¡México lindo y querido!

¡México lindo y querido!

“Pobre México: tan lejos de Dios y tan cerca de los EE. UU.” (Porfirio Diaz).

06 de julio 2019 , 11:34 p.m.

En 1994, México suscribió el Nafta y fue el primer país en desarrollo en ingresar a la Ocde. El presidente Salinas de Gortari anunció que México se convertiría pronto en una nación desarrollada. No sucedió así: el país azteca ha tenido una de las tasas de crecimiento más bajas de América Latina desde 1995. Y eso que no ha vuelto a padecer crisis como las de 1982 y 1994, gracias a la aplicación de políticas macroeconómicas prudentes.

¿Qué salió mal? El Nafta produjo una gran expansión y diversificación de las exportaciones mexicanas y una impresionante transformación de su estructura productiva. México es hoy más industrializado y exporta un mayor porcentaje de manufacturas que el resto de la región. En esto se parece ahora más a los exitosos ‘tigres asiáticos’ que a América Latina. ¿Por qué, entonces, no tuvo un milagro de crecimiento como ellos? La respuesta es simple: el Nafta no podía arreglar todos sus problemas. México no creció más porque no aumentó la productividad de su economía en los últimos 25 años, pues no redujo su altísima corrupción interna, no mejoró su aparato judicial ni la calidad de su educación y permitió que campearan el narcotráfico y la inseguridad.

El nuevo presidente, López Obrador (Amlo), es un populista sui géneris. Cree en la prudencia fiscal y el libre comercio. Apenas se posesionó recortó a rajatabla el presupuesto nacional en 10 % para garantizar el cumplimiento de las metas fiscales. Siendo candidato apoyó la renegociación del Nafta ante las amenazas de Trump de retirarse del acuerdo, para que México, aun haciendo concesiones importantes, no se quedara sin las ventajas de este tratado. Y ya como presidente hizo aprobar lo convenido en el Congreso mexicano y aceptó reforzar el control en las fronteras con EE. UU. y Guatemala para evitar las caravanas de migrantes centroamericanos, con tal de que Trump no impusiera aranceles a las exportaciones de automóviles de México. Triste pero pragmático. No se podía empeñar en una pelea a puño limpio con el chico grande del barrio armado hasta los dientes.

Pero lo realmente preocupante es su plan de desarrollo. En vez de buscar aumentar la competitividad de una nación abierta que aspira a ser moderna, parece un refrito superestatista del siglo pasado.

El plan se centra en tres apuestas:

1) Reducir la declinación de la producción de petróleo y gas, pero dándole mano libre a Pemex, rebajando sus impuestos y garantizando su deuda. Esta apuesta resulta muy arriesgada porque Pemex no ha sido capaz de encontrar yacimientos grandes de hidrocarburos en décadas, está excesivamente endeudada y ya tuvo una reducción de su calificación de riesgo.

Si la deja hacer locuras, podría arrastrar hacia abajo el grado de inversión de México, como lo han comenzado a insinuar algunas calificadoras (CLAAF, Declaración Julio 3, 2019). El ‘nuevo’ Pemex ya suspendió los acuerdos recientes con petroleras privadas que podrían haber cambiado en forma eficiente la trayectoria descendente de la producción, y anunció la construcción de otra refinería, sin tener los estudios de ingeniería básica.

2) Invertir más en infraestructura, pero suspendiendo concesiones importantes en ejecución, como la del nuevo aeropuerto de la capital, para hacer por obra pública uno distinto y un tren ‘Maya’ en Yucatán, que tampoco tienen estudios de factibilidad.

3) Aumentar el crédito, pero mediante préstamos directos (de primer piso) de la banca pública de desarrollo, con los riesgos que eso conlleva.

En otras palabras, Amlo ofrece reducir la desigualdad y la corrupción, pero está recortando gastos básicos en educación, en salud y los subsidios a las familias pobres para volver a construir grandes elefantes blancos, como hizo América Latina en los 70. Esa película ya la vimos, con su secuela de corrupción y crisis de la deuda en los 80.

¡Pobre México: tan cerca de Trump y tan lejos del siglo XXI!

GUILLERMO PERRY

Sal de la rutina

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