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Lo más seguro es que el régimen no caiga, que la represión se intensifique.

21 de julio 2021 , 01:35 a. m.

En 2014 fui a Cuba. Era parte de la comisión histórica del conflicto y sus víctimas, un primer ejercicio de memoria en el proceso de paz en La Habana. Así que estaba en un ambiente oficial, en un hotel donde la presencia de las autoridades cubanas era permanente, pues tenían que asegurar la protección y la confidencialidad de las negociaciones.

Luego de las reuniones protocolarias del primer día, un colega y yo tomamos un taxi para visitar el malecón y La Habana vieja. Antes, mi colega quiso ir a una famosa tienda de discos a comprar algunos acetatos. Lo sorprendente es que tan pronto nos subimos al taxi, el taxista, sin saber quiénes éramos, se despachó contra el régimen cubano sin ningún tipo de prudencia. Contaba que su peor tragedia era llamarse Fidel, todos los días tenía que acordarse de Fidel Castro. Su repudio no era en sí contra Castro, sino cómo Castro le había dañado su vida personal y familiar en sus aspectos materiales básicos. La ideología le importaba poco.

Cuando llegamos a la tienda de discos, yo me quedé afuera junto a Fidel y otros taxistas. Me di cuenta de que el reclamo de Fidel era público. Los taxistas y la gente alrededor hablaban abiertamente del desencanto con el régimen. El discurso de la revolución se había quedado vacío ante la realidad de la situación y todo el tipo de privaciones que atravesaba desde hacía décadas la gente en Cuba. Era imposible continuar asumiendo la causa liberadora y el sacrificio impuesto a un pueblo. No podía esconderse que detrás de todo estaban la vanidad de hombre de Estado de Castro y el sostenimiento de los lujos de la nomenclatura.

Con la llegada de los ‘smartphones’, el velo terminó de caer. Los cubanos podían ver el mundo que les negaban, y el resto del mundo podía ver la farsa

Fueron tan reiterativos los reclamos entre la gente del común que la gran conclusión que sacamos fue que si bien Cuba era un régimen autoritario, estaba muy lejos de ser un régimen totalitario. La gente se expresaba libremente en las calles, siempre y cuando no estuviera un policía cerca o algún miembro del CDR (comité de defensa de la revolución), personas del común que opera como informantes del Estado. El desprecio y el inconformismo eran públicos. En gran parte venían por factores de fuera de la isla.

El turismo comenzó a enseñarles a los cubanos el rezago y las privaciones en que vivían. Era algo que el régimen no podía prohibir, el turismo era el alivio de la gente para rebuscarse la subsistencia diaria que el régimen era incapaz de proveer. Con la llegada de internet y los ‘smartphones’, el velo terminó de caer. Los cubanos podían ver el mundo que les estaban negando, y el resto del mundo podía corroborar la farsa del bienestar social que reclamaba la revolución como gran logro. Los hospitales de la gente del común están en las ruinas, en condiciones higiénicas precarias, la educación tiene más de catequesis revolucionaria que de enseñanza, el hambre siempre está a la vuelta de la esquina y lo que más escasea es la libertad.

Pero, de todas formas, era impensable que la existencia de un descontento generalizado, hecho público entre la población, se manifestara abiertamente. El régimen podía argumentar que el silencio de la gente era una muestra de su apoyo. Ahora no más. Bastaron una canción y una manifestación espontánea de descontento en una población para que las redes sociales estallaran en una movilización abierta de repudio público. Como dirían los viejos marxistas, fue la chispa que encendió la pradera.

Lo más seguro es que el régimen no caiga, que la represión contra opositores, activistas, periodistas y la poca oposición organizada se intensifique. La mayoría de las veces, la indignación social acaba rendida ante la fuerza en las dictaduras. Sin embargo, la nomenclatura que dirige a Cuba difícilmente va a poder decirle al mundo que gozan de legitimidad para mantenerse indefinidamente en el poder.

Ya no es un rumor. Es un hecho que la gente los repudia.

GUSTAVO DUNCAN

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