Verde esperanza

Verde esperanza

Nada de lo que sucede en la guerra entre esmeralderos ha sido de debate público.

06 de septiembre 2018 , 12:00 a.m.

El libro 'La nueva guerra verde' (2017), de Petrit Baquero, es un apasionante relato de los últimos enfrentamientos de los esmeralderos. Es una guerra que ya lleva tiempo, alrededor de una década, y poco se ha sentido en los medios de comunicación y los datos de homicidios.

Salvo algunos hechos espectaculares, como los atentados a Víctor Carranza y la extradición de Pedro Rincón, nada de lo que sucede ha sido de debate público. Sin embargo, las corrientes que van por debajo de la superficie se mueven intensamente y suponen transformaciones significativas que tienen mucho que decir en el posconflicto.

Un solo hecho, que prácticamente la guerra haya transcurrido sin procesos sistemáticos de violencia contra civiles (o al menos nada comparables con situaciones anteriores), es un síntoma que finalmente el Estado ha logrado llegar a territorios donde su presencia era mínima. La nueva guerra es ante todo una vendetta entre los patrones y sus sicarios en que el control sobre los civiles se ha visto reducido. Ahora no es necesario que un ejército privado gobierne las comunidades para controlar las minas.

Víctor Carranza comprendió que la paz y las alianzas con sectores del establecimiento marcaban la diferencia. La historia le dio la razón: murió de viejo y en libertad.

El libro de Baquero ofrece una descripción muy interesante del proceso de guerras totales a vendettas particulares. Lo que cambió todo fue una estrategia deliberada de una de las facciones en disputa. Víctor Carranza comprendió que la paz y las alianzas con sectores del establecimiento a fin de cuentas marcaban la diferencia. Iban a traer mayor prosperidad y reducir los riesgos de acabar en una prisión. La historia le dio la razón: murió de viejo y en libertad.

La alianza con el establecimiento no fue solo cuestión de sobornar políticos y funcionarios públicos. Fue también producto de moderar comportamientos, de imponer límites en el uso de la violencia y en las pretensiones de control social. En otras palabras, de convertirse un socio cómodo. Por eso se aliaron con multinacionales, que son empresas que facilitan la regulación estatal del sector, además de ser más eficientes en sus técnicas de explotación.

El libro muestra que hay una esperanza para que, desde las propias regiones, con la propia gente que ha vivido y practicado la violencia, se generen procesos de cambio que conduzcan a la imposición de las instituciones del Estado.

Cuando se está muy adentro en un laberinto, toca seguir hasta encontrar la salida. Devolverse puede ser más complejo.


GUSTAVO DUNCAN

Columnistas

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