China, el regreso de Asia como eje del mundo

China, el regreso de Asia como eje del mundo

Se prevé que sea la primera economía del mundo, mucho antes de lo previsto para el 2050.

15 de febrero 2019 , 07:00 p.m.

El eje de la economía mundial vuelve al Asia que lo tuvo hasta 1800. China no solo fue vencida en las dos oprobiosas Guerras del Opio del siglo XIX, que desataron los británicos para apoderarse de parte del territorio chino y legalizar el consumo y comercio de opio, sino que esto se pudo lograr debido al complejo de superioridad de China, que no le permitió apropiarse de la tecnología militar (cañonería y naval) para su posterior defensa porque era de Occidente, al que consideraba de menor estatura como civilización.

Según el historiador David Landes, autor del libro ‘Prometeo desencadenado’ (1969), la sociedad china estaba tan convencida de su superioridad que había creado un “triunfalismo cultural que convirtió a China en un aprendiz singularmente malo. ¿Qué había para aprender? Esa es la paradoja del complejo de superioridad: es una expresión de inseguridad”. Incluso, el emperador Kangxi (1654-1722) se refirió así a los desarrollos científicos y tecnológicos occidentales: “Aunque algunos de los métodos son diferentes de los nuestros, y puede que incluso sean una mejora, no hay algo nuevo en ellos. Todos los principios de las matemáticas se derivan del ‘Libro de los Cambios’, y los métodos occidentales son de origen chino" (Landes 2006: ¿Por qué China no?).

Después de haber sido vencida en las Guerras del Opio, China tuvo que recorrer un largo camino de abusos e imposiciones occidentales que destruyeron su economía y su nivel de vida, que a principios del siglo XIX rivalizaban con las economías y los niveles de vida occidentales.

Después de la muerte de Mao en 1976, sus sucesores políticos tomaron la decisión de trasformar la economía aprendiendo de Occidente, aceptando la inversión extranjera y la operación de las fuerzas del mercado, pero bajo las condiciones y premisas chinas (“socialismo con características chinas”). En consecuencia, se impuso al capital extranjero: Exportar una parte de la producción, reinvertir un porcentaje de sus ganancias, hacer empresas conjuntas con empresas chinas y comprar un porcentaje de partes nacionales. Estas medidas obligaron al capital extranjero a transferir tecnología de punta al mismo tiempo que los chinos aprendían haciendo, y copiaban la tecnología extranjera.

China lo logró y se prevé que sea la primera economía del mundo, en pocos años, mucho antes de lo previsto para el 2050, no solo en tamaño sino en complejidad y sofisticación productiva.

Esta transformación le ha dado a China una capacidad muy grande para agrietar la hegemonía mundial norteamericana, poniendo en evidencia su debilidad, tanto política como económica.

Estos cambios estructurales en la economía mundial han llevado a las élites norteamericanas a asumir una postura histérica, bajo la dirección de Donald Trump, con amenazas comerciales, embargos tecnológicos, sanciones, e incluso a prometer la cárcel para algunos empresarios chinos. Sin embargo, lo que muestra el regreso de China como potencia mundial es que aprendieron la lección: hay que aprender de los demás; mientras, EE. UU. patalea como un niño malcriado. ¿Qué son 2.000 años frente a una civilización de 3.500 años?

¿Pero que ha hecho china en tecnología y patentes que sus homólogos occidentales no hayan hecho?

Desde su independencia en 1776, EE. UU. ha sido uno de los mayores transgresores de la propiedad intelectual y de las leyes que la protegen, apoyando e incitando el plagio y el robo de tecnologías. Precisamente, esta es la tesis del profesor historiador Doron Ben-Atar, de la U. de Fordham (N. York), autor de varios libros y artículos importantes, especialmente el libro ‘Secretos comerciales: la piratería intelectual y los orígenes del poder industrial estadounidense’ (2004, en inglés).

Para EE. UU., desde su independencia, la transferencia de tecnología europea fue una de las prácticas más prominentes en su vida económica, política y diplomática. En ese proceso, EE. UU. y Gran Bretaña se convirtieron en fieros adversarios políticos y económicos. EE. UU. construyó su independencia política sobre la noción de autosuficiencia, reduciendo las importaciones británicas y manufacturando los bienes industriales en su territorio. En este sentido, la piratería intelectual se convirtió en un instrumento de la política industrial, como lo recomendó Alexander Hamilton, el primer secretario del Tesoro (EE. UU.), en su ‘Reporte sobre las manufacturas’ (1791).

El cumplimiento laxo de las leyes de propiedad intelectual fue uno de los principales factores del progreso económico de EE. UU., al mismo tiempo que se comprometía con un código de patentes muy estricto. Para EE. UU., el hacerse de la vista gorda le permitió una rápida diseminación de las innovaciones tecnológicas que convirtieron los productos americanos en los mejores y más baratos. Por lo demás, lo que hizo EE. UU. fue también práctica común en el pasado para las demás naciones occidentales, como G. Bretaña, Francia, Alemania, etcétera.

Claro, en la actualidad, los países desarrollados con sus reglas de propiedad intelectual, que imponen sobre los países más pobres, solo quieren quitar la escalera por la que ellos subieron (F. List). Pero, si con China perdieron, Colombia se queda con su economía naranja. ¡Voila!

Sal de la rutina

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