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La generación perdida

La generación perdida

Desaparecidos de esa generación hubieran sido mejores líderes que algunos de los políticos elegidos.

Durante alguna celebración con mis colegas de la Universidad Nacional, el orador de turno se refirió al grupo –y recibió nutridos aplausos– como una ‘notable promoción de triunfadores’. Dos horas más tarde, otro compañero, con más tristeza en el corazón que tragos en la cabeza, expresó algo que desentonaba con la alegría de la fiesta: “Nuestra generación fracasó porque dejamos a nuestros hijos un país menos bueno que el que heredamos de nuestros padres”.

Según los sociólogos William Strauss y Neil Howe, ‘generación’ es el colectivo de personas nacidas en un período de unos veintidós años, que comparten características de personalidad delimitadas por localización, creencias, comportamientos y una afiliación percibida a su rango de edad y que, de alguna manera, dejan huella.

Mi generación, la de esta nota, va de 1924 a 1946. Un número sustancial de mis contemporáneos, que podrían haberle sido útiles a Colombia, se unieron en los 60 y los 70 a grupos insurrectos para, más pronto que tarde, morir en combates con el Ejército o ser ejecutados por los mismos guerrilleros, que no admitían inteligencias por encima de la fuerza. Otros muchos cayeron asesinados por las bandas del tráfico de drogas. Los ‘inconformes’ que no se fueron para el ‘monte’ abandonaron pronto su idealismo original para convertirse en ciudadanos corrientes.

La mayoría de los revolucionarios sacrificados jamás había disparado un fusil y, antes de sucumbir, resistían por escasos meses las crueldades de la guerra. El caso más doloroso fue el del padre Camilo Torres, destacado sociólogo, que murió en su primer encuentro con el Ejército en 1966. Aún recuerdo frases de sus arengas en la Nacional: “El amor al pueblo lo aprendí en el Evangelio”, le escuché en una ocasión; “no perdamos en escaramuzas lo que podemos ganar en batallas”, en otra.

Los que sobrevivieron algún tiempo en el ‘monte’ pronto entraban en conflicto con los comandantes guerrilleros, que solo entendían la razón de las armas. Aldemar Londoño, brillante médico de la Universidad de Antioquia, fue ejecutado por otro grupo rebelde. Y Jaime Arenas Reyes, un inteligente líder universitario bumangués, fue asesinado en los tempranos setenta, algún tiempo después de desertar del Eln, cuando se dio cuenta de que ellos carecían de ideales políticos.

El drama era interminable. Los dirigentes citadinos de izquierda toleraron e instigaron tan absurdo llamado a las armas, con la venia de La Habana, Pekín y Moscú. Este irracional proceso, que duró unos quince años, es una de las grandes estupideces sociopolíticas de la historia colombiana. Centenares de universitarios tomaron el funesto camino para luego morir o desaparecer.

Estos idealistas, que pusieron su vida por delante de lo que consideraron justo, fueron representantes selectos de mi ‘generación perdida’. Pero como desaparecieron temprana, insensata e inútilmente, su impacto político en el país fue nulo. Entre tantos sacrificados figuraron muchísimos potenciales gobernantes desinteresados que, en verdad, amaban su patria.

Ninguno de los presidentes colombianos del último medio siglo nació entre 1924 y 1946. Solo los sacrificios mencionados explican esta ausencia histórica anormal, estadísticamente imposible. Los desaparecidos de la generación perdida ciertamente hubieran sido mejores líderes que algunos de los políticos elegidos.

Los estadistas que hacen historia son siempre una selecta minoría; los sobresalientes de nuestra generación murieron tempranamente. Camilo Torres (1929-1966), Aldemar Londoño (1938-1966), Jaime Arenas (1940-1971) y Luis Carlos Galán (1943-1988), entre muchos otros, tempranamente fueron asesinados, murieron en combates o fueron fusilados por sus compañeros de rebeldía.

Como los pocos –los nombrados son solo ejemplos notables– que podrían habernos definido como generación histórica desaparecieron tempranamente, mis contemporáneos no calificamos –no trazamos pautas suficientes– para caber dentro de la definición de Strauss y Howe.

Los no activistas que sobrevivimos hicimos lo mejor que pudimos como ciudadanos corrientes y quizás fuimos triunfadores en el sentido ‘burgués’ de la palabra. Pero, por fenómenos más allá de nuestro control –la estupidez disfrazada de izquierdismo y la voracidad del crimen organizado–, terminamos siendo parte de una generación perdida o, con menos pesimismo, en una generación que política y socialmente no alcanzó a hacer historia.

Gustavo Estrada
Autor de Hacia el Buda desde Occidente @gustrada1

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