¿Perdón? Ni de fundas

¿Perdón? Ni de fundas

¿Por qué en el caso de los sefarditas hay una reparación histórica y en el de los indígenas no?

12 de abril 2019 , 07:00 p.m.

El presidente de México, Andrés Manuel López Obrador, envió una carta al Rey de España, en la última semana de marzo pasado, solicitando que la Corona española pidiera perdón por las atrocidades cometidas en la conquista de México contra los pueblos originarios. Igual misiva fue enviada al papa Francisco. El texto completo de la carta se desconoce, aunque no sus intenciones.

Además, López Obrador también afirma que el Estado mexicano debe disculparse con los yaquis, los mayas y hasta con los inmigrantes chinos que fueron perseguidos en México durante el siglo XIX. Es decir, López Obrador también se está mandando la carta a sí mismo, como ironizaba Vargas Llosa.

Hay discriminación para las disculpas. Con los primeros hay negocios en perspectiva y con los segundos la orden del amo imperial.

Lo extraño de todo es que ningún otro gobierno en Latinoamérica se haya sentido solidario con esta solicitud mexicana. Al contrario, ha primado el silencio cómplice y la estrategia de seguir haciendo negocios con los españoles que todavía encuentran ingenuos, pero no tan ingenuos, que les entregan el patrimonio nacional con las privatizaciones de servicios públicos, contratos de infraestructura, aerolíneas, etc.

Por otro lado, la explicación a su silencio se encuentra en el comportamiento histórico de las élites criollas mestizas, desde la independencia hasta nuestros días, con las comunidades indígenas, que ha sido una infamia completa, como en Chile, Colombia, Guatemala, México, etc. Los pueblos originarios representan hoy una población reducida y viven en condiciones marginales y de pobreza mayor que el resto de la población latinoamericana.

La respuesta española, con la soberbia que la caracteriza — “yo os prometo, a fe de hijodalgo, porque lo soy, que mi padre es de los Cachopines de Laredo”, Cervantes —, desde su llegada a América, tanto del Gobierno como de los políticos, escritores e historiadores, de allá como de aquí, fue la negativa a dar una disculpa o perdón. Ni que se les ocurra.

El argumento principal es que no se pueden juzgar acontecimientos que ocurrieron hace 500 años con la visión moderna de los derechos humanos: “La llegada, hace 500 años, de los españoles a las actuales tierras mexicanas no puede juzgarse a la luz de consideraciones contemporáneas. Nuestros pueblos hermanos han sabido siempre leer nuestro pasado compartido sin ira y con una perspectiva constructiva”: respuesta del Gobierno Español. ¿Siempre? Bueno, no hasta que llegó López Obrador. No niegan los hechos ni los crímenes. Niegan que se puedan juzgar con la perspectiva del siglo XXI.

Cualquiera diría que España es hoy el país Madre Teresa de Calcuta. Pero no hay tal. España está vendiendo armas por cientos de millones de dólares a los oligarcas petroleros sauditas para atacar a la inerte población yemenita, con gran destrucción y miles de muertos: “Entre marzo de 2015 y (…) agosto han fallecidos más de 6.500 civiles en Yemen y otros 10.500 han resultado heridos, la mayoría por incursiones aéreas de la coalición saudí” (eldiario.es). ¿Qué dirá la Corona española en 500 años — si todavía existe — a los yemenitas que quedaren? Mirad, que eso hace 500 años; y negocios son negocios.

¿Perdón? ¿No pidió perdón España a los sefarditas expulsados en 1492 y que a cambio les dio la ciudadanía española? Sí, porque “la finalidad última es resolver un problema histórico al que España se ha enfrentado solo parcialmente hasta la fecha” (subsecretario del Ministerio de Justicia-España 2012), y el Rey Juan Carlos VI en un evento del perdón dijo: “Gracias por haber hecho prevalecer el amor sobre el rencor” (noviembre de 2015). ¿Después de más de 500 años? Vale.

Entonces, ¿por qué en un caso hay una reparación histórica y en el caso de los indígenas mexicanos o latinoamericanos no la hay? Hay discriminación para las disculpas. Con los primeros hay negocios en perspectiva y con los segundos la orden del amo imperial: “¿Por qué no te callas?”.

Ahora vamos con los negocios. España está reclamando parte del tesoro del galeón San José, que fue hundido el 8 de junio de 1708 por los ingleses y que se estima tiene un valor entre 1.000 y 17.000 millones de dólares. Gran parte de la carga de metales provenía del Perú. ¿Por qué España reclama el oro y rechaza pagar con una disculpa su deuda histórica? El oro transporta muy bien la riqueza en el tiempo. Una barra de oro es una barra de oro. Pero ¿un recuerdo, una memoria? Bueno, pues que los historiadores le tuerzan el pescuezo y que los escritores de quinta griten “imbécil” a López Obrador, y ya está.

Este tesoro es reclamado por España después de más de trescientos años. ¿No caduca la propiedad espuria, producto del saqueo, el trabajo esclavo y el atropello? Una nación indígena boliviana, Qhara Qhara, se ha presentado a reclamar parte del tesoro, como corresponde.

En conclusión, en palabras prestadas, “no tiene nada de malo pedir a quienes borraron del mapa a toda una civilización milenaria, como la mesoamericana, paradigma único e insustituible sobre la realidad del mundo y del ser, que hagan una reflexión cabal sobre los hechos del pasado”, según Luis Barjau, etnólogo e investigador mexicano.

P. D. ¿Por qué no hay países desarrollados en Latinoamérica?

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