Reculando

Reculando

Soportamos el deprimente derecho a ‘patrasearse’ que han ganado los políticos a punta de artimañas.

29 de abril 2019 , 02:33 p.m.

Un amigo francote y directo me recuerda cada tanto que “solo Dios y los idiotas no cambian de opinión”. Dadas las polarizadas susceptibilidades de este país, aclaro que mi amigo no ha ganado Nobel. Estuvo, eso sí, en la ceremonia de entrega de uno, pero en 1982, cuando en Estocolmo había más mariposas amarillas que quimeras. De todas maneras no eludiré la referencia al personaje en que muchos están pensando.

Tres décadas después, Juan Manuel Santos, en ese entonces amado pupilo de Álvaro Uribe, capoteaba las críticas de Noemí Sanín, quien le reprochaba haber estado de acuerdo con despejar el Caguán. Despeje era una palabra prohibida para un candidato del uribismo, por lo que Santos dijo: “Solo los imbéciles no cambian de opinión cuando cambian las circunstancias”. Uribe descubriría que la frase de Santos no era solo una estrategia de campaña, sino una consigna vital.

Twitter, que desplazó las bibliotecas en la noble tarea de ser la memoria de la humanidad, recordó hace unos días cómo Claudia López honra esta escuela de la flexibilidad política al vaivén de las circunstancias. De trinar con dureza sobre la para ella evidente doble militancia de Ángela María Robledo (asociándola con el concepto de trampa) pasó a cuestionar la escasa visión del Consejo de Estado, al dejar sin piso su actividad parlamentaria. Si Robledo entrara a la batalla por la alcaldía de Bogotá, ¿se mantendría tanta solidaridad y cariño?

A propósito, López fue una de las primeras en recordarle al presidente Iván Duque que, siendo candidato, le declaraba la guerra (¡con todo y video!) al abusivo IVA de la reforma tributaria santista y, ya como mandatario, lo convirtió en actor protagónico de la ley de financiamiento, ese culebrón bautizado con falaz eufemismo.

El IVA en subida; los políticos, embajada. “Prefiero quedarme totalmente solo antes que vender mi conciencia”, aseguraba Andrés Pastrana ante rumores de un acercamiento con Álvaro Uribe, a quien le aceptaría la embajada en Estados Unidos. “Fui elegido para hacer la paz; el presidente Uribe fue elegido para la guerra”, decía, y lo fustigaba por sentarse con narcos y paramilitares, y no darle la oportunidad a Santos de dialogar con la guerrilla. “Uribe”, concluía Pastrana antes de una de sus múltiples reconciliaciones por cambio de circunstancias, “es el único colombiano que nunca le dio a Colombia la posibilidad de paz”.

La palabra de un político tiene la solidez de una pluma en la tempestad

Hablamos del mismo Uribe que en julio del año pasado confirmaba que dejaba su curul luego de ser llamado a indagatoria por la Corte Suprema de Justicia. Llegó incluso a mandarle carta confirmatoria al presidente del Congreso. Una semana después, Uribe trinaba que había decidido seguir en el Senado. Macías, visiblemente emocionado, daba la buena nueva a la patria: “Ha reconsiderado su decisión; escuchó las súplicas de las bancadas, incluidas las de izquierda, para que no abandonara el Parlamento”.

No se ha pensionado Uribe, pero estuvo a punto de jubilarse la credibilidad de Sergio Fajardo. “Las personas viven mucho más tiempo, y eso hace parte de un fenómeno global; entonces se aumenta la edad (de las pensiones)”, pensaba a finales de 2017. Tres meses después se comprometía a no subir la edad de pensión. Fajardo, el que nunca volvería a ser candidato presidencial; Fajardo, el que en esas anda.

La palabra de un político tiene la solidez de una pluma en la tempestad. El carácter dejó de forjarse en hierro: bien barato se consigue de caucho en cualquier ‘agáchese’.

* * *

Grima. Que al señor ministro de Defensa le parezca que la mutilación, tortura y asesinato de un desmovilizado fue un accidente es un paso en falso. Positivo no le luce ser a Botero en tan deplorables circunstancias.

GUSTAVO GÓMEZ CÓRDOBA

Sal de la rutina

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