Culiacán II

Culiacán II

López Obrador evitó una carnicería, pero no parece estar haciendo nada para ganar la guerra.

11 de diciembre 2019 , 07:00 p.m.

Una noticia poco comentada en los medios amerita escribir la segunda parte de una columna que prometí hace unos meses a raíz de la reacción de López Obrador ante el desafío del cartel de Sinaloa en Culiacán, luego de la captura del hijo del ‘Chapo’.

Genaro García Luna, el máximo jefe de la policía mexicana durante el gobierno de Calderón (2006-2012), acaba de ser detenido en Dallas por haber recibido sobornos millonarios del cartel. Uno de los testigos es el capo Jesús Zambada, quien dijo que se reunió con él para nombrar una persona de su confianza a cargo de la policía de Culiacán.

García Luna fue el encargado de diseñar y dirigir la estrategia de la guerra contra el narco en México. Los Zetas amenazaban con expandirse por todo México a sangre y fuego, y, mal que bien, las autoridades lograron neutralizarlos. Se había ganado una batalla, pero la guerra continuaba perdiéndose. Otros carteles se apoderaron de las rutas y los centros de producción de drogas del país.

Las soluciones milagrosas, tipo balas de plata, son inexistentes. Lo que exige la guerra contra las drogas en países como México y Colombia es un proceso progresivo, de largo plazo

Lo que era peor: los carteles habían consolidado el control parcial, y a veces total, de la población en muchas regiones. ¡Eran quienes administraban justicia y, paradójicamente, ofrecían seguridad contra los propios delincuentes! La guerra por evitar que la droga se vendiera era lo de menos. La verdadera guerra era por evitar que los narcos gobernaran.

No es una tarea fácil, porque se trata de desmontar prácticas de control social muy arraigadas que ofrecen justicia y seguridad de manera más efectiva que el Estado en comunidades periféricas, así como alivio material y una enorme oportunidad de poder y estatus a los jóvenes. Y, además, hay que hacerlo con políticos y autoridades corrompidas por el narco, como García Luna.

Las soluciones milagrosas, tipo balas de plata, son inexistentes. Lo que exige la guerra contra las drogas en países como México y Colombia es un proceso progresivo, de largo plazo, de construcción de infraestructura estatal y de desarrollo de los mercados en la periferia. También, de depuración de la clase política y las autoridades. Al menos debe evitarse que dentro de los acuerdos de corrupción se incluya la tolerancia al control social por criminales.

López Obrador hizo bien en no aceptar el desafío del cartel en Culiacán. Evitó una carnicería. Pero no parece estar haciendo nada para ganar la guerra. Ni construcción de Estado ni de mercados, ni depuración de su aparato de seguridad.

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