Los orígenes de Abelardo y Hollman

Los orígenes de Abelardo y Hollman

“¿Qué hay en un nombre?”, preguntaba Pangloss para sugerir que hay bautizos con predestinación.

20 de octubre 2019 , 11:40 p.m.

Héctor Abad Faciolince recordaba que Pangloss (seudónimo de Antonio Panesso) solía escudriñar en el sentido y origen de los nombres, “quizá para descansar del agobio cotidiano de este país salvaje”. Se trataba de un animado desarrollo de “¿qué hay en un nombre?”, shakespereana pregunta de Romeo y Julieta. Shakespereana de Shakespeare, y no de Chespirito, cuyo apellido inspiró, en broma, a quienes hablaban del joven y prolífico libretista Roberto Gómez Bolaños. Hacemos lo propio, en homenaje a Pangloss, Shakespeare y Chespirito:

Abelardo. Poco de italiano hay en sus raíces. El origen es germánico, resultado de dos voces que, unidas, significan “príncipe fuerte”. El más célebre, un monje y teólogo francés, Pierre Abélard, cuyas opiniones no fueron bien vistas por la Iglesia del siglo XII. Esas posiciones, alejadas de la doctrina, llevaron a que lo llamaran Golia. Abélard terminó firmando muchos de sus escritos con ese nombre, en una abierta manera de burlarse de sus detractores. En su época, Golia quería decir “demoníaco”.

Aída. Fue mártir y tiene su día en el santoral, el 2 de febrero, aunque poco se sabe de ella. Y por estos días, menos. El nombre, de origen árabe, se inmortalizó luego del estreno de la ópera de Giusep-pe Verdi. Aída significa “la que regresa” y, operáticamente hablando, si lo hace para “cantar” no será ella la única que caiga y se estrelle contra la justicia.

Enrique. Nombre germánico que en su sentido primigenio, Heinrich, deriva de antiguas palabras que lo dotan de significado: “jefe del hogar o de la patria, líder”, por lo que ha sido de uso reiterado en numerosas casas reales europeas. Por una de esas carambolas de la historia, así se llamó (en su variante francesa) el primer autoproclamado rey de Haití: Henri Christophe. A pesar de su obsesión por el cambio, la suya no fue una administración popular y, ya en el ocaso, la gente lo trataba con desdén. Sin desconocer su ego (que lo llevó a empollar una estrambótica nobleza haitiana), hay quienes recalcan su peso en la gesta revolucionaria de Haití. Seguirá discutiéndose por años si fue impopular, pero eficiente.

Hollman. Con diferentes grafías, ha sido más apellido que nombre (Morris también tiene ambos usos). Dos sólidas teorías hay sobre su significado. La primera, que proviene de dos palabras del antiguo inglés (hol y hool) que significaban santidad: hol (santidad) y man (hombre), para llegar a “hombre santo”. La otra asegura que el origen está en otro vocablo remoto, hohl, que, como el moderno hole, nos acerca al concepto de hoyo: “habitante de un hueco”. ¿Qué tan devotos serán los bogotanos del Hollman enemigo de lo elevado, que aboga por no construir sobre lo construido e insiste en las bondades del hoyo?

Nicolás. Dos palabras de origen griego son las responsables de parir este “popular” nombre: nike (victoria, que bautiza a la diosa y a la célebre marca deportiva), y laos (pueblo, que dio nombre a una antigua ciudad de Magna Grecia, sur de lo que hoy es Italia, y nada tiene que ver con la nación asiática). Nicolás significa “victoria del pueblo”. Sonoro triunfo para su hambriento y oprimido pueblo logró Nicolás Maduro, al lograr que Venezuela tuviera asiento en el Consejo de Derechos Humanos de Naciones Unidas. Venezuela se llama así porque el cartógrafo Américo Vespucio recordó a la semisumergida Venecia cuando vio las viviendas indígenas, sobre palos, alrededor del lago de Maracaibo. Desde esa perspectiva, podría decirse que Venezuela se sigue hundiendo. Aunque nunca tanto como Naciones Hundidas.

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Grima. Continúan demorando, enredando y estafando con la libreta militar. Nadie hace nada. En el Ejército, dormidos… sobre billetes.

GUSTAVO GÓMEZ CÓRDOBA

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