La batalla por los recursos naturales y la industrialización

La batalla por los recursos naturales y la industrialización

Evo cumplió un gran papel en señalar el camino: industrializar los recursos naturales.

27 de noviembre 2019 , 07:00 p.m.

Bolivia había sido una de las naciones más pobres de Latinoamérica fruto de su inestabilidad institucional, golpes de Estado y gobiernos militares, hasta que llegó Evo al poder en 2006. Durante los últimos 14 años (2006-2019), la población en extrema pobreza disminuyó de 38 (2005) a 24 por ciento (2011), mientras que el ingreso per cápita pasó de 1.034,31 a 3.548,6 dólares (BM). Es decir, aumentó 2,43 veces más. Además, la concentración del ingreso bajó en 10,3 puntos el Gini, de 0.569 (2006) a 0.466 (2014). Es decir, hubo crecimiento con distribución y mejoramiento del nivel de vida de los bolivianos. Sin embargo, estos logros fueron puestos en peligro con el golpe militar contra Evo el pasado 10 de noviembre.

La economía exportadora extractiva boliviana, históricamente, ha estado en manos de las transnacionales energéticas y mineras. Pero, en un giro nacionalista, Evo decidió expropiar y nacionalizar algunas empresas, mientras, por otro lado, decidió renegociar las condiciones de regalías, impuestos, etc. Las empresas afectadas fueron, entre otras: Repsol (España), British Petroleum (Gran Bretaña) y Glencore (Suiza). Estas decisiones llevaron a que Bolivia fuera demandada y castigada con fuertes indemnizaciones por incumplimiento en las reglas de inversión extrajera por tribunales extranjeros privados.

En 1545, un pastor indígena del Alto Perú, hoy Bolivia, descubrió una mina de plata en el cerro pico en Potosí, pero los invasores españoles tomaron posesión de esta y extrajeron con trabajo indígena oro y plata para la corona española. Aunque todavía el oro y otros minerales siguen siendo explotados, el litio, un mineral estratégico por su importancia tecnológica, se convirtió en el objeto del deseo de las transnacionales.

El litio se encuentra disperso en casi todo el mundo, pero el 70-80 por ciento de las reservas mundiales se encuentran en los salares que están localizados en el triángulo de las fronteras de Bolivia (Uyuni y Coipasa), Chile (Atacama) y Argentina (Hombre Muerto, Olaroz y Salinas Grandes). En el caso de Bolivia, el salar de Uyuni tiene una superficie de 10.000 kilómetros cuadrados. Es decir, 26,27 veces el área de Medellín. Inmenso. Esta realidad ha llevado a la revista Forbes a designar esta región como la Arabia Saudita del litio.

El litio se usa para las baterías recargables de teléfonos, computadores portátiles, carros eléctricos, etc. Por esta razón, el litio como insumo industrial permite señalar las potencialidades de la demanda de carbonato de litio: una batería de un teléfono necesita 3 gramos, un auto hibrido requiere 3,5 libras, un auto eléctrico, 44 libras y un modelo Tesla, 112 libras. Una demanda exponencial en los próximos años.

Dado que el calentamiento del clima es un hecho inminente, debido, entre otros factores, al uso de los combustibles fósiles, carbón y petróleo que producen gases de efecto invernadero, es necesario una transición al uso de energías limpias para hacerle frente a esta amenaza. En este sentido, la innovación tecnológica de carros eléctricos, impulsados por baterías recargables hechas de litio, es una solución. Aunque en la actualidad, el costo de la batería es el 40 por ciento del precio, se prevé que para el 2030, los carros eléctricos sean más baratos que los carros de gasolina.

Mientras Chile y Argentina han optado por la exportación del litio como una materia prima, sin ningún valor agregado adicional, Evo tomó la decisión de industrializarlo, a pesar de los tropiezos. En consecuencia, fue creada la empresa estatal YLB (Yacimientos de Litio Bolivianos), que puso en marcha una planta de cloruro de potasio (diseño alemán y construcción china) y otra, en estado avanzado, de carbonato de litio.

Además, y mucho más importante, con una firma alemana (ACI Systems) tenía el proyecto de construir una planta de baterías (Gigafábrica) de litio con una inversión de 1.300 millones de dólares, bajo las condiciones impuestas por el Gobierno: “Control accionario y dirección de la empresa en manos bolivianas, transferencia tecnológica y derecho de patentes”, y la garante de la acuerdo era Angela Merkel (R. Delatorre).

Sin embargo, esta negociación fue abortada por el Comité Cívico (empresarios y profesionales, sin presencia de sindicatos) de Potosí, alegando “entreguismo”, y Evo tuvo que dar marcha atrás. Luego, el mismo comité empezó a pedir la renuncia a Evo, y se pusieron al lado de los golpistas, alentados por los intereses extranjeros, frenando así un proyecto de industrialización que pudo haber puesto a Bolivia por delante de otros países de la región y del mundo.

Evo Morales se equivocó, y su estrategia política continuista significó un desgaste institucional y político muy alto, porque no fue capaz de dar un paso al costado para que su vicepresidente, por ejemplo, se sometiera a la voluntad del pueblo.

Sin embargo, Evo puso a Bolivia a volar muy alto, sobresaliendo por encima del resto de los países latinoamericanos, después de la crisis de 2009, con una buena estabilidad macroeconómica, mientras su economía iba camino a una transformación estructural jalonada por la política de industrialización del litio.

En consecuencia, Evo cumplió un gran papel en señalar el camino a los países latinoamericanos, y al parecer no hay otro, industrializar los recursos naturales (véase Carlota Pérez), mientras la mayoría de países opta por exportarlos como materias primas a través de las transnacionales.

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