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¿Somos los únicos seres conscientes?

¿Somos los únicos seres conscientes?

No podemos considerarnos como los únicos que miramos hacia afuera y hacia nuestro mundo interior.

05 de abril 2021 , 11:26 a. m.

La consciencia, el estado de atención y alerta a lo que está sucediendo, sea dentro de nosotros o en el entorno, es el fenómeno más misterioso e inexplicable de la biología… y quizás el más extraordinario entre todo lo conocido del universo. Cuando miramos hacia nuestros alrededores, nos percatamos de la existencia de una mente —la nuestra— y un cuerpo —el nuestro— y nos damos cuenta de que somos entidades que distinguimos con claridad lo que está allá afuera y lo que está acá adentro. Esta comprensión —este entendimiento— es posible porque tenemos consciencia.

¿Somos los humanos los únicos seres sobre la Tierra que tenemos tal capacidad? Negativo. Pero sí somos, en cambio, los seres más conscientes del planeta, los que más observamos, los que más aprendemos y los que poseemos un nivel de consciencia en el más alto y sofisticado grado.

Para el mundo científico, los mamíferos, las aves y otras cuantas especies invertebradas, como los pulpos y los calamares, poseen infraestructuras neurológicas suficientemente complejas y asimilables a consciencias elementales que apoyan sus experiencias de vida.

La consciencia no tiene métrica; la inteligencia, en cambio, es cuantificable con valores coherentes; su medición más común es el denominado coeficiente de inteligencia (IQ, por su sigla en inglés). Los exámenes estándar miden el IQ de una manera útil para clasificaciones y estudios comparativos, pero no son, por supuesto, incuestionables o absolutos. El IQ del 96 por ciento de los adolescentes y los adultos corrientes oscila entre 70 y 130 puntos; en el restante cuatro por ciento se encuentran las personas con problemas de aprendizaje (IQ por debajo de 70) y las que tienen inteligencia superior (IQ por encima de 130).

El fenómeno de la consciencia es muchísimo más complejo que el de la inteligencia (los computadores tienen esta pero no aquella), y no existen aproximaciones para siquiera estar cerca de una propuesta cuantitativa razonable que permitiera calcular el coeficiente de consciencia de una persona o, menos aún, de un animal.

La denominada prueba del espejo es el método más utilizado para determinar si alguien, sea un animal o u ser humano que no puede conversar, posee algún nivel de consciencia. La persona o el animal por evaluar, después de habérsele pintado una mancha visible en su cara (o cuerpo), pasa el examen si se reconoce en un espejo (por ejemplo, tocándose la mancha en su propio rostro) o lo reprueban si ignoran la imagen reflejada que está frente a sus ojos.

La lista de las especies más conscientes proviene tanto de la prueba referida (cuando es posible aplicarla) como de la observación de sus comportamientos; el examen ha sido aprobado con honores por los bonobos, los delfines de nariz de botella, los elefantes asiáticos y las urracas (especies de cuervos).

No hay pues mediciones cuantificables de la consciencia. Su nivel, que no es matemático ni constante, se estima mediante entrevistas directas de especialistas. Para las personas, las pruebas son interacciones verbales; para los animales, además de la prueba del espejo cuando es posible efectuarlo, se acude a las observaciones mencionadas y, en la medida posible, a algunas interacciones físicas. En todos los casos siempre permanecen interrogantes sobre su precisión.

Los computadores más sofisticados logran simular ‘inteligencia propia’, pero, con certeza, se encuentran todavía lejísimos de considerarse conscientes, si es que allá llegan algún día.

La consciencia humana es, sin duda alguna, la cumbre de la evolución de las especies, y el reconocimiento de grados de consciencia en otras especies, así no puedan medirse con precisión, reafirma que la noción de consciencia no es privilegio exclusivo de la raza humana.

Somos, y por mucho, los seres más conscientes del planeta, pero ¡no!, de ninguna forma, podemos considerarnos como los únicos que miramos, con atención y juicio, hacia afuera y hacia nuestro mundo interior. La consciencia es, en conclusión, aceptada y reconocida en otras especies. Pero si no hubiéramos evolucionado en la dirección que la selección natural y el azar nos regalaron, pues los humanos seríamos apenas otra variedad adicional del orden de los primates, incapaces de definir la palabra consciencia.

Gustavo Estrada
Autor de ‘Armonía interior’ y ‘Hacia el Buda desde Occidente’ @gustrada1

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