La industria y la tierra según Bejarano

La industria y la tierra según Bejarano

Desempleo y concentración de la tierra: dos problemas que las élites colombianas no han resuelto.

17 de septiembre 2019 , 07:00 p.m.

Jesús Antonio Bejarano, economista de la Universidad Nacional, profesor y decano de la Facultad de Ciencias Económicas de esa institución, asesor de paz en el gobierno de César Gaviria, murió vilmente asesinado en 1999. Bejarano cultivó dos temas importantes, entre otros, en su larga y truncada vida intelectual, el problema agrario y el desarrollo industrial colombiano.

Bejarano resume los primeros 50 años de la economía colombiana de la siguiente manera. El siglo XIX duró hasta 1930, cuando la economía “abandonó su carácter fundamentalmente agrario para comenzar el camino de la industria moderna”.

Alrededor de 1900, “el balance industrial del país era bastante pobre”. Sin embargo, algunos elementos favorecían el desarrollo industrial: “La carestía de los fletes, la localización de las materias primas baratas y en el aprovechamiento de los mercados cerrados y estrictamente locales, a los cuales no tenía mayor acceso la concurrencia externa”.

Bejarano sitúa en las transformaciones de la economía cafetera el motor que conduciría la economía colombiana hacia la industrialización. El gran cambio en la estructura productiva cafetera se produjo por el aporte de la colonización antioqueña, basada sobre la pequeña y mediana propiedad, que se desplazó hacia “tierras despobladas”.

Esta colonización, señala Bejarano, fue el resultado de un ethos particular “dentro de los grupos migrantes que provenían de una sociedad en la que no se había desarrollado una clase aristocrática enseñada a vivir del trabajo indígena, como ocurría en el resto del país. Por ello mismo, esta ética particular los hacía más inclinados al trabajo y a la búsqueda de nuevas formas de riqueza mediante el trabajo personal”.

Este tipo de colonización y de economía cafetera “hará que el país adquiera una conformación económica relativamente unificada, superando, al menos parcialmente, la ‘economía de archipiélagos’, característica del siglo anterior”. Físicamente, el país también se integró al mismo tiempo que se desarrollaron las vías de comunicación para “conectar los centros poblados entre sí y a las regiones cafeteras con el mar y con el río Magdalena por medio de caminos y ferrocarriles”.

El café no solo creó un mercado rural para los bienes manufacturados, sino que también con las actividades urbanas asociadas al café se expandió el mercado del consumo. Además, la urbanización creciente del país fue el reflejo del aumento de trabajadores disponibles para ser empleados en “actividades distintas de las agropecuarias”, tanto manufactureras como de servicios propias de una economía capitalista.

Sobre el café se conformó una economía exportadora cuyo dinamismo estaba supeditado al comportamiento de los precios del café en el mercado internacional. La capacidad para importar bienes de capital para la industria también dependía de esta condición: “A comienzos del siglo, el café representaba casi el 40 % del total de las exportaciones, y hacia 1920, casi el 70 %”.

Bejarano sitúa en los años 30 “el inicio del proceso de industrialización, entendido (…) como dominio del sector industrial sobre los demás sectores de la economía”, basado sobre la sustitución de bienes de consumo importados, pero con requerimientos crecientes de “importación de bienes intermedios y de capital”.

Este proceso de sustitución de importaciones, que predominó durante los años 50 hasta 1967, se amplió con el de diversificación de exportaciones de manufacturas, impulsado por el estatuto cambiario del decreto 444 de 1967 (Lleras Restrepo), al mismo tiempo que se presentó un proceso de sustitución de bienes intermedios y de capital.

En consecuencia, entre 1970 y 1974, dado el incremento de las exportaciones de manufacturas, que aumentan 503 por ciento, el PIB crece a tasas del 6 por ciento promedio, que no se han vuelto a presentar, y el PIB industrial, el 6,5 por ciento.

A pesar de este crecimiento, la industrialización fue incapaz de absorber los trabajadores migrantes del campo, sacados por la violencia de fines del 40 y después por la modernización y tecnificación del campo, que se manifestaba con grandes tasas de desempleo, poniendo de presente la gran concentración del capital y de los monopolios. Por otro lado, el cambio técnico, intensivo en capital, dejaba por fuera a grandes sectores de la población trabajadora.

Frente al desempleo surge de nuevo (después de la frustrada Ley 200 de 1936) la opción de una reforma agraria para retener a la población en el campo; sin embargo, esta propuesta reformista (Ley 135 de 1961) sería apenas una buena intención que no llegó a concretarse, y que se echó para atrás con el Pacto de Chicoral, mientras las leyes de financiación y capitalización del campo beneficiaban a los grandes terratenientes.

El desempleo con el ‘rebusque’ y la concentración de la tierra siguen siendo dos problemas que las élites colombianas no han resuelto, y no parece que estuvieran dispuestas a hacerlo. Al parecer, para las élites es suficiente mantener los equilibrios macroeconómicos, la inflación controlada con alto desempleo y alta concentración del ingreso y la riqueza, incluyendo la tierra. Incluso, están dispuestos a sacrificar la paz con tal de conservar sus privilegios de gamonales.

En conclusión, recordar a un maestro que como Bejarano siempre se la jugó por la inteligencia y la solución racional de los problemas colombianos es una invitación para leer sus artículos y libros, buscando soluciones que, aunque vigentes, están archivadas.

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