¿Por qué nos da por escribir?

¿Por qué nos da por escribir?

Deberíamos ejecutar todos nuestros actos por el exclusivo placer de realizarlos.

30 de julio 2019 , 11:16 a.m.

De la misma forma que ‘narrador’ es quien narra y ‘corredor’, quien corre, ‘escritor’ es quien escribe. Y así como existen narradores y corredores, tanto profesionales como aficionados, también hay personas que ejercen la escritura como actividad profesional de la que reciben sus ingresos, y personas que escriben por el simple placer de hacerlo.

¿Por qué en tantos individuos, incluido este servidor, surge el hábito de escribir columnas periodísticas o libros sobre los temas que hemos profundizado, o novelas de intriga, o sugestivos ensayos? ¿Por qué nos aislamos, por horas o meses, para dar rienda suelta al análisis o dejar volar la imaginación sobre unas cuantas líneas de publicación inmediata en una columna, o centenares de páginas en un libro que quizás solo leerán unas pocas docenas de amigos o familiares? ¿Por qué nos da por escribir a quienes nos hemos aventurado en tal hábito?

Este columnista no es el primero en formularse tal pregunta… Y, mucho menos, será el último. Miremos las respuestas de algunos autores. George Orwell, novelista y ensayista inglés, argumenta que los escritores escriben por el deseo de parecer inteligentes y de que se hable de ellos después de su muerte. Este deseo, sugiere este columnista, es una extrapolación anómala de la necesidad ‘normal’ de reconocimiento mientras estamos vivos.

Orlando Restrepo, poeta vallecaucano, dice escuetamente: “Escribo para no morir del todo, para dejar un testimonio de mi paso por la vida (...)

Ray Loriga, escritor y guionista español, le saca el cuerpo a la pregunta diciendo, en una brevísima frase: “Hay que estar loco para escribir”. Y Orlando Restrepo, poeta vallecaucano, dice escuetamente: “Escribo para no morir del todo, para dejar un testimonio de mi paso por la vida, para decirles a los amigos después de que fallezca que todavía sigo vivo”.

En mayor o menor grado, todos queremos ser reconocidos en esta existencia, y recordados en lo que sea que venga después. Muchos magnicidas matan en busca de fama, así el asesino también muera poco después de cometer su crimen. La historia rinde tributo a John Kennedy, pero también recuerda a Lee Harvey Oswald.

Tendemos a resistir la idea de la inutilidad de la fama. Swami Vivekananda, un pensador y líder religioso hindú del siglo XIX, recomendaba: “No busque ser importante: El Universo existía millones de años antes de que usted llegara aquí y durará millones más después de que usted se vaya”.

Quienes no creemos en la resurrección al final de los tiempos, pregonada por las religiones abrahámicas; ni en la reencarnación hinduista en otra forma de vida, mejor o peor que la que se nos acaba al morir; ni en el renacimiento de una ‘corriente de consciencia’ en un cuerpo diferente una vez fallezcamos, según el budismo, deberíamos ejecutar todos nuestros actos por el exclusivo placer de realizarlos.

Si cuando publicamos una nota nos damos cuenta de que aprendimos algo de nosotros mismos, o adquirimos un nuevo conocimiento durante la investigación del tema, o recibimos la aprobación o el insulto de algún lector, o nos enteramos por las estadísticas de Google que nadie la leyó… No importa, si lo que disfrutamos fue el proceso mismo de escribirla. Si nada esperamos de lo que hacemos, nunca nos frustraremos. Más fácil de decir, por supuesto, que de volverlo práctica rutinaria.

Y si después de que nuestra consciencia se desvanezca, sea el mes entrante o después de unos cuantos años, alguien encuentra de interés alguno de nuestros escritos pues… Nosotros no nos vamos a enterar porque nuestra propia consciencia se apagó para siempre, cuando nuestras neuronas cerebrales murieron o dejaron de comunicarse.

Por eso cerramos esta nota parafraseando a Pablo Apóstol en 1 Corintios 10:31: “Ora comáis, ora bebáis, ora hagáis cualquier cosa, hacedlo por el goce mismo de la acción”. (El Apóstol escribió “por la gloria de Dios”). Quizás, el inmenso goce que el gran apóstol experimentaba cuando plasmaba en griego sus reflexiones lo llevó a componer sus muy reconocidas epístolas.

Entre Pablo y Lucas el Evangelista, su gran amigo, escribieron la mitad del nuevo testamento. Recordemos que, en esa época, hace casi dos mil años, se escribía con plumas y tintas rudimentarias, y la composición de cualquier página demandaba esfuerzo y dedicación mayores… El lápiz se vino a inventar apenas en el siglo XVI y el procesador de texto, hace tan solo cuatro décadas. ¡Qué placer debió experimentar este célebre dúo mientras ambos escribían en tan remotas épocas!

* Autor de ‘Hacia el Buda desde Occidente’ 

@gustrada

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