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Agujeros negros

Agujeros negros

¿Son estas bestias cósmicas un peligro –una preocupación real– para la Tierra y sus habitantes?

04 de mayo 2021 , 09:25 p. m.

Hace poco a este columnista le atrajo en alguna librería una revista científica cuyo titular de portada era Agujeros negros, un tema de moda entre los cosmólogos –los astrónomos que estudian el origen y la evolución del universo– y los astrofísicos –los físicos que investigan las propiedades de los cuerpos celestes–. La revista completa ¡grata sorpresa! estaba dedicada en su totalidad al tema de esta nota.

Un agujero negro es una región del espacio cósmico donde la fuerza de la gravedad es tan formidable que absorbe –se traga es una expresión menos científica pero más precisa- todo lo que encuentre a su alrededor, sea materia, luz o radiaciones. Cuanto más grande sea un agujero negro, más amenazador será para sus vecinos. ¿Son estas bestias cósmicas un peligro –una preocupación real– para la Tierra y sus habitantes? No, dentro de lo que podríamos llamar, corto plazo sideral.

Comencemos con algunas definiciones de la física moderna, quizás repetitivas para los entusiastas de esta ciencia. Espacio-tiempo es el modelo matemático tridimensional –longitud, altura, profundidad– de lo que está por fuera, más la variable ‘tiempo’, que creada por nuestro cerebro. Los agujeros negros, que están bien remotos y superlejos, bien afuera, son regiones del espacio-tiempo en las cuales la atracción de la fuerza de gravedad es tan alta que ninguna partícula física ni ninguna radiación electromagnética pueden escapar de ellas.

En 1916, en su Teoría general de la relatividad y mucho antes de que los bautizaran, el gran Einstein predijo la existencia de los agujeros negros en aquellas regiones donde la fuerza de la gravedad fuera tan alta que nada –ni la luz ni ninguna partícula– podrían escaparse de su influencia. No obstante, dada la imposibilidad de comprender su naturaleza, el Sabio fue siempre escéptico en su apreciación del extraño fenómeno.

La expresión ‘agujero negro’, cuando su existencia todavía permanecía a nivel teoría, fue acuñada en 1967 por el astrónomo norteamericano John Wheeler. Aunque había signos claros del entonces hipotético fenómeno desde 1964, la primera observación telescópica de un agujero negro fue solo medio siglo después, en el tercer milenio.

Hay unas cuantas verdades elementales, de aceptación general. Aunque su número, se estima, es muy elevado, hoy sabemos que los centros de las galaxias son sitios astronómicos donde pululan como silvestres los agujeros.

Abundan también hipótesis de eventos asociados. Una de las teorías alrededor del big bang sugiere que el sitio donde ocurrió la primera gran explosión, la que dio comienzo al universo actual, podría haber sido un agujero negro de un universo anterior que se encogió hasta colapsar, o una combinación de materia-energía de un universo paralelo, que por ese huequito se coló en nuestras tres dimensiones espaciales y nuestro tiempo.

Las extrañas características de los agujeros negros no solo encontraron dudas y escepticismo en Einstein. Solo a finales de la década de los sesenta hubo mejor comprensión del fenómeno, cuando los británicos Roger Penrose y Stephen Hawking utilizaron técnicas globales que confirmaron la realidad de los agujeros negros, como fenómenos físicos, así su comprensión fuera todavía insuficiente. Por este trabajo, Roger Penrose recibió medio Premio Nobel de física en el 2020; para la fecha del tardío reconocimiento, su colega, el brillante Hawking, ya había fallecido.

Los agujeros negros son regiones de la inmensidad del universo donde la fuerza de la gravedad es tan descomunal que ninguna partícula, ninguna radiación… ni siquiera la luz, puede escaparse. No obstante este aterrorizante entendimiento, ¿podría un agujero negro tragarnos… y devorarse nuestro sistema solar y, por supuesto, la Tierra?

Teóricamente sí, pero… no sucederá a corto plazo. Para tranquilidad de los terrícolas temerosos y de los pesimistas empecinados, el agujero negro más cercano –el que sería nuestro más probable devorador– se encuentra a mil años luz de nuestro planeta, esto es, a 9.500 billones de kilómetros –9,5 seguido de quince ceros–. Entre ahora (suponiendo que hoy se decidiera a acabarnos) y la fecha de llegada para engullirnos… nosotros, a punta de conflictos entre naciones, religiones e ideologías, así como de nuestras descontroladas destrucciones ecológicas, ya nos habremos autoeliminado, si no totalmente, sí, al menos, en múltiples regiones.

Gustavo Estrada
Autor de ‘Armonía interior’ y ‘Hacia el Buda desde occidente’ @gustrada1

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