Las plataformas digitales y el trabajo

Las plataformas digitales y el trabajo

No es la tecnología la que impone los contratos precarios, es la política, el poder.

22 de julio 2019 , 07:00 p.m.

La colombiana Rappi, un ejemplo de las plataformas digitales, para no mencionar otras, en la categoría de unicornio porque pasó los 1.000 millones de dólares en el valor de capitalización, está dedicada al reparto de comidas, mercados y otras actividades con mensajeros en bicicleta o motocicleta, quienes reciben a través de un teléfono inteligente, en el que tienen cargada una aplicación digital, la solicitud de los usuarios o clientes. Esta aplicación también calcula la ruta, el costo del servicio y los porcentajes correspondientes sobre el pago por cada uno de los viajes de entrega que corresponden al mensajero.

Rappi no fue la empresa pionera de las plataformas digitales, sino una empresa imitadora, y como tal tiene menores costos en su montaje porque no corrió con los costos de investigación y desarrollo tecnológico, asumiendo los riesgos del fracaso, no siempre se es exitoso, como sucede frecuentemente con los pioneros.

Los mensajeros no son considerados empleados, sino trabajadores independientes o contratistas. No hay relaciones laborales sino de colaboración, economía colaborativa y, por lo tanto, no hay pagos de salarios ni tampoco los pagos a la seguridad social.

Solo hay pagos porcentuales por cada uno de los viajes de los domiciliarios. Las plataformas argumentan que esto es así porque las actividades de entrega son una oportunidad para hacer uso del tiempo libre que tienen estos trabajadores independientes para complementar sus ingresos y hacer uso de su capital inactivo, motocicleta y accesorios.

En efecto, esto es lo que pasa con las plataformas. El trabajador apenas si alcanza a generar un ingreso precario, sin prestaciones sociales, y no recupera el capital de su moto

Las declaraciones de un directivo de Uber recogen esta visión: “Si bien el incentivo económico es fundamental para la sostenibilidad, el elemento de ‘colaboración’ hace que la naturaleza y el propósito de este tipo de economías sean diferentes a los de un negocio tradicional. Es decir, cada participante debe tener la libertad y la autonomía suficiente para decidir cómo administrar y controlar sus actividades, su tiempo y sus recursos”.

Las plataformas se basan en estas premisas. Sin embargo, resulta que quienes trabajan bajo estas condiciones tienen que disponer de tiempo creciente para realizar un mayor número de actividades, porque aquellos que no estén disponibles para realizar más entregas, cada vez más numerosas, no reciben llamados por su servicio en la aplicación, y son sacados. Por esta razón, para estos trabajadores, el trabajo de plataforma se convierte en su única opción de trabajo, y no solo en países atrasados, con alto desempleo, sino también en países desarrollados, como EE. UU., en donde el trabajo cada vez más se precariza.

¿Economía colaborativa o participativa? No es una casualidad que la aparcería, una forma de trabajo usado en la agricultura, en muchos países, especialmente después del periodo feudal, así como en Latinoamérica, en los siglos XIX y XX, se definiera como una forma participativa, “colaborativa”, del dueño de la tierra y del campesino, sobre la producción agrícola (sharecropping, en inglés).

Karl Marx –quien dijo: “No soy marxista” (yo también)–, un pensador de la economía política, definió la aparcería como una forma de relación “en la que el cultivador (arrendatario) pone, además del trabajo (propio o ajeno), una parte del capital de explotación y el terrateniente, además de la tierra, otra parte del capital necesario para explotarla (el ganado, por ejemplo), y el producto se distribuye en determinadas proporciones que varían según los países, entre el aparcero y el terrateniente” (El Capital, vol III). Cambie tierra por plataforma digital, capital por moto o auto y empresario unicorniano por terrateniente, y tendremos el cuadro explicativo completo de la economía de plataforma.

El terrateniente, en muchos casos, entraba en este trato no solo para obtener una parte de lo producido sino también para tener mano de obra disponible –les ‘sobraba’ tiempo– cercana para trabajar en la hacienda, como bien lo ha ilustrado el experto agrario Absalón Machado en su libro El café: de la aparcería al capitalismo (1977), cuidándose el hacendado, en sus condiciones, de que el aparcero no se independizara, manteniéndolo en condiciones mínimas de subsistencia.

En efecto, esto es lo que pasa con las plataformas. El trabajador apenas si alcanza a generar un ingreso precario, sin prestaciones sociales, y no recupera el capital de su moto y si logra hacerlo, reemplazándola al terminar su vida útil, lo hace constriñendo aún más su nivel de consumo, empobreciéndose.

Si estas plataformas se convierten rápidamente en unicornios, lo hacen precisamente por su alta productividad, determinada por sus economías de escala y sus rendimientos crecientes y costos decrecientes a medida que la plataforma se utiliza más: un pedido adicional cuesta casi nada, pero sí genera ingresos mayores.

La gran industria, la forma que tomó la revolución industrial en los países desarrollados, también de rendimientos crecientes, benefició por igual a trabajadores, con salarios crecientes y jornadas decrecientes, al igual que a los empresarios, y fue fundamento del estado de bienestar y de la democratización de la sociedad.

Sin embargo, los “salarios” pagados por las plataformas son precarios, al contrario de las ganancias o capitalizaciones: una disfuncionalidad. No es la tecnología la que impone los contratos precarios, es la política, el poder. El hecho de que en donde opera, Colombia, Argentina y en otras partes del mundo, con sus similares, los trabajadores protesten por sus condiciones de trabajo precarias, es un síntoma de enorme significancia social.

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