Nunca comprenderemos todo

Nunca comprenderemos todo

Cada descubrimiento científico abre espacio a salidas adicionales hacia nuevas incógnitas.

02 de agosto 2020 , 10:53 p. m.

Toda discusión sobre creencias e hipótesis indemostrables es un ejercicio inútil, así nos entretengamos pensando que nuestro punto de vista es el correcto. Los seres intangibles, así como todo lo que se construya y concluya alrededor de ellos, son los mejores ejemplos de tales hipótesis incomprensibles.

¿Poseemos, además de este cuerpo físico, un componente adicional inmaterial —un alma eterna— que nos ha de sobrevivir o de una entidad metafísica que ha de reencarnar cuando muramos, en otro ser? ¿Existen los espíritus, las almas u otras entidades inmateriales? Es imposible comprobar que algo imperceptible o sutil pueda existir, o que todo lo existente sea visible o palpable.

Quizás en algún momento futuro explicaremos la transformación de moléculas ‘inteligentes’ en entidades vivientes que, en tiempos indeterminables, lograrán reproducirse y perfeccionarse por selección natural, pero, y ese es el tema de este escrito, estamos aún lejos de llegar a comprenderlo todo.

La ‘misteriosa’ materia oscura, a manera de ejemplo en el territorio de la física, cinco veces más abundante que la materia tangible, nunca ha sido vista ni tocada; su existencia es inferida por los efectos gravitacionales que tiene en la materia corriente. No es factible concebir una materia invisible, intocable e indetectable. No solo nunca entenderemos todo, sino que nunca responderemos exhaustivamente las innumerables dudas científicas planteadas de tiempo atrás: cada aclaración conlleva siempre nuevos interrogantes.

Y cada descubrimiento científico, sea en química, biología, genética o neurología, abre un espacio en el cual los investigadores tienden a creer que han llegado a la cumbre última de la erudición; allí, con ‘certeza’, sí se encontraría la verdad definitiva o, al menos, el punto final. No es así, sin embargo.

El nuevo hallazgo y las hipótesis inesperadas que de este surgen son apenas una ‘habitación’ desconocida y sorprendente, con salidas adicionales hacia nuevas incógnitas. Nunca comprenderemos todo. Y jamás encontraremos (al menos no pronto) la tan buscada ‘teoría de todas las cosas’. No en las ciencias naturales ni tampoco en las ciencias sociales. En física, a manera de ejemplo, la disciplina científica más antigua, si consideramos a la astronomía como una parte de ella, los incansables esfuerzos hacia una teoría unificada que explique todo han fracasado.

Dice Marcelo Gleiser, físico y astrónomo brasileño, que “el modelo de unificación, tan estéticamente atractivo, puede simplemente ser eso… Una descripción interesante que, desafortunadamente, no concuerda con la realidad física. La naturaleza no parece compartir nuestros mitos”.

La selección natural no actuó para favorecer la ciencia y dejarles explicaciones claras a los cerebros científicos, sino que, sin plan o dirección predestinados, se movió en evoluciones al azar que, por ensayos incansables, condujeron a la supervivencia de lo que era estable.

Lo estable fue lo que permaneció en todos los órganos y favoreció la capacidad de las ‘especies de turno’ para perdurar en los ambientes hostiles, que eran la ‘norma’ y que nuestros antepasados debieron encontrar en cada recodo.

Richard Dawkins, en ‘El gen egoísta’, su reconocido libro, hace una aseveración tan escueta para la cual las explicaciones sobran: “La supervivencia del más apto es apenas un caso especial de una ley más general: la supervivencia de lo estable”. No obstante su significado, curiosamente el autor le dedica poco espacio. Dice el biólogo inglés que en la evolución, el universo está poblado por entidades estables, y los humanos somos el resultado cumbre de la búsqueda de la ‘estabilidad’.

La evolución de las especies, por supuesto, no sigue normas predefinidas; una especie, en dos regiones distintas, pudo haber evolucionado de manera diferente. Nunca comprenderemos todo ni podremos explicar en detalle el efecto de unas mutaciones genéticas que ocurrían al azar.

Carlos, mi hijo, cineasta fervoroso, criticaba la poca imaginación de los productores de cine cuyos personajes intergalácticos eran marcadamente humanoides, con cabeza, piernas y brazos. La obvia e inobjetable aseveración ‘nunca comprenderemos todo’, que titula esta nota y que es cada día más evidente, poco ha liberado la imaginación de los creativos del cine para la generación de posibles paradigmas novedosos y diferentes a los ‘convencionales’ resultantes de la evolución natural darwiniana.

GUSTAVO ESTRADA
Autor de ‘Hacia el Buda desde Occidente’ y ‘Armonía interior’
En Twitter: @gustrada1

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