¿Lincoln, antiesclavista?

¿Lincoln, antiesclavista?

La abolición de la esclavitud en EEUU se debió más al oportunismo que a las convicciones morales .

24 de octubre 2017 , 12:00 a.m.

A pesar de que el presidente Abraham Lincoln (1809-1865) se conserva en la memoria de la humanidad como la figura histórica que acabó con la esclavitud en los EE. UU., él era un esclavista y racista convencido.

En su biografía en internet se señala que “lideró a Estados Unidos durante la guerra de Secesión, el conflicto más sangriento y quizás también la mayor crisis moral, constitucional y política que ha sufrido la nación estadounidense. Al mismo tiempo, preservó la Unión, abolió la esclavitud, fortaleció el gobierno federal y modernizó la economía”.

Precisamente, la lucha del norte contra el sur era sobre el modelo de desarrollo económico que se debía seguir: la industrialización bajo barreras protectoras como defendía el norte o el libre comercio, como pregonaba el sur, para vender sus materias primas agrícolas, algodón y azúcar, en el mercado mundial. Ganó el norte e impuso la sustitución de importaciones, base del desarrollo de los EE. UU., que decidió su exitoso futuro. En Latinoamérica, al contrario, ganó el ‘sur’, los terratenientes librecambistas, sendero que ha determinado nuestro fracaso histórico hasta el presente, salvo pausas sin continuidad.

Sin embargo, poco se sabe de las opiniones de Lincoln sobre la esclavitud. En ‘The Collected Works of Abraham Lincoln’ (CW) se puede leer lo siguiente: “No tengo ningún propósito para introducir la igualdad política y social entre las razas blanca y negra (…). Yo estoy a favor de la raza a la que pertenezco, teniendo la posición superior. Nunca he dicho nada en sentido contrario” (CW, vol. III, pág. 16).

No estoy, ni he estado a favor de lograr de ninguna manera la igualdad social y política de las razas blanca y negra, decía Lincoln es su tiempo

Lincoln se pregunta: “¿Liberarlos (a los esclavos) y hacerlos políticamente y socialmente nuestros iguales?”. Y responde: “Mis propios sentimientos no admiten esto (…). No podemos entonces hacerlos iguales” (CW, vol. II, pág. 256).

Tampoco “estoy, ni he estado a favor de lograr de ninguna manera la igualdad social y política de las razas blanca y negra” (CW, vol. III, pág. 146), y también, “haré todo lo posible por la ley de este estado [Illinois], prohíba el matrimonio de blancos con negros” (CW, vol. III, p. 146).

Además, Lincoln era favorable a la deportación de los negros fuera de EE. UU.: “Es moralmente correcto, y (…) favorable a (…) nuestro interés, trasladar al africano a su clima natal” (CW, vol. II, p. 409); “el lugar que estoy pensando tener para una colonia (…) está en Centroamérica. Está más cerca de nosotros que Liberia” (CW, vol. V, págs. 373-374). (Las citas son tomadas de Thomas DiLorenzo, ‘The Lincoln Myth’, agosto 24 del 2017, https://goo.gl/mdNc1U).

Por su parte, Carlos Marx y sus amigos del Consejo Central de la Asociación Internacional de Trabajadores le envían una carta a Lincoln, escrita en noviembre de 1864, después de ser reelegido Presidente de los EE. UU., ‘ad portas’ de finalizar la guerra de Secesión en mayo de 1865, con elogios por la abolición de la esclavitud, pues la “consideran una señal de la época venidera que haya tenido que recaer sobre Abraham Lincoln, el hijo inquebrantable de la clase trabajadora, la tarea de liderar su país en la lucha incomparable por rescatar una raza encadenada y reconstruir un mundo social” (‘El hijo inquebrantable de la clase trabajadora’, https://goo.gl/mjDZS2).

A pesar de que a Marx le puedan señalar flaquezas personales racistas, no se le podrá indilgar que fuera partidario del esclavismo, como en el caso de Lincoln que nos ocupa, o del propio Cristóbal Colón que lo practicó en sus viajes a este continente, no solo por deshumanizador, sino también por antieconómico: los trabajadores reducidos a la condición de objeto no tienen ningún interés en el esfuerzo personal en el trabajo porque no podrán participar del aumento de la productividad, como sí ocurre en la actividad privada del pequeño propietario, e incluso del trabajador asalariado con salarios de tendencia creciente, como ha sucedido históricamente bajo el capitalismo, no como una dádiva de espíritus caritativos, sino como producto de la organización y participación política de los trabajadores, incorporada en las reglas de la sociedad, en códigos y leyes.

En resumen, la abolición en EE. UU. de la esclavitud en 1863 fue el resultado del oportunismo de la dirección política de A. Lincoln de liberar a los esclavos para reclutarlos a su favor y no el resultado de las convicciones de quienes se enfrentaron a los ejércitos confederados del sur. Igualmente, Bolívar garantizó la libertad de los esclavos que se alistaran en los ejércitos libertadores en 1816.

Sin embargo, estos dos gestos oportunistas, tanto de Lincoln como de Bolívar, se convirtieron en dos hechos trascendentales para la humanidad, como consecuencias inesperadas de procesos históricos incontrolables. Así es la historia, contingente y sin leyes, incierta en su rumbo.

GUILLERMO MAYA

Columnistas

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