¿Criticar o lapidar?

¿Criticar o lapidar?

El nivel de las críticas, más que del gobernante, da una idea del estado de una sociedad.

19 de enero 2020 , 11:36 p.m.

La discusión no es sobre si Iván Duque es el presidente con el que soñamos. Entre otras razones, porque en este rebaño de disímiles ovejas que es Colombia (y no pocos lobos cubiertos con la piel de sus víctimas) nunca hemos podido ponernos de acuerdo. Tampoco se trata de llover sobre mojado, diciendo que queremos un mandatario que haga una buena gestión y que el país progrese. Eso del presidente que queremos es algo más complejo, y si lo tuviéramos resuelto, no llevaríamos doscientos y pico de años matándonos.

El presidente que tenemos todos (diferente al que queremos todos) fue el candidato más votado y tiene el derecho constitucional a serlo por cuatro años. Que sea de derecha o de izquierda, eficaz economista o corto de cifras, devoto católico o ateo, langaruto o ancho de cintura, insufrible o simpático… es otro asunto. Y nadie tiene que digerirlo de manera obligatoria. Es una prerrogativa democrática criticar al Presidente, pero ojalá entendiendo la dignidad que representa. Y parte clave de ese sano cuestionamiento al poder tiene que ver con el humor.

El humor es una herramienta fundamental para llamar la atención sobre las decisiones que toman los gobernantes. Sin humor no hay libertad. Las sociedades privadas del humor, donde está proscrito y es perseguido, son todo menos un Estado de derecho o una democracia. Tiene el humor una particularidad que comparte con la flecha: mientras más afilado esté, más profundo penetra las carnes. Cuando el humor no está pulido, hiere, pero no conmueve. Y en vez de generar transformaciones, daña.

El humor es asunto de argumentos. El humor no puede darse el lujo de perder el estilo y la altura. La chabacanería es al humor lo que Arjona a la poesía. El humor ramplón está hecho para divertir, pero castrado a la hora de influir positivamente. Cuando el humor de mal gusto se prende a la yugular de Iván Duque no está clavando los colmillos en un ser humano, sino en una institución. Una a la que la Constitución ha dotado de majestad.

La insistente campaña para graduar de mamarracho al Presidente tendrá un costo enorme para la república, para el imperio de la ley. Y va viento en popa: representaciones antropomórficas, burlas sobre errores lingüísticos, profusión de memes en redes, subtítulos insultantes, chascarrillos de báscula y pesquisas entre las sábanas del Palacio de Nariño. Todo orientado a debilitar a un hombre sin reparar en lo que representa.

El daño que se hace es monumental, pero no solo tiene que ver con Duque. Atenta contra la institucionalidad. Y cuando se hagan añicos los ventanales del orden, por ahí entrarán quienes han creído siempre que las leyes son meros obstáculos para sus personalísimos proyectos mesiánicos. Los lobos son pacientes, pero no estúpidos: jamás desperdician una oportunidad.

Cuando el humor no está pulido, hiere, pero no conmueve

La gran duda es saber si quienes lideran estas campañas de desprestigio entienden que están encendiendo fósforos en un polvorín o si sus acciones son fruto de una ingenuidad que no alcanza a avizorar los peligros futuros. En el primer caso, la suerte está echada, y no habrá manera de que enderecen el rumbo, pues tienen una agenda bien definida. Destrozan para hacer campaña política. Y nadie parece aterrarse: nuestra política ha tenido siempre más de destrucción que de construcción.

Si se trata del segundo escenario, qué interesante sería ver un tratamiento de altura en la crítica humorística y un esfuerzo por enriquecerla con más razones y menos detritos. El trazo y la palabra merecen brillar en la oscuridad y no hacer parte de esas tinieblas que pretenden iluminar.

* * * *

Grima.
No hay duda; las playas en Colombia son privadas. Privadas de aseo, privadas de salvavidas, privadas de seguridad, privadas de civismo y privadas de autoridad.

GUSTAVO GÓMEZ CÓRDOBA

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