‘1989’

‘1989’

Sin proponérselo, el libro también es un reflejo de cómo la prensa bogotana veía la violencia.

03 de abril 2019 , 07:00 p.m.

Así se llama el libro de María Elvira Samper. Si hubo un año en que el país se sacudió por la violencia y se dio cuenta de que los narcotraficantes estaban dispuestos a llevar la guerra a otro nivel, fue ese. También fue el año en que quedó claro que iba a haber violencia para largo rato.

La narración es directa y, por los hechos que trata, cruda. Relata en orden cronológico de ese año los acontecimientos y los pone en contexto, casi como si fuera un periódico que se leyera en su momento. Las bombas, los magnicidios, las masacres paramilitares, el exterminio de la UP y la impotencia del Estado explotan en una vertiginosa secuencia, y uno no puede menos que pensar que es increíble que una sociedad haya atravesado por eso y sobrevivido para contarlo.

Sin proponérselo, 1989 también es un reflejo de cómo la prensa bogotana veía la violencia. Por ceñirse a los hechos y al impacto emocional que causaron, la narración recrea toda la incomprensión que en su momento había. El país, narrado desde Bogotá, estaba lejos de entender la naturaleza de las fuerzas que se movían y tendrían su efecto una década después, cuando el conflicto con las Farc y el avance de las Auc alcanzarían su punto más crítico.

Poco se sabía que Escobar no tenía que ver con los asesinatos de la UP ni de los líderes de izquierda. Era un asunto de narcos hacendados como el ‘Mexicano’ y los Castaño. De hecho, fue el robo de una cocaína por el ‘Mono Jojoy’ sin consultar a los mandos de las Farc lo que desataría el exterminio. El propio César Gaviria, a quien entrevistan en la segunda parte del libro, sostiene que quien lideró el exterminio de la UP fue el ‘Mexicano’.

No se sabía que en paralelo con el narcoterrorismo, liderado por Escobar, había una guerra igual de intensa a lo largo de las regiones. Sectores de la clase política, de los ganaderos y de las Fuerzas Armadas estaban en medio de un combate feroz con las guerrillas. La degradación, por tantos secuestros, asesinatos y masacres, llevó no solo al paramilitarismo, sino a aceptar las alianzas con los mismos narcos que se enfrentaban al Estado y a un sector de las élites en Bogotá.

Lo más doloroso de esa reacción tan cruel fue que el activismo de la UP fue visto como la plataforma política de la guerrilla para la toma violenta del poder. No importó que gente como Bernardo Jaramillo hubiera roto con las Farc y los sectores guerreristas del Partido Comunista.

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