Inglaterra

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¿Por qué a un bandido al que la Policía acaba de dar de baja lo honran como a un héroe?

30 de noviembre 2017 , 12:00 a.m.

Inglaterra. Mediados de los 70. Los jóvenes de la clase obrera están frustrados. La crisis va para largo. No hay empleo, las industrias cierran. El futuro es oscuro, muy distinto a los prósperos años de la posguerra que disfrutaron sus padres.

Ni siquiera la música sirve de alivio. El rock está en manos de bandas sofisticadas como Pink Floyd. Hay que ser un músico muy virtuoso para destacar. Y sí, son bandas que cuestionan la época, pero están hechas para las emociones existenciales de gente educada. No hay lugar para la rabia de la clase obrera.

Entonces nace el punk. Basta saber tres acordes elementales en una guitarra para formar una banda. Una canción, 'Anarchy in the UK', se convierte en el himno. La cantan los Sex Pistols, cuyo único álbum, titulado algo así como ‘Y a mí qué cojones me importa’, es un derroche de ruido y furia con burlas hasta para la reina madre.

En el funeral, muchos habitantes de comunidades marginales celebraban el éxito de uno de los suyos que, contra todos los pronósticos, tuvo fortuna y poder.

La sociedad está escandalizada. No importa. Los jóvenes obreros por fin encontraron una música para expresar su rabia, y ahora es otra moda más. Tanto que, poco tiempo después, nadie se sorprende con sus excentricidades. La sociedad ha sublimado una frustración.

‘Inglaterra’. Finales de 2017. No es un país. Es el alias de un bandido al que la Policía acaba de dar de baja en Colombia. Es su funeral. Miles de personas lo despiden en medio de una sentida celebración. Se emborrachan, cantan. Lo recuerdan como un héroe.

En Bogotá, los medios quedan sin aliento. Les dan la palabra a expertos que culpan a la falta de Estado. Es cierto, el Estado no es que hiciera mucha presencia por donde ‘Inglaterra’ hacía de las suyas, pero no ven lo obvio. En el funeral, muchos habitantes de comunidades marginales celebraban el éxito de uno de los suyos que, contra todos los pronósticos, tuvo fortuna y poder. No solo eso. Se acordó de ellos cuando alcanzó la gloria en forma de bandido. Ayudó a gente que ni conocía. Muchos otros bandidos no son celebrados. Algunos fueron tan crueles que escupen en su tumba.

No es nada nuevo. En los 80, los jóvenes de Medellín utilizaron el crimen para descargar su furia y sus frustraciones. Escobar tuvo un funeral apoteósico. Ahora es el turno de regiones periféricas –Urabá, Catatumbo, el Pacífico–, donde el Estado ha expulsado el narcotráfico.

La diferencia es que aquí las pistolas no son símbolos sexuales. Son de acero genuino, y la muerte no puede naturalizarse como sublimación de la rabia.

GUSTAVO DUNCAN

Columnistas

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