Goleadas

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Los varones del fútbol insisten en tratar a nuestras jugadoras a las patadas.

11 de marzo 2019 , 12:03 a.m.

Si no puede hacerle frente al cambio climático, diga que no existe. Si cree que un país amenaza sus intereses, elija una mañana de diciembre y bombardee su flota. Si quiere dar un gran salto económico, ponga a los campesinos a vivir en comunas, de manera que pueda llevarlos a cosechar de día y obligarlos en la noche a que produzcan en las fábricas. Si tiene problemas con el fútbol femenino, erradíquelo. Así funciona la necedad.

Nada nos obliga a confiar en la rectitud de los dirigentes deportivos, siempre proclives a los negocios turbios y el enriquecimiento repentino. Pero creíamos que los exiguos logros éticos eran inversamente proporcionales a las conquistas en materia de sensatez. Y no. Triste descubrir que para conversar con los gurúes del fútbol sigue siendo necesario encender una tea y buscarlos en las cavernas.

Los problemas del fútbol femenino son diversos y merecen soluciones precisas: una cosa es lo que tiene que ver con inversión y apoyo económico, y otra, muy diferente, los fenómenos de acoso, matoneo y veto. En vez de atender ambos frentes con decisiones efectivas, nuestros sabios del balompié han elegido bombardear Pearl Harbor, horas después de haber estrenado la opereta que montaron aprovechándose de la buena fe de la vicepresidenta.

El prototipo del macho grotesco, que tanto les sienta a personajes como Gabriel Camargo, capataz del Deportes Tolima, no es monopolio de este especialista en empollar barbaridades con la lengua. Cuando Camargo aseguraba que el fútbol femenino era “caldo de cultivo del lesbianismo”, no hacía más que evidenciar los generosos prejuicios que comparte con muchos otros cacaos.

Que las mujeres se les hayan metido a las canchas les preocupa tanto como ver que en sus casas se les salieron de la cocina. La misma semana en que se conmemoraba el Día de la Mujer, en recuerdo de 130 trabajadoras que murieron calcinadas defendiendo sus derechos laborales en la fábrica Cotton Textile, de Nueva York, nuestros dirigentes le prendían fuego al fútbol profesional femenino.

Remate de una historia con más de una década de evasivas, represalias y censura para quienes se han atrevido a quejarse por las dispares condiciones económicas y el trato denigrante. Uniformes de mala calidad, viáticos miserables, hoteles pagados a regañadientes, pasajes escasos, remuneraciones de hambre. Yoreli Rincón, la primera futbolista profesional colombiana, no pudo decirlo mejor en entrevista con RCN Radio: “éramos unas niñas de 16 años y les gustaba que trabajáramos gratis”.

Que las mujeres se hayan metido a las canchas les preocupa tanto como ver que se les salieron de la cocina

Mejor mandarlas al corral de una fugaz liga, armada con babas para contentillo mediático. Mejor echarle la culpa a la falta de patrocinio, cuando montañas de dinero es lo que produce un fútbol cuya federación supuestamente es una entidad sin ánimo de lucro (obligada a reinvertir en el progreso del deporte). Mejor fijarles limitaciones de edad, para poder manipular a las más jóvenes e inexpertas e ir saliendo de las que, amparadas en la experiencia, reclaman lo justo.

Mejor acabar con ese “caldo de cultivo del lesbianismo”: ¡cómo se van a acostar entre ellas, cuando podrían estar satisfaciendo los apetitos de algún hormonado entrenador o dirigente! “Vamos a tener una nueva era y una nueva etapa del fútbol femenino colombiano”, dijo sin asomo de sonrojo el vicepresidente de la Federación, Álvaro González. Otro ‘crack’ de la hipocresía.

* * * *

Grima. Cuando tantas dudas hay sobre los efectos tóxicos del glifosato, triste que el primer daño colateral afecte la querida longaniza. Quedó tendida en la lona con un chiste flojo que habría enfurecido al profesor Jirafales, a quien el Chavo llamaba precisamente maistro Longaniza.

GUSTAVO GÓMEZ CÓRDOBA

Columnistas

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