Euforia

Euforia

Hay riesgos que se deben evitar para que la fiesta dure más tiempo.

21 de agosto 2018 , 12:34 p.m.

Esta semana tuvo lugar el primer encuentro entre el gobierno Duque y el sector privado, en el Congreso de la Andi. Hubo una amplia representación de empresarios de todas las ramas de la actividad económica. El Presidente y la vicepresidenta recibieron una ovación, y los ministros fueron muy aplaudidos. La sensación generalizada fue de euforia, tanto por la recuperación económica en curso como por los anuncios del nuevo equipo y la credibilidad que inspira. Y también por el hecho de que aún está fresco el susto que muchos se pegaron con el ascenso electoral de Gustavo Petro.

Este nuevo ambiente, tan positivo, trae muchas cosas buenas. Muchos inversionistas que habían puesto en remojo sus proyectos por la incertidumbre electoral y habían sacado parte de sus capitales del país, o estaban listos a hacerlo en caso de que ganara la propuesta populista, están ahora echando para adelante sus inversiones y repatriando o manteniendo en el país sus ahorros. Eso, por supuesto, reforzará los datos favorables que recién ha publicado el Dane sobre el producto interno bruto y están llevando a los analistas a reajustar al alza sus proyecciones de crecimiento. Se prevé ahora que la economía crezca entre 2,7 y 3,0 este año y entre 3,0 y 3,5 el próximo. Y esa cifra puede resultar mayor si en efecto se desata la inversión antes reprimida.

El apoyo entusiasta del sector privado al nuevo gobierno también puede facilitar el tránsito de sus proyectos en el Congreso, pues la mayoría de los congresistas quieren estar en buenos términos con los empresarios.

Pero la euforia también entraña riesgos, y haríamos mal en no advertirlos y evitarlos.

El Gobierno podría confiarse demasiado en que bastó con que ganara para que el ambiente empresarial diera una vuelta de 180 grados y la economía comenzara a crecer de nuevo. Esa agradable sensación podría llevarlo a la complacencia, a no hacer los esfuerzos requeridos para garantizar la sostenibilidad fiscal o las reformas estructurales necesarias para dinamizar la productividad y la innovación. Y a los empresarios, a no pellizcarse para ser más innovadores y eficientes.

El riesgo opuesto es que Gobierno y sector privado se despreocupen de los graves problemas de exclusión y desigualdad que caracterizan a nuestra sociedad y se expresaron en la alta votación por Petro en la segunda vuelta. Ya se comienzan a escuchar voces de que hay que aprovechar este momento para hacer la reforma tributaria que desean muchos empresarios (bajar los impuestos a las empresas y no aumentarlos a las personas naturales de altos ingresos, como se adelantaron ya a proponerlo Vargas Lleras y su bancada), así ello pueda llevar a una crisis fiscal o a una gran escasez de recursos que impida mejorar el acceso de los más pobres a educación y salud de calidad o extender el sistema pensional a los más necesitados.

Si cualquiera de estos riesgos se materializa, la fiesta podría acabar siendo flor de un día y la decepción o la depresión reemplazarían la euforia. Porque hay nubes negras afuera (Trump, Turquía), y podríamos incurrir en una crisis fiscal que acabe arrancando lágrimas si se pierde el grado de inversión, se encarece el crédito, se reduce la afluencia de capitales y se ralentiza la economía. O podríamos quedarnos estancados en un crecimiento mediocre porque no mejora la productividad. O, peor aún, después de cuatro años de juerga en los clubes sociales, podría ganar Petro.

Antes de que mis amigos uribistas me regañen otra vez y me exijan un voto de confianza en el nuevo gobierno, debo insistirles en que no estoy haciéndole una crítica, ni estoy prediciendo una catástrofe. No voté por Duque (lo hice en blanco), pero deseo que le vaya bien por el bien de todos. No se trata de aguar la fiesta, sino de procurar que dure más tiempo.

GUILLERMO PERRY

Columnistas

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