Los horrores de la obnubilación

Los horrores de la obnubilación

Cuando la razón se alucina, nuestra realidad parece alterarse y la vemos diferente.

08 de junio 2019 , 11:30 p.m.

La excelente película ‘Hotel Mumbai’, que magistralmente adapta al séptimo arte los atentados de 2008 al Taj Mahal Palace Hotel, en Bombay, me sacó muchísimas lágrimas. Desde niño fui aficionado al cine y, por supuesto, más de una cinta me ha arrugado el corazón. Esta vez, sin embargo, fue diferente.

No fue el drama de ‘Hotel Mumbai’ lo que me hizo sollozar, sino mis dolorosos e inconsolables recuerdos de un atentado similar en Amenas (Argelia), donde murió mi hijo Carlos en enero del 2013; sus últimas 36 horas debieron ser similares a las dolorosas escenas de la película.

Ambos asaltos fueron planeados y ejecutados por extremistas, extranjeros en los países atacados, pretendiendo con su violencia castigar a los infieles, así ellos tuvieran que inmolarse en su intento. El paraíso es el premio que tales alucinados esperan obtener por su sacrificio.

En la vida real, el Taj Mahal Palace Hotel fue solo uno de varios blancos que diez terroristas paquistaníes del denominado Ejército de los Puros atacaron en Bombay el 26 de noviembre de 2008. Durante los siguientes tres días, los ‘Puros’ sembraron el terror en el puerto más importante de la India y asesinaron a 166 personas.

Obnubilación es la confusión resultante de prejuicios o de puntos de vista sesgados, sin fundamento lógico o científico alguno, que enturbian la visión de la realidad: ‘Los espíritus existen porque está escrito en mi libro sagrado’; ‘mi credo es el único verdadero’; ‘mi raza es superior’; ‘mi doctrina política es una ley inexorable como la gravedad’.

La obnubilación, producto de la ignorancia, surge de creencias religiosas, políticas o sectarias de cualquier índole, adquiridas por ‘contaminación’ social. Tales creencias se convierten en premisas incuestionables de todos sus ‘razonamientos’, y, por juiciosas que estas parezcan, las conclusiones siempre serán falsas. Los obnubilados, sin embargo, siempre verán sus puntos de vista como verdades indiscutibles.

¿Es la obnubilación violenta un absurdo exclusivamente musulmán? De ninguna manera. Ashin Wirathu, conocido como el Bin Laden del budismo y superior de un monasterio de 2.500 monjes en Myanmar, es hoy el líder más importante de la persecución a los rohinyás, una etnia musulmana que reside en ese país desde hace un milenio.

La Iglesia católica tampoco es la excepción. La masacre de millares de incas que culminó con la ejecución de Atahualpa, el último de sus emperadores, es uno de incontables ejemplos. Los hechos sucedieron en Cajamarca, ciudad andina en el norte del Perú, donde el conquistador español Hernán Pizarro había conocido a Atahualpa algún tiempo atrás.

Cuando Atahualpa ascendió al trono inca, Pizarro lo invitó a una fiesta en su honor. Atahualpa aceptó el homenaje y viajó, acompañado por cinco mil hombres desarmados. Ya en el pueblo, Vicente de Valverde, fraile dominicano, se acercó al jefe inca para insinuarle que se convirtiera al cristianismo, sugerencia que Atahualpa rechazó.

Para insistir, el fraile le mostró una biblia, en la cual “se encontraba la palabra de Dios”. El emperador, quien nunca había visto un libro, lo acercó a su oído, esperando escuchar la voz ‘divina’. Accidentalmente, la biblia cayó de sus manos y Valverde, considerando esto como un sacrilegio, pidió a Pizarro que abriera fuego mientras gritaba que los crímenes que se cometieran ese día serían perdonados de antemano.

Durante la siguiente hora, sin una sola víctima española, unos cuatro mil indígenas fueron asesinados. Pizarro logró salvar a Atahualpa, quien le ofreció una cantidad enorme de oro a cambio de su vida. El emperador cumplió su promesa, mas Pizarro ignoró la suya. El 26 de julio de 1533, Atahualpa fue ultimado a garrotazos.

Cuando la razón se alucina, nuestra realidad parece alterarse y la vemos diferente. La peor consecuencia del extremismo es el terror, que ocurre cuando los obnubilados utilizan la fuerza para imponer a otros sus creencias. Una vez se transforma en violencia, la obnubilación desencadena infinitas lágrimas reales… Que reaparecen a cada momento en la memoria de los dolientes.

Cuando vi ‘Hotel Mumbai’, el recuerdo de la tragedia de mi hijo en Argelia hizo brotar llanto de mi inacabable tristeza. Y este dolor crece aún más cuando concluimos que, mientras existan creencias etéreas, sean religiosas, políticas o raciales, sus obnubilados seguidores cometerán actos sanguinarios para imponerlas.

GUSTAVO ESTRADA
Autor de ‘Hacia el Buda desde Occidente’
En Twitter: @gustrada1

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