Dedos que son ojos

Dedos que son ojos

Un recuento de recuerdos de Leandro Díaz, uno de los principales símbolos de la música vallenata.​

26 de mayo 2019 , 11:28 p.m.

Contar su pena era tan difícil que prefirió cantarla.

A fines del siglo pasado acompañé durante 22 días a Leandro Díaz en su ámbito natural, la región de La Guajira y el Cesar. El resultado fue ‘Cantar mi pena’, un relato testimonial que narra en 93 páginas la vida del juglar magnífico y su pensamiento.

“La primera reflexión importante de mi vida fue preguntarme para qué Dios me tenía vivo. Me di cuenta de que podía componer canciones y me dije: pues esta será mi vida”.

Leandro Díaz creció solitario y malquerido.

“Mis padres no se preocupaban por mí, el niño improductivo, sino por mis hermanos, sus ayudantes de labranza, y me dejaban solo mucho tiempo en casa. Así crecí lejos de todos, como un retoño perdido”.

Con mucha curiosidad, una grabadora eficaz, libreta y lápiz en mano, indagué en la mente del creador, que se metió a su vez en sus propios zapatos para narrar una conmovedora crónica literaria.

“Yo quise ver como los demás. Cuando instalaron la energía eléctrica me llené de curiosidad. Deseaba ver qué era esa luz que tanta admiración causaba en amigos y vecinos, pero algo en mi interior me dijo: ¿Para qué deseas lo que no puedes? Busca mejor una luz que ilumine tus caminos”.

De Leandro me interesaba mucho su perspectiva particular de creador invidente.

“La gente no entiende los misterios del ciego, que trabaja mucho más con la mente. La mirada es frágil porque se pierde, se va hacia otros lugares. Los ideales del ciego son quizás más permanentes”.

Me explicó que la suya era una forma distinta de ver.

“Con el tacto uno dibuja y sabe si lo que toca es un muro, una puerta, una silla o el televisor. Si se trata de una mujer, yo tengo unos dedos muy sutiles y detecto si se cuida ella o no la piel, si la tiene áspera y es una verdadera negra, si es un poco velluda. Usted, claro, cree no necesitar eso porque ve a la mujer y sabe de una vez si es blanca o negra y tiene la piel fina. No crea, el tacto percibe mejor estas cosas que la vista. Aquí los dedos son los ojos”.

Hay una foto de Leandro Díaz con su amigo santandereano Luis Eduardo Quintero. Una foto en la que el compositor tiene terciado un acordeón, imagen muy significativa: “Yo quise ser músico, pero a mi padre no le interesó mi vida y no me regaló un acordeón cuando lo quise. Después aprendí a ganarme el sustento con mis versitos y dije con esto me conformo. Pero me hubiera gustado ser acordeonero y me duele no haber aprendido”.

También le habría gustado ser maestro, haber seguido filosofía.

“Soy más filósofo que músico. Y más que narrar, pienso. A un amigo que me llamó compositor le respondí: No, yo lo que soy es un pensador que ha tenido la suerte de poner melodía a sus pensamientos.

Me comentó todas sus canciones, desde la primera: Quince de julio, “unos versos hirientes que hice a mi familia porque me dejaban solo muchas veces. ¡Diez días en una ocasión! Yo tenía que bajar al arroyo a buscar el agua y bañarme ahí y me caía mucho y rodaba pendiente abajo. Era un martirio aquello y yo lo resentía. Entonces decidí cantarle la verdad a mi familia”.

Leandro me dijo vivir, también a su manera, en oposición política.

“Un pueblo educado es un pueblo liberado. Falta dinero para la salud, faltan empleos y viviendas. Mi oposición consiste en buscar que el Gobierno solucione esos cuatro graves problemas”.

Me habló, en fin, de esta vida y la otra. “No pienso en la muerte. Creo que es algo sencillo, como apagarse una bombilla (…). Dios está aquí mismo con nosotros y más allá no hay nada. Un árbol se muere y se vuelve polvo. Uno es lo mismo. Hasta los huesos se le acaban. Solo así puede el infinito resistir a tanto muerto”.

HERIBERTO FIORILLO

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