La mayor culpa

La mayor culpa

Su mayor culpa no es el secuestro. Fue el uso indiscriminado de menores de edad para hacer la guerra

15 de mayo 2019 , 07:00 p.m.

Durante el conflicto se cometieron numerosas atrocidades. Algunas de ellas marcarán el lugar en la historia de cada uno de los actores. A los paramilitares, por ejemplo, la historia les cobrará las masacres, donde cayeron cualquier cantidad de víctimas inocentes, al cartel de Medellín el terrorismo, al Estado su indolencia frente al asesinato de líderes políticos de izquierda.

A las Farc en particular, pese a que también cometieron masacres, pusieron bombas contra civiles y asesinaron a líderes políticos de todo tipo, incluyendo de izquierda, se le atribuye como su gran deuda histórica la práctica indiscriminada del secuestro. La cantidad de víctimas que dejaron, tanto de sobrevivientes como de familiares que nunca supieron que pasó con sus seres queridos, hacen que sea imposible que las Farc encuentren algún tipo de justificación moral para lo que cometieron.

Fueron los hijos de campesinos, quienes, a través de la manipulación y el reclutamiento forzado, se encontraron arrojados a una guerra que estaban lejos de comprender

Sin embargo, su mayor culpa no es el secuestro. Hay otra práctica aún más difícil de perdonar en los tribunales de la historia. Fue el uso indiscriminado de menores de edad para hacer la guerra. Desde el punto de vista de la dirigencia de las Farc se justificaba moralmente que los niños, muchos de ellos ni siquiera adolescentes, sacrificaran su niñez y su adolescencia por una revolución que en ningún momento tuvo una oportunidad real de triunfar.

Fueron los hijos de campesinos, quienes, a través de la manipulación y el reclutamiento forzado, se encontraron arrojados a una guerra que estaban lejos de comprender y que no representaba las verdaderos aspiraciones del campesinado. Los campesinos querían tierras, soluciones a sus problemas básicos de subsistencia, vivienda y servicios públicos y, sobre todo, ingresos para acceder al gran mercado nacional y global. Todas estas aspiraciones fueron postergadas para cuando, luego del sacrificio de sus hijos, la revolución triunfara.

Es cierto que la situación de la niñez en esos hogares en muchos casos era traumática, llena de falencias. Había en muchos casos maltrato y abusos. Pero el hecho de necesitar una toalla higiénica, como sostiene Petro, no puede ser una justificación para convertirlos en material de guerra y abuso de superiores. De hacerlo, estaríamos aceptando que es moralmente aceptable sacrificar niños que tienen falencias en sus hogares para una causa política.

Si querían redimirlos, arrojarlos a una violencia salvaje no era la solución.

Sal de la rutina

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