Jugadita

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Cuando hay jugaditas pero no un propósito político claro, el papel de la clase política se desvanece

24 de julio 2019 , 07:00 p.m.

Macías, el presidente del Senado, no pudo terminar la legislatura sin meter la pata. Pero su “última jugadita” para acallar a la oposición es lo de menos. Jugaditas como estas son frecuentes en las democracias. La película Lincoln mostró cómo uno de los presidentes más celebrados de EE. UU. también hizo marrullas en el Congreso para abolir la esclavitud cuando la guerra civil llegaba a su fin.

Lo preocupante es que las embarradas de Macías son síntomas de algo más sustantivo, de la incapacidad de la clase política, desde el Congreso, de asumir un proyecto de gobierno en serio, más allá de prebendas, arreglos y tecnicismos legales.
Cuando hay jugaditas pero no un propósito político claro, el papel de la clase política se desvanece.

El asunto, en realidad, rebasa a Macías. El presidente Duque está divorciado con el partido que lo eligió, así aparenten vivir en la misma casa. El uribismo tiene un proyecto de país muy claro. Es un proyecto que va desde posturas ideológicas muy conservadoras, como la prohibición del consumo de drogas, la negativa al matrimonio homosexual, etc., hasta posturas políticas que trastocarían el orden institucional, como el Estado de opinión y la posibilidad de un referendo constitucional.

La jugadita de Duque ha sido utilizar el Congreso al mínimo para evitar en lo posible comprometerse o chocar con el uribismo

Y va quedando claro que Duque no le jala a este proyecto. No es que sea como Santos, que inmediatamente fue elegido, gracias a Uribe, buscó las formas para montar un proyecto aparte y armar una colectividad política que lo apoyara en el Congreso. No hay ruptura como tal porque Duque no ofrece ningún proyecto, salvo administrar bien lo que hay.

Reconoce a Uribe como el líder del partido de gobierno, aunque, paradójicamente, no pone a disposición su gobierno para sacar adelante el proyecto del uribismo. La ‘mermelada’ que concede es mínima. Se las tienen que arreglar solos. De allí que, no obstante tener presidente, son minoría en el Congreso, así sea la minoría más grande.

La jugadita de Duque ha sido utilizar el Congreso al mínimo para evitar en lo posible comprometerse o chocar con el uribismo. Por eso pareciera que es más un administrador de Estado que un jefe de Estado. Esta estrategia le puede salir bien, al final tendríamos un país mejor administrado. Sin embargo, Colombia tiene graves asuntos políticos que resolver –la polarización, el cierre del proceso de paz, la corrupción, etc.–, que exigen un liderazgo político con mayor visión desde la Presidencia.

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