Brasil: ¿el país del futuro?

Brasil: ¿el país del futuro?

A Brasil no le está yendo bien con su nuevo gobierno. A nosotros nos convendría que le fuera mejor.

21 de julio 2019 , 12:01 a.m.

Durante el ‘milagro’ brasilero (1960-1980), la economía creció al 8 por ciento por año. Se aseguraba que Brasil sería “el país del futuro”. Pero el “modelo desarrollista” brasilero, basado en el proteccionismo y la inversión estatal, entró en crisis en los ochenta. Desde entonces, el crecimiento ha sido apenas de 2,5 por ciento anual en promedio. Fernando Henrique Cardoso comentó irónicamente, años antes de ser presidente, que “Brasil será siempre el país del futuro”. En cada período de crecimiento regresan los sueños de grandeza, y luego vuelve a aparecer una crisis. Así sucedió durante el reciente ‘boom’ del petróleo y la soya (2003-2012) y la aguda recesión posterior (2014-2017).

La economía comenzaba a recuperarse cuando el candidato Bolsonaro, admirador de la represiva dictadura militar bajo la cual se produjo el ‘milagro’ brasilero, prometió que retornaría a Brasil la seguridad ciudadana, la inversión privada y el crecimiento. Hubo preocupación entre los defensores de derechos humanos, pero grandes expectativas en los sectores empresariales. Sin embargo, seis meses después de su posesión pareciera que el destino brasilero sigue siendo el de ser el país del futuro. El primer trimestre de este año hubo recesión, los estimativos de crecimiento para el año completo han bajado del 3 a 1 por ciento o menos, y la confianza empresarial se ha derrumbado.

Brasil padece graves problemas estructurales. De una parte, una altísima desigualdad regional y de ingresos. De otra, una baja tasa de inversión y una baja productividad como consecuencia del exceso de regulaciones y de un Estado muy grande, que grava con exceso el sector privado (y mantiene un déficit y una deuda pública muy altos), pero no produce ni infraestructura ni educación de calidad. Y, para colmo, redistribuye a favor de los ricos a través del régimen pensional más regresivo y desfinanciado de la región.

De ahí el viejo escepticismo de Cardoso, como académico, frente al optimismo desaforado de los militares y los sectores políticos de derecha. Cardoso y Lula contuvieron, aunque no resolvieron, el problema fiscal y mejoraron la cobertura de los servicios de educación y salud, pero no su calidad. Con ello y con Bolsa Familia (antecesor de nuestro Familias en Acción), lograron reducir un poco la desigualdad. Las reformas estructurales para mejorar productividad avanzaron con Cardoso, pero se detuvieron con Lula. Y cuando Dilma incumplió las metas fiscales, la economía se desaceleró (en el 2013) y luego entró en recesión con la caída de los precios del petróleo y la soya y la crisis política atizada por los escándalos de corrupción.

Después del interregno gris de Temer, Bolsonaro ofreció un amplio programa de reformas que son necesarias: pensional, tributaria, desregulación y apertura comercial. El Senado aprobó en primera vuelta la reforma pensional, que, aunque recortada, aumentaría la edad de jubilación y disminuiría los subsidios a los ricos, reduciendo el déficit fiscal y la inequidad. Y Bolsonaro y Macri destrabaron el acuerdo de libre comercio con la Unión Europea, que llevaba una década en negociación.

La caída en las expectativas empresariales se debe tanto al lento arranque de su programa como a su falta de liderazgo y experiencia administrativa, así como su empeño en meterse en peleas inútiles (‘The Economist’, ‘El aprendiz de presidente’). ¿Suena familiar?

A América Latina le ayudaría que Brasil recupere el crecimiento y la confianza de los inversionistas. Y que, conjuntamente con la Argentina de Macri, si este es reelegido, se abra al comercio y promueva una convergencia entre Mercosur y la Alianza del Pacífico. La escasa integración latinoamericana se ha debido en mucho a que a Brasil solo le interesaba jugar en las grandes ligas mundiales (los BRIC) y a México mirar, hacia el norte. En ambos países hay ahora una actitud más humilde que deberíamos aprovechar.

GUILLERMO PERRY

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