Prosocialidad y meditación

Prosocialidad y meditación

El impacto de la meditación en la prosocialidad, como cualidad individual, es medible.

19 de octubre 2020 , 09:25 p. m.

'Prosocialidad’, una palabra corriente en los medios científicos que aún no figura en diccionarios, es la combinación de intención y acción para ayudar a los demás. ‘Comportamiento prosocial’, una expresión equivalente, es menos solemne y más clara. Si ‘googleamos’ ‘prosocialidad’ con ‘meditación’, surgen docenas de enlaces a investigaciones y artículos científicos sobre el tema, la mayoría de los tres últimos años.

Los beneficios individuales de la meditación han sido confirmados por los medios académicos, y su práctica generalizada parece favorecer, de forma sensible, la prosocialidad. El impacto de la meditación en la prosocialidad, como cualidad individual, es medible; el efecto en un grupo social es, por supuesto, mucho más impreciso.

Los estudios independientes y los artículos sobre el tema, casi todos posteriores al 2017, sugieren que la influencia de la meditación en la prosocialidad es real, aunque inferior a la esperada por los investigadores.

La sola lista de las variables que afectan la prosocialidad, favoreciéndola (compasión, amabilidad, generosidad...) o disminuyéndola (agresividad, prejuicios, timidez...) ofrece una idea de la complejidad de los estudios requeridos.

Los comportamientos prosociales son adquiridos o genéticos. Lo primero, porque es obvio que pueden ser enseñados o estimulados en la educación. Lo segundo, porque todos conocemos personas a quienes su afán de ayudar les brota de forma natural... “Nacieron así”, se oye decir de ellas con frecuencia.

¿Cuáles son las actividades prosociales? La lista es larga. Los lectores más veteranos quizás se acuerden del catecismo del padre Astete, un jesuita del siglo XVI, que definía catorce obras de misericordia (enseñar al que no sabe, dar consejo al que lo necesita, dar de comer al hambriento, vestir al desnudo...); cada una de ellas es un excelente ejemplo de prosocialidad.

La meditación de atención total es una experiencia personal, y sus efectos no deben perseguirse sino, por el contrario, han de ocurrir de manera espontánea. Los grupos de meditadores en los estudios efectuados han sido pequeños y el número de meditadores en el planeta es todavía bajo, 5 por ciento de la población mundial, para llegar a conclusiones definitivas. La ‘penetración’ de la práctica como hábito social, aun incluyendo todas sus modalidades, es todavía baja.

No obstante, este columnista ‘cree’ que la práctica de la meditación silenciosa ‘independiente’, no alineada a ningún credo, sí contribuye ‒sí impacta‒ el comportamiento prosocial de sus practicantes.

Ninguno de mis allegados, que saben que medito desde hace varios años y me conocen de tiempo atrás, me ha comentado si ahora, más que antes, soy más compasivo, más amable, más generoso... Así yo piense que he tenido ‘ajustes positivos’. Por milésima vez: debemos meditar sin esperar recompensa alguna.

Los artículos consultados para esta nota señalan que el impacto positivo de la meditación en la prosocialidad de los participantes osciló entre menores y medianos,
sugiriendo que el ‘terreno’ es promisorio pero que hay necesidad de estudios adicionales, con resultados más firmes, para llegar a conclusiones definitivas.

Los comportamientos prosociales positivos, con meditación o sin ella, por supuesto que deben ser estimulados ‒familia, educación, organizaciones sociales, entidades gubernamentales, sociedad como un todo‒ y desde la temprana infancia. De la misma forma, las conductas ‘antisociales’ ‒insensibilidad, antipatía, tacañería, parcialidad...‒ han de ser disuadidas.

A diferencia de los cultos religiosos cuyos rituales son comúnmente grupales, la meditación es ‒debe ser‒ un hábito personal que, por supuesto, también puede practicarse en grupo: El silencio físico favorece al grupo; el silencio mental beneficia al individuo.

La proporción de meditadores, a nivel mundial, incluyendo todas las aproximaciones a la práctica, es todavía baja (una de cada veinte personas), comparada con la participación religiosa, y con dedicaciones apenas semanales, en vez de diarias, como se recomienda.

Independientemente de si el efecto de su práctica en la prosocialidad es real y positivo, la meditación debe promoverse familiar, educacional y socialmente, sin afiliación a causa alguna. Su impacto individual es conocido. Si, además, los beneficios prosociales son reconfirmados en estudios adicionales... Pues su enseñanza en todas las escuelas, sin afiliarla a ninguna causa sectaria, debe convertirse en propósito universal, de altísima prioridad para la raza humana.

Gustavo Estrada
gustrada@yahoo.com
Autor de ‘Hacia el Buda desde Occidente’

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