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Necesidad imperativa de creer

Necesidad imperativa de creer

Aún en el tercer milenio, abundan los devotos de la metafísica.

03 de septiembre 2021 , 08:00 p. m.

En el diario vivir, los seres humanos hemos de (1) satisfacer múltiples exigencias vitales de subsistencia (alimentarnos, dormir, evitar los peligros…); (2) aprovechar los mecanismos naturales correctivos de nuestro organismo para restablecer el orden, cuando algo se desvía de su curso normal; y (3) aceptar la realidad de nuestra temporalidad con la consecuente e inevitable desaparición.

La sabiduría innata de nuestro organismo y nuestra inevitable temporalidad en la Tierra son hechos de aceptación general. De tales realidades surge una necesidad imperativa de creer en algo trascendental, en espíritus individuales, que nos han de sobrevivir. Estas entidades, dependiendo de opiniones personales o grupales, son propias -mi esencia, mi alma- o son formas que reencarnarán en otras expresiones de energía o en espíritus individuales… que nos han de ‘sobrevivir’.

‘Yo’ pienso y ‘yo’ siento que existo… Y sé que en algún momento desapareceré. Pero, mientras piense y sienta, no puedo concebir -ni siquiera imaginarme- que no soy o no existo. No obstante, reconozco mi temporalidad, mientras otros, quizás la mayoría, consideran que poseen un alma inmortal. ¿Qué sería este algo? Abundan las propuestas… Y cada religión se afilia a una de ellas… o desarrolla su propia teoría.

Sabemos con certeza (o, al menos, ‘yo’ creo saber) que la sabiduría de nuestro cuerpo se encarga de manejarlo, vigilarlo, controlarlo y ajustarlo, cuantas veces sea necesario… Pero, con el transcurso del tiempo o por circunstancias imprevisibles, esta extraordinaria capacidad se deteriora y, en algún momento, deja de funcionar. Casi siempre aparecen dolores físicos, como señal alarma de que algo anda mal. Si no fuera por estas dolencias, muchas veces intensas, que acompañan las enfermedades terminales, la proximidad de la muerte nos causaría poca angustia.

El mundo científico, aunque sí acepta la existencia de fenómenos todavía inexplicables, no reconoce magia en el universo.

A las alarmas hay que ponerles atención… Pero también debemos reconocer y tener confianza en los mecanismos recuperadores. Cuando la facultad restauradora se atrofia… Hemos de aceptar la realidad del final que se acerca y del mal de turno que va a exceder nuestra capacidad recuperadora natural.

Por supuesto que las ciencias médicas y la disciplina individual en las décadas recientes han ayudado a extender, de manera notable, la expectativa de vida de la raza humana. En el mundo actual, los avances en la prevención y en la curación de enfermedades han alcanzado niveles tan sorprendentes que sus logros casi nos parecen arte de magia.

“Pienso luego existo”, dijo Descartes hace siglos. Si no pienso -si no ejerzo mi facultad de pensar-, pues no tengo consciencia de que ‘soy’. Si no existo -esto es, dejé de existir-, pues ya no hay entidad pensante… y solo unos cuantos terceros me echarán de menos.

Cuando experimentamos algo que no entendemos -pero que lo ‘vemos’, ‘oímos’ o ‘sentimos’- la ausencia de explicaciones nos lleva a buscar y encontrar alternativas metafísicas. La física, cuando comprendemos sus ecuaciones y observamos la realidad de los fenómenos, es una ciencia que, a pesar de sus portentos, aún no explica, y quizás nunca lo hará, todos los misterios del Universo.

En consecuencia, aún en el tercer milenio, abundan los devotos de la metafísica. La metafísica, en su acepción original, estudia el SER -sus propiedades, principios y causas primeras- y es una rama de la filosofía. Por razones curiosas, la expresión ha evolucionado para para asociarla con poderes mentales sobrenaturales que solamente algunos elegidos pueden ejercer.

En el diccionario de la Real Academia, ‘metafísica’, además de ser una rama de la filosofía, significa también ‘oscuro y difícil de comprender’. Supuestamente, unas cuantas personas poseen ‘poderes metafísicos’ y capacidades de sanación.

Y el mundo científico, aunque sí acepta la existencia de fenómenos todavía inexplicables, no reconoce magia en el universo. Las ciencias han alcanzado niveles tan avanzados de desarrollo y complejidad que sus enigmas, sean resueltos o incomprendidos, solo están al alcance de unos cuantos expertos, y se nos convierten en una especie de magia, equivalente a milagros, para la casi totalidad de los terrícolas… que se atienen a su necesidad de creer.

GUSTAVO ESTRADA

(Lea todas las columnas de Gustavo Estrada en EL TIEMPO, aquí)

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