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Los votos del odio

Los votos del odio

La democracia deja de ser democracia si a un adversario no se le reconoce el derecho de ser elegido.

09 de noviembre 2021 , 08:00 p. m.

A dos meses para que la campaña presidencial comience a fondo, el país está muy lejos de entrar en modo reconciliación. Las dos grandes desmovilizaciones de este siglo, la de las Auc y la de las Farc, no han producido los consensos necesarios para que la sociedad acepte la legitimidad de ambos procesos y avance la consolidación de una paz política.

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Pero eso ni siquiera es lo más grave. Como se ha señalado reiterativamente en esta columna, la mayor mezquindad con los procesos de paz está en el uso de todos los excesos e injusticias cometidos en la guerra para ilegitimar a los contendientes políticos. Se extiende lo cometido por los actores armados a los liderazgos políticos del país, a la vez que se desconocen los avanzados procesos de asimilación en la vida política de nuevos líderes que en el pasado hicieron parte de los ejércitos que enfrentaron al Estado.

Es un vicio tanto de la izquierda como de la derecha. Ambos extremos del espectro político ponen su interés por acceder y concentrar el poder por encima de la necesidad del país de pasar la página de la guerra. El costo de hacer política basada en la ilegitimidad del adversario es que las reglas básicas de la democracia siempre se encuentran al borde de estallar. La democracia deja de ser democracia si a un adversario no se le reconoce el derecho de ser elegido y de que sus derechos políticos esenciales sean respetados si es derrotado en una elección.

El uribismo considera el acuerdo de La Habana como una gran conspiración para llevar al poder al socialismo del siglo XXI, lo que incluye la persecución judicial de sus miembros, mientras que ofrece un manto de impunidad a las Farc y a la izquierda que colaboró o participó directamente en las confrontaciones. Por consiguiente, las decisiones y las instituciones que se desprenden del proceso son ilegítimas.
A propósito: ¿qué argumento tendrán para mantener ese discurso ahora que la JEP acaba de imputar a las Farc del delito de esclavitud?

Ambos extremos utilizan a su conveniencia las limitaciones en los procesos de las Auc y las Farc como motivo de disputa y de cuestionamiento a su contendiente político.

Petro y sus seguidores, por su parte, no bajan a la derecha colombiana de narcotraficantes, paramilitares, terratenientes y mafiosos. Llevar a un tribunal a Uribe y enviarlo a prisión se ha convertido en una obsesión, sin reparar en las consecuencias políticas a las que puede llevar una decisión así. Sobre todo cuando pasan por alto que muchos de los miembros de los partidos de izquierda fueron reinsertados de las guerrillas que poco o nada contribuyeron a la verdad y a la reparación, dada la naturaleza de los procesos de paz de entonces.

Ambos extremos utilizan a su conveniencia las limitaciones en los procesos de las Auc y las Farc como motivo de disputa y de cuestionamiento a su contendiente político. Al hacerlo desprecian numerosos procesos de perdón, reparación y reconciliación que se vienen haciendo silenciosamente en territorios que fueron muy afectados por la guerra.

El abrazo de los excomandantes de la Farc y de las Auc ocupó titulares cuando fue la ceremonia de perdón por la bomba del club El Nogal. Sin embargo, este mismo abrazo ha ocurrido en zonas del Magdalena Medio donde Pastor Alape y Rodrigo Pérez, ex-Farc y ex-Auc, llevaron a cabo una guerra brutal. En Yondó, por ejemplo, pidieron perdón a las víctimas y se comprometieron con la verdad. En Barrancabermeja hubo un acto de perdón a la USO, el sindicato de Ecopetrol, en un evento organizado por Aulas de Paz, una fundación de desmovilizados del bloque Central Bolívar que bastantes prejuicios ha tenido que sortear por ser una organización de la sociedad civil formada por exparamilitares.

Muy poco de lo anterior ha sido registrado por la prensa nacional. Mucho menos ha sido parte del discurso de una clase política que rara vez mira hacia abajo, empecinada en explotar los votos del odio sin medir sus consecuencias para la paz.

GUSTAVO DUNCAN

(Lea todas las columnas de Gustavo Duncan en EL TIEMPO, aquí)

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