¡Muérdete la lengua!

¡Muérdete la lengua!

La lengua es un sistema de comunicación que nos construye y destruye como especie.

17 de noviembre 2019 , 10:50 p.m.

Somos seres de palabras. Lo bueno y lo malo que hemos protagonizado en 400.000 años de probable existencia del lenguaje está hecho de palabras. Con palabras construimos la civilización y con palabras atentamos contra ella a diario. Hoy, tres frases que retratan la especie inteligente que somos. O que no somos.

‘La voz del pueblo es la voz Dios’. Discutible latinazgo (‘vox populi, vox Dei’), sobre todo en un Estado laico. Pero aceptemos su sentido de reconocer la importancia de escuchar a la gente, al pueblo. La masa es como la Constitución, exhibiendo siempre encumbrados principios generales a los que nadie puede resistirse. Cosa distinta es aterrizarlos y tomar las decisiones que resuelvan problemas que mil marchas no han solucionado en cincuenta años. ¿Dios quería que en Santiago destruyeran 70 estaciones del metro, que la economía perdiera 3.000 millones de dólares y se esfumaran cien mil empleos? Puede que la voz del pueblo sea la voz de Dios, pero, ya entrados en el campo de la fe, habrá que recordar a Babel: el pueblo habla cientos de lenguas y no ha logrado ponerse de acuerdo nunca. Quizás Dios viva en nosotros, pero poco tenemos de dioses.

Quizás Dios viva en nosotros, pero poco tenemos de dioses

“La Habana: 500 años de una ciudad que está casi intacta”. Sonora frase de la redacción internacional de este periódico, y que sugiere lo positivo de mantener en sus calles el encanto del ayer. Grato sería si ese grado de conservación viniera acompañado de una acción estatal hacia el futuro. Preservación que debería marchar paralelamente con algo que escasea en la idílica urbe: inversiones en desarrollo. La culpa, dicen, es del embargo con el que Estados Unidos asfixia a la isla nación. En parte. Pero la responsabilidad real es de los cubanos, que permitieron a Fidel gobernarlos por 49 años, como si el país fuera su hacienda. Cuando la salud no le permitió seguir jugando al Salvador, le escrituró a su hermano la isla por una década. Cuba, desportillada porcelana del pasado que disfrutan los turistas a costa de la tragedia social de millones de personas. La amenaza del castrochavismo es un desarrollo del ‘Coco’, en versión para asustar adultos, pero el cubacastrismo sí existe, y le corresponden al menos 60 años del atraso encantador (o aterrador) de La Habana.

“Menos benevolencia”. La demandaba Marta Lucía Ramírez en 2013, recordando que nuestros ministros de Hacienda se sentían orgullosos con un crecimiento del PIB del 4 por ciento. “Yo les exigiría 6 por ciento y bajar desempleo al 5 por ciento. Menos benevolencia”, pedía un puñado de meses antes de presentar su nombre como candidata presidencial inspirada en resolver todo lo que le había quedado grande a Juan Manuel Santos. La misma vicepresidenta Ramírez que hace unos días comentaba emocionada en redes la revelación del Dane de que el PIB de Colombia había crecido al 3,3 por ciento (“el más alto desde 2015”). “Con los Pactos por el Crecimiento –anotaba– seguiremos impulsando la competitividad, la generación de empleos y crecimiento de la economía”. En cosa de un lustro, pero sin mucho brillo, Ramírez pasó de condenar la benevolencia a exaltar la autoindulgencia. Desde el pasado, el presidente Santos le lanza un salvavidas a su pertinaz crítica, con una frase que no hemos olvidado: “solo los imbéciles no cambian de opinión cuando cambian las circunstancias”.

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Grima. Doloroso que las personas al margen de la ley recluten menores. Y triste que el Estado no logre evitar que se los lleven a disparar, delinquir y satisfacer apetencias sexuales. Guerrillas y bandas se siguen nutriendo de niños ante la impotencia de las autoridades. De niños pobres, por supuesto, como corresponde a la inequitativa Colombia.

GUSTAVO GÓMEZ CÓRDOBA

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