A nadie se le niega un articulito

A nadie se le niega un articulito

La Ley del Plan dejó de ser un instrumento estratégico para convertirse en una bandada de micos.

30 de marzo 2019 , 10:41 p.m.

La ley del Plan de Desarrollo prevista en la Constitución de 1991 pretendía permitir a cada gobierno poner en práctica, en pocos meses, aquellas estrategias centrales de su programa económico y social que requirieran reformas de carácter legal. Se esperaba, por tanto, que se concentrara en dos o tres temas en los cuales el nuevo gobierno propusiera reformas de alguna envergadura. Lo que ha ido pasando es todo lo contrario. La ley del plan en curso toca temas de todos los ministerios y está llena de minucias y micos. Lo que ha ocurrido es lo opuesto de los procesos de planeación estratégica periódica que practican hoy las empresas modernas o cualquier ONG medianamente seria.

Unos números para ilustrar. El proyecto original tenía la pendejadita de 183 artículos, y los 62 ponentes (leyeron bien: ¡62!) le agregaron la bicoca de 128 más. En la votación se eliminaron diez y se retiraron cuatro. Como dijo uno de los ponentes, a ninguno de sus colegas se le negó una partida o un articulito. Por eso no es de extrañar que se otorguen nuevos privilegios tributarios, se impongan nuevos aranceles o se decreten nuevos gastos a favor de intereses particulares o de regiones específicas. La montonera desordenada de artículos (ni siquiera están organizados por temas) cubre lo humano y lo divino. En su gran mayoría, se trata de cambios menores que no harán una diferencia importante para los pretendidos pactos por la legalidad o el emprendimiento. ¡Qué manera tan peculiar de hacer planeación estratégica la que tienen nuestro Gobierno y nuestro Congreso!

Es cierto que, escondidos en esa maraña, hay unos artículos verdaderamente importantes. Califican como estratégicos los referentes a la reforma de la salud (127 a 155), que constituyen una ley de punto final para las deudas que ahogan el sector e incluyen cambios estructurales significativos. También hay reformas de alguna trascendencia con respecto a la formalización y la innovación de las mipymes y los sistemas de transporte masivo. Por su parte, el Congreso corrigió parcialmente la insuficiencia de asignaciones para el posconflicto y le salvó la vida a Planeación Nacional. Pero son flores escasas entre tanta maleza.

Una cuarta parte de los artículos nuevos tuvieron origen en el propio Gobierno. Ministros despistados, a quienes les cogió la noche, redactaron a las volandas articulitos de ley para meter a última hora a través de alguno de los ponentes. Se oyó gritar: “¡Aprovechen que después va a ser muy difícil pasar cualquier ley con la precaria ‘gobernabilidad’ que tenemos!”.

Lo que sucedió es en parte consecuencia de la actitud de Duque, que aplaudimos, de no embutirles ‘mermelada’ a los congresistas diabéticos. Pero también es sintomático de un presidente que llegó al poder a punta de eslóganes, sin ideas precisas de lo que quería hacer desde el trono, y a quien le falta liderazgo frente a los partidos de gobierno y a su equipo.

‘A quienes le gusten las salchichas, no deben ver cómo las fabrican’, reza el dicho popular. Los demócratas convencidos no debemos ver cómo hacen las leyes. Pero, al menos las salchichas están empacadas en forma atractiva, saben bien y algo alimentan. Este tipo de leyes, en cambio, son una manada desordenada de micos que repele a la vista, deja mal olor y mal sabor y no nutre el interés público.

Al menos, las demás leyes, que tienen unidad de materia, se organizan por capítulos en forma orgánica; en sus debates se escucha a todos aquellos grupos que tienen intereses o conocimiento sobre el tema específico, y resulta menos probable que un interés particular cuele inadvertidamente un orangután a su favor.

De la ley estratégica del plan que soñamos los constituyentes no quedó casi nada. Sería mejor abolir la posibilidad de estos esperpentos.

GUILLERMO PERRY

Sal de la rutina

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