a ser pronto perseguido como mercancía, ofrecido como parte de un menú erótico, un ente aparte, sin pies ni cabeza, que hoy parece tener vida propia.

HERIBERTO FIORILLO

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