Falsas frases

Falsas frases

Colombia resuelve sus problemas con la lengua. No hemos descubierto que babas no son acciones.

30 de junio 2019 , 11:38 p.m.

Palabras que enlazamos todos los días los colombianos y que, aparte de haber extraviado su sentido, terminaron siendo un mero decorado verbal. Las repetimos con la misma habilidad de Mamola, la lora animada de Pacheco:

Dolor de patria. Lo más doloroso es que difícilmente puede usarse la palabra ‘patria’ en contextos diferentes al de esta frase, sin exponerse a un tomatazo, un insulto o una discusión inane. La patria, que comenzó siendo familia, para luego convertirse en tierra, pueblo, comarca, reino, ciudad y nación, es un término que medio país pronuncia en voz baja (sucede con muchas palabras, cuando se las apropian los políticos y las cabalgan con fines proselitistas). El del dolor de patria es un lugar común para decir algo sin decir nada; para hablar de un malestar que no se sabe dónde se siente. Descartando la sentida canción sobre emigrantes de Darío Gómez, el dolor de patria no es más que una queja gaseosa para diluir aflicciones sin solución. Seguiremos quejándonos del dolor de patria hasta que alguien invente un efectivo Dolex de patria.

Lucha contra las drogas. Frase que quedó grabada en mármol desde hace décadas, y la cargamos como si fuera una lápida. Si usted la enviara a un laboratorio, el listado de componentes lo dejaría perplejo: fumigación de tierras y gente con químicos, decomisos de utilería, muerte o corrupción de funcionarios, robustecimiento del mercado negro, aumento de la demanda, criminalización de los consumidores, asesinatos extrajudiciales, expansión de cultivos, florecimiento de alucinógenos sintéticos, violencia y altas tasas de homicidios, desangre de recursos públicos, erradicadores mutilados, cárceles a reventar con adictos que se convierten en criminales, proliferación de pandillas y jugosos negocios armamentistas. En la lucha contra las drogas, y seguramente el honesto Richard Nixon lo sabía, la munición somos todos los que vivimos al sur del río Grande. Aquí, donde la lucha del diario es para poder pagar los precios de los medicamentos.

Los pueblitos se convierten en pueblos cuando aprenden a tolerar las diferencias

Tendencia en redes. En Colombia, entiéndase como algo que se hace popular en Twitter, aquella infalible incubadora de odios en la que depositamos nuestra confianza mientras leemos a gente en la que no confiamos. Las tendencias, al menos referidas a las personas, solían ser sus estilos o costumbres, desde la perspectiva de dejar huella por algún tiempo. Las tendencias de redes son tan efímeras que no habría razón para considerarlas una tendencia. Como casi todo hoy en día, las tendencias se determinan con base en algoritmos que agrupan temas, nombres, palabras o personas que se repiten muchas veces en Twitter. La tendencia es prima hermana del ‘hashtag’ o numeral (almohadilla, en atención al ‘Diccionario de la lengua’), que se acuña no para que la gente lo tome espontáneamente, sino para invitar (rogar) a los demás que lo usen. Conmoviendo, sugiriendo, suplicando o pagando, cualquiera puede parir una tendencia. La tendencia es fundamental manifestación de la libertad de expresión, con una oscura particularidad: segrega a quien no se matricula con ella. La tendencia es aquella manera de experimentar la libertad mientras obedientemente se hace fila.

El buen momento por el que pasa el país. Cuando usted escuche a un funcionario decir esto, preocúpese: el país está atravesando un mal momento. Es signo inequívoco de que quien la esgrime padece del síndrome de la cabina: adelante, todo pinta bien para el piloto, mientras se incendia la sección de los pasajeros. Solo algo experimenta un peor momento que el país cuando se activan estas palabras: la imagen de quien las dice.

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Grima. Los pueblitos se convierten en pueblos cuando aprenden a tolerar las diferencias. Pedir respeto irrespetando no puede ser la bandera que nos guíe.

GUSTAVO GÓMEZ CÓRDOBA

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