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Redistribución de a peso

Redistribución de a peso

Después de impuestos y transferencia, la desigualdad apenas cambia.

17 de agosto 2021 , 08:30 p. m.

El crecimiento de la economía durante el 2000 transformó las expectativas de la sociedad sobre sus ingresos y condiciones de vida. Muchos colombianos salieron de la pobreza, una gran proporción de ellos se convirtieron en clase media, las tasas de cobertura de educación superior se doblaron y, en general, la situación social mejoró.

No obstante, las expectativas económicas de la población no se relajaron. Es normal. A medida que las condiciones de vida mejoran en una sociedad, la gente aspira a tener los mismos ingresos y consumos de los que tienen más, al tiempo que sienten un gran temor a volver a la situación anterior. No es casual que el debate y los discursos políticos toquen siempre dos grandes temas: cómo reducir la pobreza, o cómo evitar que las condiciones de vida de las personas se deterioren, y cómo resolver el sentido de injusticia moral que causa el hecho de que la economía, aun cuando incrementa el bienestar general, favorece más a unas minorías que al grueso de la población.

La gran tecnocracia nacional, la mayoría de ellos economistas que han dirigido el Ministerio de Hacienda y el Banco de la República, ha adoptado un discurso en que efectivamente señalan que el manejo de la economía ha sido prudente en las últimas décadas y, como consecuencia, se ha tenido un crecimiento sostenido pero prudente. Este crecimiento ha aliviado la pobreza, pero ha hecho muy poco por resolver la desigualdad. Colombia continúa siendo un país profundamente desigual, comparado con el resto del mundo.

Las propuestas contra la desigualdad son temerosas de tocar intereses de sectores económicos muy establecidos.

El establecimiento político que ha gobernado durante las últimas décadas ha acogido el discurso de la tecnocracia. Hay que concederles el sentido de responsabilidad en la adopción de lineamientos ortodoxos que han evitado inflaciones incontrolables, déficits disparados e incrementos abruptos de la pobreza. Sin embargo, el sentido de responsabilidad se queda corto ante el sentimiento de indignación moral por la desigualdad.

Los tecnócratas también hablan de desigualdad. Les preocupa. Hablan mucho de la educación como el gran corrector de las diferencias en ingreso, de las exenciones tributarias a grandes empresas como injustificables, de aquellos rubros del gasto público más regresivos, como el de las pensiones manejadas por el Estado, entre otros factores. Pero la preocupación por la desigualdad de los tecnócratas no se ha traducido en una adopción de compromisos contundentes por la clase política. Las propuestas contra la desigualdad son vacuas, temerosas de tocar intereses de sectores económicos muy establecidos o de encender debates sensibles como el hecho de que la clase alta se siente clase media y, por consiguiente, debería tributar más. Con mantener el gasto social e incrementarlo progresivamente lanzan un mensaje de que la desigualdad se resolverá en el largo plazo por la ampliación de oportunidades de educación y servicios públicos a los más pobres. Una redistribución de a peso.

No reparan en que para el debate político, estas propuestas se tornan obsoletas. La gente quiere más de sus líderes. Que se comprometan en serio con políticas redistributivas, que aplaquen el sentimiento de injusticia que causa la desigualdad y que acaben con la sensación de que al final la clase política se queda con los impuestos. No es un problema de percepción. Es real. Los datos demuestran que después de impuestos y transferencia, la desigualdad apenas cambia. Una gran deuda de la dirigencia del país es comprometerse en su discurso con políticas efectivas de redistribución sin afectar el crecimiento económico, de modo que la pobreza no se incremente.

Mientras tanto, los radicales han entendido a la perfección el sentimiento de indignación por la desigualdad. Han sabido encauzarlo para las próximas elecciones, así se trate de propuestas inviables.

GUSTAVO DUNCAN

(Lea todas las columnas de Gustavo Duncan en EL TIEMPO, aquí)

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