El viejo y el nuevo populismo

El viejo y el nuevo populismo

Colombia, que parecía inmune al populismo, ahora los sufre de viejo y nuevo cuño.

15 de septiembre 2019 , 12:17 a.m.

América Latina ha sido una región pródiga en líderes y gobiernos populistas. Ofrecen medidas populares que acaban en sudor y lágrimas: elevar salarios y primas por ley; controlar precios y tasa de cambio; proteger industrias ineficientes; dar servicios gratis o subsidiados que no se financian con impuestos (los populistas por lo general los bajan), sino con deuda pública o emisión monetaria. Tarde o temprano, esas medidas causan inflación, desabastecimiento, crisis cambiarias y fiscales, parálisis de la inversión, fuga de capitales, recesión y desempleo. Ejemplos notables han sido los del peronismo y el kirchnerismo en Argentina, el chavismo en Venezuela, Allende en Chile, Velasco Alvarado y Alan García (1) en Perú, Getulio Vargas y Dilma Rousseff en Brasil.

¿Por qué ha sido endémico el populismo en América Latina? La alta desigualdad que nos caracteriza hace que un amplio segmento de la población sienta que no tiene nada que perder y sí mucho que ganar apoyando aventuras populistas que prometen pajaritos de oro o acabar con los privilegios de los de arriba. Otra explicación usual es que las frecuentes crisis económicas llevan al empobrecimiento de clases medias y a su rebelión contra ‘el establecimiento’. El chavismo en Venezuela y el kirchnerismo en Argentina llegaron al poder después de crisis profundas. Pero, en contraste, la grave crisis económica argentina de los ochenta llevó a la emergencia del ‘peronismo neoliberal’ de Menem y la del kirchnerismo, a Macri (aunque la de ahora puede llevar al retorno del kirchnerismo). Asimismo, la crisis de Perú en los ochenta condujo al neoliberalismo de Fujimori y sus sucesores, y la de Dilma llevó a la ortodoxia económica de Temer y Bolsonaro. O sea que las crisis sí producen cambios, pero no necesariamente hacia el populismo.

En regiones menos desiguales y más estables (Asia, Europa y EE. UU.), este tipo de aventuras populistas habían sido escasas. Las recientes se atribuyen a un aumento rápido de la desigualdad, como consecuencia de los efectos combinados del cambio tecnológico, la inmigración, el comercio y el debilitamiento de las redes de protección social. Los que se sienten ‘quedados’ (hombres blancos mayores y poco educados) les han apostado a populismos nacionalistas de derecha (Trump, ‘brexit’, Hungría) o de izquierda (Sanders, España, Grecia).

Análisis recientes atribuyen más el nuevo populismo de derecha a la velocidad del cambio cultural: rápidamente se ha expandido una cultura laica, cosmopolita, ambientalista, feminista y defensora de los derechos de las minorías. Sectores racistas, machistas y religiosos que antes detentaban primacía ideológica y política se resisten a perderla y apoyan populismos nacionalistas y muy conservadores (2). Estos grupos desconfían de todo lo que viene de afuera, de la democracia liberal, de las empresas modernas, de los científicos y los expertos, de los defensores de derechos humanos y ambientales. De ahí los serios riesgos democráticos y económicos del nuevo populismo.

Se decía que en Colombia, el miedo a las Farc nos había vacunado contra el populismo. Ahora, después de la desmovilización de la mayoría de sus efectivos, ha surgido con fuerza un populismo de izquierda de corte tradicional que desconfía del sector empresarial y ofrece pajaritos de oro: el petrismo. Y otro, el nuevo uribismo, que convoca sectores muy conservadores y religiosos, reacciona contra la ampliación de derechos que ha tenido lugar en el país y desconfía de todo lo internacional (¡hasta ve a la ONU como parte de un complot de izquierda!), pero que también acude a fórmulas del populismo tradicional (alzas de salarios y primas, rebajas de impuestos) para enfrentar electoralmente al populismo de izquierda.

¡De todos los populismos líbranos, Señor!

(1) Primer gobierno

(2) ‘Trump, Brexit and the Rise of Populism’, Harvard Kennedy Schoool, 2019

GUILLERMO PERRY

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