Filosofía budista y poesía castellana

Filosofía budista y poesía castellana

Jorge Manrique compuso una elegía que menciona las tres características de la naturaleza humana. 

27 de octubre 2018 , 11:41 p.m.

Las mudanzas siempre me ponen pensativo y pronto tendré una mayor. Por la engorrosa necesidad de revisar y empacar chécheres que no hemos mirado en años, terminamos divagando sobre deseos remotos que ya olvidamos: “¿Por qué compraría yo esto? ¿O sería que me lo regalaron?” Las aversiones medio-olvidadas también conducen a divagaciones: ‘¡Siquiera voy a botar esto que tanto me estorbaba!’ ‘Ese fulano me cae antipático; no recuerdo qué me hizo pero, por fortuna, jamás volveré a verlo’.

En los deseos desordenados y en las aversiones se encuentran las raíces del sufrimiento, el equivalente budista de la ansiedad y el estrés modernos. La propensión –la predisposición– al sufrimiento, dice el Buda, es la primera de tres características firmes y perdurables que son intrínsecas a la naturaleza humana. La transitoriedad, la segunda característica, establece que la vida humana es temporal y efímera. La impersonalidad, la tercera, especifica la inexistencia de entidades inmateriales asociadas o paralelas a los seres vivos, en general, y a los seres humanos, en particular.

Sin noción alguna de que, dos milenios antes de su tiempo, hubiera vivido alguien conocido como el Buda, el poeta castellano Jorge Manrique compuso una bella elegía conocida como las ‘Coplas a la muerte de su padre’, escrita cuando su progenitor falleció en 1476. El célebre poema es una de las obras cumbres de la literatura española y, por curiosa coincidencia, menciona hermosa y desprevenidamente las tres características de la naturaleza humana.

De la primera, la predisposición al sufrimiento, dice el poeta: “Cuán presto se va el placer, cómo, después de acordado, da dolor; cómo a nuestro parecer cualquiera tiempo pasado fue mejor.” De la transitoriedad expresa: “No se engañe nadie, no, pensando que ha de durar lo que espera, más que duró lo que vio porque todo ha de pasar de igual manera”. Y a la impersonalidad se refiere así: “Nuestras vidas son los ríos que van a dar en la mar, que es el morir; allí van todos los señoríos a acabarse y consumirse”.

Jorge Manrique fue un devoto cristiano. En sus versos aparecen numerosas referencias tanto a Dios como a Jesucristo; su fe, sin lugar a dudas, era sincera y comprometida. Dejando de lado la profunda religiosidad declarada en las coplas, el Buda, quien con frecuencia utilizaba parábolas, hubiera expresado, pensaría yo, su total acuerdo con los párrafos citados.

Por razones diferentes, los discursos del Sabio de la India también contienen numerosas referencias a dioses del hinduismo, y a eventos milagrosos que bien pueden interpretarse como alegóricos o como influencias inevitables de la cultura mitológica de la antigüedad. El Buda, en sus disertaciones más importantes, no hablaba de dogmas religiosos sino de verdades tangibles como las tres características. Las enseñanzas fueron oralmente transmitidas, a lo largo de cuatro siglos, por monjes provenientes del hinduismo, hasta cuando fueron consignadas por escrito en Sri Lanka en el siglo I a. C. Durante ese largo recorrido verbal, los dioses, los milagros y la noción de renacimiento pudieron haberse filtrado en el budismo.

¿Por qué ‘mezclamos’ aquí filosofía oriental con literatura occidental? Mi afición a la poesía antecedió por décadas mi interés por el pensamiento oriental. En ambas fuentes he encontrado inmenso deleite intelectual. Las Coplas de Jorge Manrique, que releo con frecuencia, las conocí en el bachillerato y desde entonces aparecen en mi lista literaria de favoritos. Las enseñanzas del Buda constituyen mi ‘gran’ aprendizaje del siglo XXI.

Por influencia de la lógica pragmática de las enseñanzas y de la belleza poética de las coplas, mis apegos insensatos y mis rechazos incongruentes han disminuido con el tiempo, aunque no se han extinguido. En mi próximo trasteo terrenal me desprenderé fácilmente de tanto chéchere que, de todas formas, tendré que abandonar, ojalá no sea pronto, en mi mudanza final. En esta última nada me llevaré, desaparecerán mis remanentes de sufrimiento, será clara para los demás mi transitoriedad, y no me sobrevivirá ninguna entidad etérea o metafísica.

GUSTAVO ESTRADA
Autor de ‘Hacia el Buda desde Occidente’
En Twitter: @gustrada1

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