La distancia es cada día más grande

La distancia es cada día más grande

Se trata de la que existe entre las naciones ‘informatizadas’ y las semianalfabetas en el tema.

01 de julio 2019 , 10:18 p.m.

Velocidad en un vehículo en marcha es, por ejemplo, sesenta kilómetros por hora. Si el chofer la aumenta en un segundo a 70, su aceleración, en ese segundo, fue diez. La ‘velocidad’ y la ‘aceleración’ del progreso tecnológico no son directamente medibles, pero sí reales y desconcertantes. En los remotos comienzos, sin embargo, todo fue lentísimo. La agricultura, la primera gran innovación, comenzó hace doce milenios, cuando el ‘Homo sapiens’ ya había deambulado por la Tierra doscientos mil años.

Desde los primeros botes hasta la invención de la rueda transcurrieron sesenta siglos, y entre la aparición de la escritura y la invención de la imprenta, cuarenta y cinco. Por fortuna, con este invento las cosas comenzaron a ‘acelerarse’ y entre el primer carro con motor de gasolina (1885) y el primer avión que levantó vuelo (1903) transcurrieron apenas dieciocho años.

Cien años después, la tecnología se… desbocó. Hasta no hace mucho, las ahora frecuentes y sorprendentes noticias al respecto hubieran parecido inconcebibles. Veamos algunos ejemplos recientes. Japón, bien lo sabemos, es un país con fábricas altamente robotizadas, pero ¿los hoteles? Pues allí ya existen varios en los cuales desde los recepcionistas, pasando por los maleteros y los controladores de temperatura e iluminación, hasta los peces que nadan en los estanques ornamentales son robots… Aún hoy, esto suena a ciencia ficción.

Sigamos en el Oriente. En Shanghái, cada cafetería de Ratio, competencia de Juan Valdés y Starbucks, funciona con solo uno o dos empleados. Los clientes ordenan el producto, describen sus preferencias y pagan su cuenta desde su teléfono móvil; unos robots preparan las órdenes y las pasan a sus colegas humanos para entrega al cliente. Millares de empleos desaparecerán.

Vayamos ahora a Carrygtwohill (Irlanda). Allí existe una fábrica que funciona con impresión 3D, un proceso que produce objetos físicos a partir de sofisticados modelos digitales tridimensionales. ¿Qué hacen allí? Centenas de millares de implantes ortopédicos por año: articulaciones de cadera, articulaciones de rodillas, huesos del hombro… Nuestro próximo ‘repuesto óseo’ bien podría ser fabricado en Irlanda.

¿Qué hay en común en los tres ejemplos anteriores? Desarrollos asombrosos que demandan cerebros calificados en tecnología de información, en una punta, y eliminación de mano de obra, donde se ubican los sistemas o productos, en la otra. La creación y el manejo de tecnología avanzada es territorio para talentos especiales en los países desarrollados; la instalación de los productos al usuario final es tarea poco exigente, ejecutable por especialistas entrenados.

El ritmo de los nuevos desarrollos en los países líderes es descomunal, comparado con la lentitud en los sitios que apenas están gateando en innovación. Por esta razón, las diferencias entre regiones avanzadas, con alto nivel de empleo, y las regiones retrasadas, con desempleo elevado, podrían alcanzar niveles más desoladores que los actuales.

Recientemente, este columnista se refirió a la denominada teoría de ‘causación acumulativa’ que el doctor Gunnar Myrdal propuso en 1944. Esta tesis sugirió, hace tres cuartos de siglo, que las diferencias entre los países ricos y los países pobres, en vez de converger con el desarrollo hacia un sano equilibrio, serían siempre crecientes.

Si el doctor Myrdal (1898-1987) pudiera actualizar ahora su teoría, quizás no hablaría de ricos y pobres, sino de países informáticos y países ‘des-informatizados’. Es en el territorio de la tecnología de información en el cual la diferencia entre países avanzados y países en vías de desarrollo aumentará dramáticamente… Aquellos serán aún más ricos y estos seguirán pobres. Esta nota toca por encima una realidad supercompleja para la cual las soluciones no son obvias.

“La distancia entre los dos es cada día más grande” es la línea inicial en una de las muchas célebres canciones de José Alfredo Jiménez, un desconocido para quienes nacieron después de los años setenta. Con esta frase, por supuesto, el gran cantante y compositor mexicano no se refería a polarizaciones de la economía mundial sino a romances frustrados que, como temas musicales, tanto gustaron a sus muchísimos seguidores.

No obstante, como licencia ‘rebuscada’ de este columnista, para bromear ante la seriedad del tema y para respaldar la tesis del doctor Myrdal, el primer verso de la canción citada aplica como anillo al dedo a las abismales y crecientes distancias entre las naciones ‘informatizadas’ y las semianalfabetas en el tema.

GUSTAVO ESTRADA
Autor de ‘Armonía interior: El camino de la atención total’
En Twitter: @gustrada1

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